15 El emperador caído en batalla
La imagen del emperador romano era la de un ser investido de una autoridad casi divina.
Garante de la Pax Romana, jefe supremo del ejército y depositario del destino del mundo.
Desde Augusto, el liderazgo imperial se había convertido en una representación cuidadosamente coreografiada, diseñada para proyectar invulnerabilidad, orden y control absoluto, especialmente en el campo de batalla.
El siglo III dejó de ser solo la era de la anarquía militar para convertirse en algo más profundo.
Una crisis de fundamentos que ponía en duda la propia viabilidad del Imperio para defenderse y perpetuarse.
El princeps , garante de la supervivencia de Roma, había caído, y con él la ilusión de su invulnerabilidad.
La humillación no pudo ser más completa.
El emperador que había predicado el retorno de la virtus romana se hundió con sus legiones en el fango de un pantano mesio.
Su cuerpo nunca se encontró. La ausencia de un cadáver imperial impidió cualquier funeral o ritual de clausura que ofreciera consuelo al pueblo.
Aquella desaparición encarnó la impotencia de un Imperio que ni siquiera era capaz de recuperar el cuerpo de su emperador.
Abrito, situada cerca de la actual Razgrad (Bulgaria), no fue solo un desastre táctico, fue la cristalización de todos los males que corroían Roma.
Los frentes eran múltiples, la economía se tambaleaba por la dificultad de recaudar impuestos y pagar a las tropas, la inestabilidad política era crónica y la presión bárbara sobre el limes era constante.
El reinado de Decio se inscribe en la etapa más turbulenta de la historia romana: la crisis del siglo III (235 − 285). Medio siglo de emperadores efímeros, fronteras en llamas, invasiones simultáneas —incluidos los sasánidas en Oriente— y una economía al borde del colapso.
La raíz del problema era estructural. Las instituciones concebidas para gobernar una ciudad-Estado —la República—, apenas adaptadas para un Imperio continental, se habían vuelto disfuncionales.
El vasto territorio requería una administración y una maquinaria militar que el tesoro imperial, agotado por los donativa necesarios para comprar la lealtad de las tropas, ya no podía mantener.
A ello se sumaba la creciente fractura cultural y lingüística entre Occidente, de habla latina, y Oriente, de tradición helenística. Roma era un gigante territorial, pero un enano fiscal y político.
Tras la caída de los Severos, el ciclo de inestabilidad se aceleró hasta el vértigo.
Los emperadores dejaron de buscar legitimidad en Roma o en el Senado, y volcaron su destino en la frágil lealtad de las legiones de frontera, para las que el Imperio se había convertido en una mera fuente de paga y botín.
Cayo Mesio Quinto Trajano Decio, nacido hacia el año 201 en Budalia, Panonia Inferior, representó para muchos la esperanza de una restauración del orden.
Su origen danubiano lo vinculaba directamente con las provincias militares que sostenían el Imperio.
En el 249, fue proclamado emperador por las tropas del Danubio y marchó de inmediato sobre Italia, donde derrotó y dio muerte a su predecesor, Filipo el Árabe, cerca de Verona.
Ya en el poder, Decio emprendió una intensa campaña de legitimación basada en la nostalgia.
Adoptó el nombre de Trajano, uno de los emperadores más admirados, como símbolo de su voluntad de devolver a Roma las glorias militares y los valores tradicionales.
Y, en su esfuerzo por congraciarse con el Senado, intentó revivir el antiguo y autoritario cargo de censor, confiriéndoselo a su aliado Publio Licinio Valeriano.
Este nombramiento, el primero en siglos, era un gesto simbólico poderoso, pero su ejercicio fue efímero.
La temprana muerte de Decio en campaña impidió que Valeriano pudiera ejercer plenamente las prerrogativas sobre la moral pública y la realización del census .
Pero aquella búsqueda de legitimidad a través del pasado chocaba frontalmente con la realidad.
Decio era hijo del caos militar del siglo III y, sin embargo, intentaba gobernar conforme a los ideales de una era más estable y cohesionada.
Su sueño de restaurar un Imperio regido por normas ancestrales y devoción pagana resultaba impracticable.
La base de su poder —el ejército danubiano— y su destino —la derrota fronteriza— estaban en abierta contradicción con el elitismo y las tradiciones que aspiraba a resucitar.
Su política de restauración se expresó con más fuerza en el ámbito religioso.
Decio creía que la inestabilidad del Imperio, incluida la presión bárbara, era consecuencia directa del abandono de la religión ancestral y de la ruptura de la pax deorum , la paz con los dioses.
Así, a comienzos del 250, promulgó un edicto que obligaba a todos los habitantes del Imperio a realizar sacrificios a las deidades romanas por el bienestar del emperador.
La intención del edicto no era, en su origen, una persecución dirigida explícitamente contra los cristianos.
Su propósito era más amplio y desesperado, imponer una prueba de lealtad universal.
En un Imperio fracturado y con un emperador que había llegado al poder por la fuerza, el sacrificio a los dioses funcionaba como un plebiscito religioso, un juramento de fidelidad a Roma y a su nuevo líder.
Sin embargo, esta exigencia de uniformidad chocó de frente y de forma catastrófica con el monoteísmo inflexible de los cristianos.
Al ser el único grupo social numeroso incapaz de cumplir con el mandato, se convirtieron en las víctimas inevitables de una política diseñada para la cohesión, no necesariamente para su aniquilación.
Mientras el emperador perseguía a los cristianos y reactivaba la censura moral, las fronteras del Danubio estaban a punto de ceder.
La gran derrota militar que sufriría un año más tarde haría que toda su política religiosa pareciera un intento fútil, una distracción frente a la inminente catástrofe.
Para muchos contemporáneos, sería también una prueba de que los dioses le habían retirado su favor.
Los enemigos de Decio en el Danubio no eran una masa uniforme.
La fuerza que invadió Mesia era una formidable coalición de tribus.
Aunque las fuentes romanas, con su habitual imprecisión etnográfica, los agrupaban bajo el término arcaico de escitas , el contingente estaba liderado por los godos e incluía a otros pueblos belicosos como los carpos y los bastarnos.
El elemento dominante eran los godos, un pueblo germánico emergente que se estaba convirtiendo en la principal amenaza para la frontera del Danubio.
Fue decisiva la participación de numerosos desertores romanos, conocedores de las tácticas, la disciplina y la topografía del terreno mesio.
Aquellos hombres aportaron a los godos una inteligencia militar que resultaría letal.
El líder de la coalición era Cniva, un caudillo godo cuya astucia táctica lo situó a la altura de los mejores generales romanos. Aunque Jordanes menciona a otros nobles, como Argiato y Gunderico, fue Cniva quien inscribió su nombre en la historia con la mayor victoria bárbara del siglo.
Las causas de la incursión del 250 fueron múltiples.
A los movimientos migratorios de largo plazo y la presión demográfica se sumó un detonante inmediato, el cese del pago de tributos.
El predecesor de Decio, Filipo el Árabe, había interrumpido los subsidios de protección instaurados por Maximino el Tracio en 238, rompiendo el delicado equilibrio que mantenía la paz en la frontera danubiana.
Los godos exigían compensación, botín o la reanudación del tributo.
Las provincias de Dacia y Mesia —Superior e Inferior— constituían el corazón del limes danubiano, una zona vital tanto para el reclutamiento militar como para la defensa.
Cuando Cniva cruzó el Danubio, el Imperio entero sintió que se abría una grieta profunda en el muro que separaba el mundo civilizado del caos del norte.
La coalición goda se dividió en dos columnas.
Mientras una fuerza secundaria, tras fracasar en el asedio de Marcianópolis, avanzó hacia el sur, la columna principal, liderada por Cniva, marchó hacia Esco y Nova (la actual Svishtov).
En un primer momento, Cniva fue rechazado por el gobernador de Mesia Inferior, Cayo Vibio Treboniano Galo.
Este revés lo obligó a desviarse hacia Nicópolis, donde Decio logró vencerlo de nuevo.
Sin embargo, aquellas victorias iniciales resultaron ser un espejismo.
Cniva, demostrando una astucia táctica formidable, atrajo a Decio hacia el interior de Tracia.
Cerca de Beroe (la actual Stara Zagora), el ejército imperial, avanzando con exceso de confianza, fue sorprendido en una emboscada devastadora.
Fuentes contemporáneas, como los fragmentos recuperados del historiador Dexipo, sugieren que la derrota se debió a una traición de los exploradores romanos, que guiaron a las legiones directamente a la trampa goda.
El desastre de Beroe fue total. Decio se vio obligado a abandonar la campaña y retirarse hacia el norte para reagrupar sus fuerzas.
Esta retirada dejó el camino libre para Cniva.
Sin un ejército imperial que la defendiera, la gran ciudad de Filipópolis (la actual Plovdiv) estaba condenada.
La columna secundaria, posiblemente reforzada por parte de las tropas de Cniva, la tomó y saqueó.
Las fuentes antiguas, siempre dadas a la hipérbole, hablan de matanzas y esclavizaciones masivas, con algunos relatos que mencionan hasta cien mil muertos.
Más allá de las cifras, la caída de una gran ciudad provincial demostró que Roma ya no podía proteger no solo sus fronteras, ni siquiera su interior.