8 El trauma de Cannas #2
El ejército se dividió. Emilio Paulo acampó cerca del río Aufidus con dos tercios de las tropas; el resto se situó en la orilla opuesta, a unos dos kilómetros.
Se intentaba proteger a los forrajeadores y evitar incursiones cartaginesas, pero la falta de coordinación ya era evidente.
La maquinaria romana crujía antes incluso de la batalla.
Aníbal, fiel a su genio para convertir la topografía en un arma, no se limitó a elegir el terreno, lo hizo cómplice de su plan.
Al acampar a espaldas del viento austro, se aseguró de que el siroco ardiente no solo fatigara a los romanos, sino que arrojara una cortina de polvo directamente a sus ojos.
Mientras tanto, Roma contenía la respiración.
Se sabía que ambos ejércitos estaban frente a frente.
Cada día llegaban rumores de escaramuzas.
La ciudad oscilaba entre la esperanza y el miedo.
Las tres derrotas anteriores pesaban como una losa.
Templos, calles y casas se llenaron de oráculos, plegarias y sacrificios.
El 2 de agosto del 216 a. C., Varrón, sin consultar a su colega, dio la orden de cruzar el río y desplegar a las tropas.
A la derecha, junto al Aufidus, se situó la caballería romana; detrás, la infantería.
En el extremo izquierdo, la caballería aliada, con infantería intercalada.
La vanguardia estaba formada por tropas ligeras, los velites romanos, armados con sus manojos de jabalinas.
Varrón se colocó en el flanco izquierdo, Emilio Paulo, en el derecho.
Incluyendo a los aliados, el ejército romano sumaba unos ochenta mil infantes y más de seis mil jinetes.
Era un despliegue gigantesco. La formación fue tan densamente compacta que algunos cálculos modernos estiman que llegaron a formarse hasta setenta filas de profundidad.
Un muro humano que buscaba romper el centro cartaginés por aplastamiento...
, sacrificando por completo la maniobrabilidad del sistema manipular.
Aníbal, desde la otra orilla, observó cada movimiento. Respondió rápido y con claridad. Envió a sus honderos baleares y lanceros en vanguardia. Luego, el resto del ejército cruzó en dos columnas y formó frente a los romanos.
Dispuso a su caballería íbera y gala en el flanco izquierdo, junto al río, justo frente a la caballería romana.
A continuación, colocó a la veterana infantería líbica, el núcleo del ejército de Aníbal, dividida en dos mitades, a los extremos del centro.
Curtidos en innumerables campañas, muchos de estos soldados vestían ahora el equipo capturado a los propios romanos en Trasimeno y el Trebia, una ironía macabra que no pasaría desapercibida en las filas legionarias.
En el corazón de su línea, situó a los íberos y galos de infantería media, los más móviles y flexibles. En el ala derecha, cerrando el despliegue, la caballería númida.
La línea era continua, sin huecos, un frente compacto. Aníbal tomó personalmente el mando del centro y dio la orden de avanzar sin romper la conexión con los flancos.
Su ejército formaba una figura cóncava, como una media luna invertida.
A medida que uno se alejaba del centro hacia los extremos, las líneas se volvían más densas, más compactas.
Aníbal había diseñado la trampa desde la geometría misma del despliegue.
Quería que el centro retrocediera, como cediendo bajo la presión romana, mientras los flancos, fuertes y bien anclados, envolvían al enemigo.
Era una maravilla táctica a plena luz del día.
Los soldados cartagineses vestían con lo que podían.
Muchos llevaban equipo capturado a los romanos en Trasimeno; algunos portaban cotas de malla, otros corazas de lino endurecido.
Pero los más llamativos eran, sin duda, los íberos y galos, combatientes feroces, que luchaban con un estilo tan salvaje como visual.
Livio menciona que algunos iban prácticamente desnudos, otros con túnicas de lino teñidas de púrpura.
El resultado era una imagen espectacular.
Un ejército multiforme, curtido, desordenado solo en apariencia, avanzando en medio del calor y del polvo, con Aníbal en el centro, lanzando órdenes y observando.
En total, los cartagineses apenas sumaban cuarenta mil infantes y diez mil jinetes. Una clara desventaja numérica frente al coloso romano. Pero eso no los preocupaba. La victoria no dependía del número, dependía de la forma y del momento.
Roma, en cambio, desplegó una estructura más rígida y reconocible.
En el ala izquierda quedó Varrón, al mando de unos cuatro mil ochocientos jinetes aliados.
En el ala derecha, junto al río, Emilio Paulo con los dos mil cuatrocientos jinetes romanos.
Esta última fuerza, aunque disciplinada, no aguantó mucho.
La caballería íbera y gala, bajo mando de Asdrúbal, la aplastó con rapidez, abriendo el espacio necesario para la maniobra envolvente.
El centro del ejército lo ocuparon el grueso de las legiones, dirigidas por Marco Atilio y Cneo Servilio, cónsules del año anterior.
En la retaguardia, diez mil hombres —una mezcla de aliados y legionarios— quedaron con órdenes estrictas de proteger los equipajes y el campamento principal.
Su función era defensiva, no ofensiva, custodiar la retaguardia.
Además, en el campamento menor, al este del vado del río, quedó otro contingente bajo el mando de los tribunos Sempronio Tudítano y Cneo Octavio. Allí también quedaría sellado el destino de los rezagados.
Poco antes del amanecer comenzó a soplar el siroco, el viento del sureste que arrastra consigo polvo caliente del Adriático.
Las nubes de arena golpeaban directamente en los ojos romanos, cegándolos, secando gargantas, erizando los nervios.
Y en ese instante, antes de que el sol estuviera alto, se escuchó el grito de guerra.
Comenzaba la batalla de Cannas.
Fue una lucha feroz. Las tropas auxiliares de ambos bandos abrieron el combate con una lluvia de jabalinas, piedras, lanzas..., lo que tuvieran a mano. La lucha entre las infanterías ligeras fue igualada, frenética. Pero entonces todo empezó a romperse.
Fue en el flanco derecho romano, junto al río, donde la caballería de Asdrúbal chocó con la romana.
Y no fue una carga gloriosa al estilo de las películas, aquello fue una carnicería cuerpo a cuerpo.
Jinete contra jinete, en una línea cerrada, sin espacio para maniobras.
Se descabalgaban a la fuerza, luchaban a pie, se abrazaban para lanzarse al suelo, se golpeaban con espadas cortas, a empujones, con el hierro rechinando a centímetros.
Los caballos, apretados entre sí, se agitaban y relinchaban, atrapados en la misma locura.
No había posibilidad de avanzar ni de retroceder. Era un embudo de carne, hierro y sangre. Y solo era el principio.
La caballería romana fue finalmente rechazada y puesta en fuga.
En el flanco derecho, donde se encontraba Emilio Paulo, la resistencia fue más tenaz, pero un proyectil de honda lo alcanzó en los primeros compases del combate.
La piedra lo derribó. Malherido, ya no pudo hacer nada más por su ejército.
Y entonces llegó el momento decisivo, la entrada en escena de la infantería pesada.
El choque fue brutal. Gritos, acero, cuerpos chocando.
Las legiones romanas, con todo su peso, avanzaron como una fortaleza en movimiento contra el centro cartaginés.
Los galos e íberos aguantaron el impacto inicial.
Durante unos instantes, el combate pareció igualado, pero poco a poco los romanos fueron imponiendo su número y su empuje.
Cerraron filas, empujaron hacia delante, y la cuña cartaginesa comenzó a ceder.
Era demasiado estrecha. La presión la resquebrajó.
Los romanos rompieron la línea enemiga y avanzaron. Parecía que la victoria estaba cerca.
Ese movimiento fue un error fatal.
Mientras las legiones penetraban en el centro cartaginés, lo que parecía una retirada era, en realidad, una trampa cerrándose.
Los extremos de la formación de Aníbal, más densos y bien posicionados, comenzaron a curvarse hacia atrás.
La media luna se convirtió en un círculo.
Los romanos, exhaustos y profundamente dentro de las líneas enemigas, quedaron completamente rodeados.