Roma victa 25 En Roma todo está en venta
80%

25 En Roma todo está en venta

Nuestra mirada sobre este conflicto se la debemos a Cayo Salustio Crispo, uno de los pocos historiadores romanos que escribió desde la desilusión.

En su Bellum Iugurthinum , Salustio presenta los hechos como una radiografía moral de su tiempo.

En sus páginas, el Senado aparece incapaz de actuar sin ser comprado, y los generales están más atentos a su fortuna que al honor.

La guerra se prolongó durante años porque Roma se había convertido en un mercado en el que todo estaba en venta. Y sus líderes, los primeros.

Esa fue su estrategia. Yugurta transformó el soborno en un arma política.

Era imposible vencer a Roma en el campo de batalla, pero podía derrotarla desde dentro, explotando su codicia.

El dinero que enviaba a Roma adoptaba la forma de regalos cuidadosamente presentados bajo el manto de la amicitia , la red de favores personales que sostenía la política republicana.

Yugurta corrompía a Roma siguiendo sus propias reglas.

Donde antes Cartago había resistido con ejércitos, él resistiría con monedas.

A la muerte de Micipsa, el trono de Numidia debía repartirse entre sus dos hijos, Aderbal y Hiempsal, y su sobrino adoptivo.

Yugurta eliminó primero a Hiempsal, y el segundo, Aderbal, aterrado, pidió ayuda al Senado romano.

Era un crimen flagrante, una agresión que exigía intervención inmediata, pero Yugurta conocía bien a su adversario.

Envió embajadores cargados de oro y promesas a sus «amigos influyentes» en Roma.

Muchos de esos senadores, viejos conocidos suyos desde la campaña de Numancia, no tardaron en vender su conciencia.

Cuando el Senado debatió el caso, las bolsas de oro habían decidido antes que las palabras.

No hubo castigo, no hubo guerra, y Roma se contentó con enviar una comisión «mediadora». La desvergüenza.

La misión fue presidida por Marco Emilio Escauro, princeps Senatus , cuya autoridad en el Senado era casi incontestable.

Salustio lo describe como inteligentemente hipócrita, conteniendo su avaricia por miedo al escándalo público.

En ese equilibrio entre el crimen y la apariencia se resumía el espíritu de la República tardía; el verdadero pecado consistía en ser descubierto, no en corromperse.

La comisión redibujó el mapa de Numidia, pero el resultado fue tan cínico como previsible.

Aderbal recibió la franja árida y pobre del reino; Yugurta, la parte fértil y rica.

Todo el proceso fue una parodia de justicia.

Roma, que debía actuar como árbitro, se convirtió en cómplice y socia de la corrupción.

La frontera entre el soborno y el regalo, entre la amicitia y la traición, se desdibujó hasta desaparecer.

Los senadores habían vendido algo más valioso que tierras africanas, habían vendido la dignitas de la República.

Yugurta, insatisfecho con la mitad de un reino que consideraba suyo por derecho de conquista y de soborno, decidió eliminar el último obstáculo: a su primo Aderbal.

Lo asedió en Cirta, su capital, y transformó una disputa familiar en un cerco prolongado que puso en evidencia la parálisis moral de Roma.

La presión de la opinión pública obligó al Senado a intervenir, enviando una segunda comisión de «nombres ilustres», hombres de renombre, pero de conciencia dúctil.

Yugurta los recibió con hospitalidad, con promesas y, sobre todo, con oro.

Aquellos enviados, que debían imponer la voluntad del Senado, acabaron autorizando el asalto a Cirta a cambio de sobornos.

Roma había enviado árbitros; volvieron cómplices.

El desenlace fue una atrocidad. Tras la rendición, Aderbal fue ejecutado y todos los ciudadanos romanos e itálicos residentes en Cirta fueron masacrados.

Aquel crimen, al tocar directamente a los negotiatores —los comerciantes y financieros romanos que nutrían el comercio africano—, cruzó una línea que ni siquiera la corrupción senatorial podía ignorar.

Por primera vez en años, las clases altas y bajas coincidieron en la indignación, el ordo equester clamaba justicia no tanto por honor como por interés, pues la matanza había destruido una de sus fuentes de riqueza más rentables.

La plebe exigía guerra porque se había ultrajado la dignidad de Roma.

De este modo, tres decisiones resumieron la metástasis de la venalidad romana en Numidia.

La primera, la partición del 116 a. C., en la que Escauro y su comisión dieron a Yugurta la parte más rica del reino; la segunda, el asalto a Cirta en el 113 a.

C., donde otra comisión senatorial autorizó una masacre a cambio de sobornos; y la tercera, la paz del 111 a.

C., cuando el cónsul Lucio Calpurnio Bestia y el mismo Escauro vendieron la honra de Roma a cambio de oro.

Cada una de estas intervenciones convertía a Roma menos en árbitro y más en socia de su enemigo.

La guerra era inevitable. El Senado no podía seguir ignorando el clamor popular tras la matanza, y en el 111 a.

C. declaró oficialmente la guerra a Yugurta.

Pero la intervención romana no devolvió la dignidad perdida, pues la primera campaña fue una farsa.

El cónsul Calpurnio Bestia, acompañado por Escauro, llegó a África con un ejército imponente y, en cuestión de semanas, firmó una paz vergonzosa.

La rapidez del acuerdo levantó sospechas, y los rumores de sobornos se convirtieron en certeza.

El tratado, que libraba a Yugurta de la captura y le permitía conservar gran parte de su reino, fue una transacción comercial disfrazada de diplomacia.

La vergüenza fue tan grande que el propio Yugurta, al partir de Roma, pronunció la frase que Salustio grabaría como el epitafio moral de la República: «¡Ciudad a la venta y a punto de perecer, si encuentra un comprador!

». Esta exclamación es el diagnóstico preciso de un analista político que había aprendido las reglas del juego en el campamento de Numancia.

Con estas palabras, Yugurta no insultaba a Roma, le devolvía el reflejo de su propia corrupción.

Una corrupción que no solo había infectado la política, también había contaminado al ejército.

Cuando el mando recayó en el hermano del cónsul Espurio Postumio Albino, la situación empeoró.

Su hermano Aulo, que asumió el mando en campaña, cayó en una emboscada desastrosa en el 110 a.

C., entregando a miles de romanos a la muerte o al cautiverio.

La derrota se debió a la ineptitud y negligencia de una clase dirigente que ya no sabía mandar ni obedecer.

Este conflicto fue una radiografía moral de la República, cada general tenía un precio y la avaricia había reemplazado al deber.

El escándalo de la paz de Bestia y la humillación de Cirta provocaron una oleada de ira en Roma.

Por primera vez, el pueblo y los équites coincidieron en su indignación, la República estaba siendo saqueada desde dentro.

De aquel clima surgió la voz de Cayo Memio, tribuno de la plebe, que se convirtió en portavoz de la furia popular.

Denunció en el foro que los senadores no solo habían vendido sus votos, sino que protegían activamente a Yugurta para ocultar sus propios crímenes.

Señaló a los corruptos por su nombre y los acusó de traicionar a Roma por unas bolsas de oro africano.

Memio logró algo inaudito, que los comicios ordenaran la comparecencia de Yugurta en Roma.

El rey fue convocado bajo promesa de inmunidad, para declarar ante el pueblo y revelar quiénes habían aceptado sus sobornos.

Era un gesto teatral, pero suficiente para estremecer al Senado.

Sin embargo, antes de que Yugurta pudiera hablar, otro tribuno —comprado, según todos entendieron— impuso su veto y disolvió la sesión.

La verdad volvió a hundirse bajo el oro.

Peor aún, el propio Yugurta, confiado en su impunidad, ordenó asesinar a su rival Masiva dentro de la ciudad.

Matar en Roma a un enemigo político fue una provocación sin precedentes. La indignación se convirtió en clamor.

De esa atmósfera nació la lex Mamilia , propuesta en el año 110 a.

C. por el tribuno Cayo Mamilio Limetano.

Fue la respuesta política a una herida económica y de prestigio.

La masacre de Cirta, al aniquilar a los comerciantes y financieros romanos que constituían el nervio del comercio africano, transformó la indignación popular en una poderosa ofensiva del orden ecuestre.

El tribuno Mamilio Limetano comprendió que la corrupción senatorial había creado la oportunidad perfecta para reactivar el arma más temida por la aristocracia, los tribunales controlados por sus rivales de clase.

Al proponer jurados ecuestres, no solo buscaba justicia; resucitaba el conflicto que Cayo Graco había iniciado, demostrando que la guerra en Numidia había reabierto las heridas mal cicatrizadas de la propia Roma.

El golpe fue devastador. Muchos senadores, entre ellos el propio Bestia, fueron condenados.

La lex Mamilia marcó un punto de inflexión.

La República reconocía oficialmente que el Senado ya no podía juzgarse a sí mismo.

La justicia, hasta entonces monopolio aristocrático, se convirtió en arma política del pueblo y de los équites.

Por primera vez, la corrupción dejaba de ser un secreto vergonzante para convertirse en causa judicial.

La crisis de la fides había llegado al corazón de Roma.