Roma victa 14 El oro no compra la gloria
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14 El oro no compra la gloria

En medio de ese escenario se movía Marco Licinio Craso, que utilizaba su fortuna —acumulada mediante métodos tan ingeniosos como despiadados, desde la especulación con incendios hasta la compra de propiedades embargadas— como un arma política decisiva, capaz de comprar lealtades, financiar carreras y someter al propio Senado.

Plutarco nos cuenta que llegó a poseer una fortuna estimada en siete mil cien talentos, una suma que, según algunas estimaciones, superaba los ingresos anuales del tesoro público de la República en esa época y que hizo de la calamidad pública su negocio privado: compraba casas ardiendo o amenazadas por el fuego a precios irrisorios, con el auxilio de más de quinientos esclavos arquitectos y albañiles.

Convertía el desastre ajeno en inversión propia, y con ello levantó una de las mayores fortunas de la historia romana.

El punto culminante de aquel equilibrio fue el acuerdo político privado, la famosa factio o amicitia entre los tres hombres más poderosos del momento, concebido para eludir la autoridad del Senado y dominar Roma desde la sombra.

Me resisto a llamar a eso triunvirato . Julio César, con su genio militar y el favor del pueblo, aportaba el músculo; Pompeyo, héroe del Oriente pacificado, representaba la auctoritas y el prestigio; y Craso, la tercera cabeza de ese tricaranus —monstruo de tres cabezas, como llamaban algunos autores a ese acuerdo—, proporcionaba el oro que lubricaba la maquinaria política.

Buscaba garantizar sus intereses y los de los poderosos équites, en especial la renegociación de los contratos fiscales en Asia, y actuaba además como un freno y mediador entre los egos incompatibles de César y Pompeyo.

Mientras Craso viviera y conservara su poder financiero, su figura mantenía contenida la rivalidad entre los otros dos. Pero el dinero, por sí solo, no bastaba para alcanzar la dignitas —la gloria pública— en una sociedad que veneraba la victoria militar por encima de la riqueza.

Su mayor éxito había sido la represión de la rebelión de esclavos encabezada por Espartaco en el 71 a.

C., culminada con la crucifixión de seis mil prisioneros a lo largo de la Vía Apia, un espectáculo terrorífico destinado a restaurar el orden.

Sin embargo, en la mentalidad aristocrática romana, aplastar una rebelión de esclavos era un acto de salubridad pública, no una conquista gloriosa.

Carecía del lustre que solo podía otorgar la derrota de un rey extranjero y la anexión de nuevos territorios al dominio de Roma.

Además, Pompeyo, al regresar de Hispania, se atribuyó el mérito final de la pacificación, y esa afrenta dejó una herida profunda en el orgullo de Craso.

No tenía el halo heroico de Pompeyo, conquistador de Oriente, ni el magnetismo de César, que ya preparaba su campaña en la Galia.

El hombre más rico de Roma carecía de lo único que el dinero no podía comprar, un triunfo militar que inscribiera su nombre en la eternidad.

Esa carencia se transformó en una obsesión que lo devoraría en las arenas de Mesopotamia.

Para alcanzar la dignitas que el oro no le daba, necesitaba una guerra, un enemigo y un escenario donde su nombre brillara. Y lo encontró en Oriente.

El Imperio parto, rico, lejano y aún intacto ante las legiones romanas, se convirtió en su objetivo. El deseo de gloria militar lo empujó a una guerra sin causa justa, un bellum iniustum condenado desde su origen.

La invasión de Partia, iniciada cuando Craso asumió su imperium proconsular a finales del 55 a.

C., carecía de toda justificación formal.

Roma y los partos mantenían un tratado de paz, y muchos senadores la consideraron una agresión temeraria.

Entre los más firmes opositores estuvo el tribuno Cayo Ateyo Capitón, que, incapaz de frenar legalmente la partida, recurrió al único poder capaz de desafiar a un cónsul en nombre de los dioses.

El tribuno realizó un temible rito público de execración, invocando a los dii inferi —los dioses infernales— para condenar la expedición y liberar al pueblo romano de la culpa moral por una guerra impía.

Los romanos temían profundamente esos ritos, considerados jurídicamente válidos y de efecto irreversible.

No se trataba de un mero gesto teatral. En el imaginario jurídico y religioso de Roma, Ateyo acababa de dictar una sentencia divina, un veredicto inapelable que marcaba la expedición con el estigma de la impiedad y la condenaba antes de que una sola espada fuera desenvainada.

Años después, cuando la catástrofe de Carras se consumó, la historiografía lo interpretaría como prueba de que los dioses habían castigado la impietas de Craso.

Craso, haciendo oídos sordos a las advertencias de los augures, partió igualmente hacia Siria.

Llegó a finales del 55 a. C. y, antes de retirarse a invernar, emprendió una breve campaña de saqueo en el 54 a.

C. Aquella incursión inicial, más lucrativa que estratégica, revelaba ya la naturaleza de su empresa, la guerra como negocio.

La campaña definitiva comenzó en el 53 a.

C. El rey Artavasdes II de Armenia le ofreció su alianza y le propuso avanzar por las montañas, donde la infantería romana tendría ventaja y la caballería parta vería limitada su movilidad.

Pero Craso rechazó el consejo, confiado en la invencibilidad de la legión.

Su fe en el modelo del acies , el choque frontal, era tan absoluta como suicida.

Eligió la ruta directa por las llanuras de Mesopotamia, el camino más rápido hacia Seleucia y, en su mente, hacia la gloria.

Ese fue su primer error. El segundo fue retirarse a Siria a finales del 54 a.

C. para pasar el invierno, dando al enemigo el tiempo necesario para prepararse.

Surena, el spahbod parto —título equivalente a comandante en jefe—, reunió un ejército de élite formado por unos diez mil jinetes, una fuerza aparentemente menor, pero de precisión letal.

Craso, convencido de que ningún ejército oriental podía resistir a las legiones, ignoró los informes de sus exploradores y marchó hacia Carras con la arrogancia de quien confunde la disciplina con la invulnerabilidad.

El ejército que cruzó el Éufrates en el 53 a.

C. era imponente: siete legiones, unos treinta y cinco mil infantes pesados, cuatro mil tropas ligeras y otros tantos jinetes auxiliares, reforzados por la caballería gala de Publio Licinio Craso, su hijo, veterano de la campaña de César en la Galia.

Sin embargo, aquel ejército de más de cuarenta mil hombres arrastraba dos condenas, su lentitud y su rigidez.

Las legiones eran una máquina perfecta en Italia o en Europa, pero estaban mal adaptadas a las llanuras abrasadas de Mesopotamia.

Allí, la movilidad era la ley, y la distancia, el arma más letal.

El ejército parto, bajo el mando de Surena, el brillante spahbod del rey Orodes II, era muy inferior en número, pero infinitamente más flexible.

Su fuerza combinaba dos cuerpos principales: los arqueros montados, núcleo de la caballería ligera, y los catafractos, la caballería pesada acorazada.

La doctrina parta era la antítesis de la táctica romana tradicional.

En lugar del choque frontal, practicaban la guerra de movimiento y desgaste.

Lo que para Craso parecía desorden era, en realidad, una coreografía letal.

Los arqueros partos utilizaban arcos construidos con un laminado de madera, cuerno y tendones, cuya potencia y alcance eran devastadores.

Plutarco describe cómo sus flechas, provistas de púas, se clavaban con tal fuerza que ni el scutum ni la lorica hamata podían detenerlas.

Las heridas eran imposibles de extraer sin desgarrar la carne; los legionarios, atravesados de proyectiles, parecían «erizos humanos» bajo el sol del desierto.

El célebre «disparo parto», lanzado al girar el torso mientras fingían la retirada, multiplicaba el efecto psicológico.

Los romanos veían a sus enemigos huir y morían al mismo tiempo.

El segundo componente clave eran los mil catafractos, jinetes y caballos totalmente cubiertos por armaduras de escamas metálicas, auténticos tanques de carne y hierro.

Portaban una lanza que empuñaban con ambas manos y con la que ensartaban a los enemigos antes de que pudieran siquiera alzar la espada.

Su papel era decisivo, esperaban a que los arqueros quebraran la cohesión de la formación romana y entonces cargaban, un muro de hierro se estrellaba contra las líneas romanas con tal violencia que los escudos se rompían como cáscaras de huevo.

La genialidad de Surena iba más allá del campo de batalla, se apoyaba en una logística impecable.

Había dispuesto una caravana de mil camellos cargados con flechas, lo que garantizaba un suministro inagotable de proyectiles.

Las legiones, encerradas en su formación cuadrada y convencidas de que el enemigo acabaría quedándose sin munición, descubrieron con horror que la lluvia de flechas no cesaba nunca.

La paciencia romana, su virtud ancestral, se volvió inútil.

Cada minuto hacía más grave la hemorragia.

Craso ordenó mantener la formación y resistir.

Los hombres se atrincheraron tras los escudos, pero el cuadrado compacto era un blanco perfecto.

Las flechas atravesaban brazos, piernas y rostros; los escudos quedaban clavados al suelo.

La arena se volvió roja y los estandartes se hundieron en el polvo.

Cuando la situación se volvió insostenible, Craso ordenó a su hijo, Publio Licinio Craso, romper el cerco.

Con mil jinetes galos, trescientos auxiliares, quinientos arqueros y ocho cohortes de infantería, Publio cargó.

Al principio, la maniobra pareció funcionar, los partos se estaban retirando.

El joven general creyó ver en ello la oportunidad de redimir a su padre y de heredar la gloria que este había perseguido toda su vida. Pero la huida era una trampa.

Cuando Publio y sus hombres quedaron aislados, los arqueros se volvieron y los rodearon.

Las flechas llovieron sin tregua. Luego llegaron los catafractos, lanzando su carga final sobre un terreno cubierto de cadáveres.

Publio cayó junto con todos sus hombres, en un círculo de hierro y polvo.

Su cabeza fue cortada y alzada en una lanza frente a las líneas romanas.

El impacto psicológico fue devastador. Craso, al ver la cabeza de su hijo, se derrumbó.

La dignitas que había buscado durante toda su vida se le escapaba entre los dedos, convertida en horror.

Sin liderazgo, sin moral y sin esperanza, el ejército comenzó a desintegrarse.

Durante la noche, los supervivientes intentaron huir, pero los partos los cazaron por el desierto como sombras.

Agobiado por sus oficiales, que suplicaban salvar lo que quedaba del ejército, Craso aceptó negociar con Surena.

Fue una emboscada. En la confusión del encuentro, estalló una refriega.

Según Plutarco, Craso fue asesinado por el parto Pomaxathres cuando intentaba montar a caballo.

Su cuerpo fue mutilado, y su cabeza, junto con su mano derecha, enviada al rey Orodes II.

El desastre fue absoluto. De los cuarenta y tres mil hombres que habían cruzado el Éufrates, más de veinte mil perecieron y diez mil fueron capturados. Las águilas legionarias —símbolo de Roma— cayeron en manos enemigas, una humillación sin precedentes para el prestigio romano.

La campaña que Craso había iniciado para obtener gloria y riqueza terminó siendo su epitafio.

Y su muerte marcó también el fin del frágil equilibrio político de la República.

Mientras vivió, su fortuna e influencia habían actuado como pegamento entre la auctoritas de Pompeyo y el genio popular de César.

Sin él, el triángulo político se derrumbó, y la guerra civil se volvió inevitable.

Los partos celebraron su victoria con un gesto que trascendió la humillación militar y entró en el terreno del teatro político.

En un banquete, ante el rey Orodes II, un actor recitó versos de Las bacantes de Eurípides, sosteniendo la cabeza decapitada de Craso, mientras un soldado romano disfrazado parodiaba su figura en una falsa procesión triunfal.

Fue la burla suprema, el triunfo invertido de Oriente sobre Roma.

La famosa historia del oro fundido —según la cual los partos vertieron metal líquido en la boca de Craso en burla de su avaricia— pertenece al ámbito de la propaganda moralizante.

Floro y Dion Casio la difundieron siglos después, reciclando un motivo ya usado con Manio Aquilio en Pérgamo en el año 88 a.

C. Además de físicamente improbable, esa escena servía a una función simbólica, convertir la derrota en una parábola sobre la ambición y la corrupción romana.

No es un relato histórico. Es pedagogía moral.

La versión de Plutarco es más verosímil y cruel. Craso fue asesinado y su cabeza se convirtió en el instrumento de una sátira política despiadada. El oro fundido era innecesario, el verdadero castigo estaba en la humillación pública y en la burla intelectual.

La tragedia de Carras no terminó con la muerte de Craso.

Los diez mil legionarios capturados fueron trasladados hacia el este del Imperio parto.

Algunas fuentes sugieren que fueron empleados como guarnición fronteriza en la región de Merv, o reasentados en Margiana.

Siglos más tarde surgió la especulación de que algunos llegaron hasta los confines de la China han, según la llamada hipótesis de Liqian .

Pero la historiografía moderna considera esa conexión puramente especulativa, carente de pruebas arqueológicas o textuales sólidas.

Aun así, la leyenda de la «legión perdida» encarna mejor que ninguna otra la magnitud simbólica de la derrota. El ejército más poderoso del mundo, deshecho en la arena, sus águilas capturadas, su general humillado y sus soldados dispersos hasta el fin del mundo conocido.

Lo que comenzó como la búsqueda de gloria personal en el desierto mesopotámico, terminó siendo el catalizador de una guerra civil en Roma y una herida en el honor de la República.

Las consecuencias geopolíticas y simbólicas de Carras resonaron durante siglos, desde el Tíber hasta los límites orientales del mundo romano.

El hombre más rico de Roma descubrió, por las malas, que hay cosas que el oro no puede comprar.