8 El trauma de Cannas
La historia de la primera parte de la Segunda Guerra Púnica es una sucesión de desastres.
Parece una de esas películas en las que el protagonista recibe una paliza escandalosa día sí y día también, y da la sensación de que en cualquier momento va a caer derrotado para no levantarse.
Aníbal avanzaba desde el norte de Italia como un martillo imparable.
Había vencido a los romanos en el Tesino, en el Trebia y en el lago Trasimeno.
Las alianzas con los pueblos itálicos empezaban a tambalearse y todo parecía irse por el desagüe.
Ante la imposibilidad de seguir el cauce constitucional normal —pues el cónsul superviviente, Cneo Servilio Gémino, estaba aislado con su ejército—, Roma recurrió a una medida revolucionaria que evidenciaba la profundidad de la crisis.
Por primera vez en su historia, el propio pueblo reunido en asamblea eligió al hombre que debía salvar la República, Quinto Fabio Máximo.
Se le invistió con el título inédito de prodictator , un cargo que subrayaba la excepcionalidad del momento, antes de que su poder fuera formalizado como una dictadura plena.
Se le encomendó reforzar las murallas y torres de Roma, establecer puestos de control en los puntos clave y asegurar los puentes. No habían conseguido defender Italia. Ahora se trataba de defender Roma.
¿Y quién era este Quinto Fabio Máximo para recibir tal responsabilidad?
Era uno de los nombres más ilustres de su tiempo, tan importante que Plutarco le dedicó una de sus Vidas paralelas , emparejándolo con Pericles.
Su familia, la gens Fabia, afirmaba descender directamente de Hércules, y tanto Juvenal como el propio Plutarco mencionan que el primer Fabio habría sido hijo del semidiós.
En su juventud, Fabio tenía un apodo curioso: Ovicula —«corderito»—, por su carácter manso y silencioso.
Más adelante lo llamaron Verrucoso, debido a una verruga sobre el labio.
Roma no perdonaba nada a la hora de poner motes.
Pero fue esa aparente lentitud de carácter la que le valió, años después, el agnomen eterno: Cunctator, «el que retrasa».
En el futuro tendrá un sobrenombre más poderoso, el escudo de Roma.
Tras acordar los nuevos reclutamientos para reponer las legiones destrozadas en Trasimeno, Fabio marchó hacia el norte con sumo cuidado.
No iba a repetir los errores de sus predecesores.
Avanzó hasta el norte de Apulia y acampó a unos nueve kilómetros del ejército cartaginés.
Aníbal, al recibir la noticia, decidió probarlo.
Sacó a su ejército, lo formó en orden de batalla frente al campamento romano y esperó.
Gritos, insultos, provocaciones. Pero por la parte romana no salió nadie. Fabio no mordió el anzuelo. No arriesgaría ni una vida si no era necesario. El cartaginés tuvo que volver a su campamento con las manos vacías.
Aquí comienza lo que la historia bautizó como tácticas fabianas , que podríamos definir rápidamente como no hacer el cazurro y aprovechar las ventajas propias y las debilidades del enemigo.
En un principio, esta forma de actuar generó críticas y murmuraciones.
Algunos lo llamaban pusilánime. Pero, con el tiempo, incluso sus detractores comprendieron que, dadas las circunstancias, era la única vía sensata.
Piensa en la diferencia entre ambos ejércitos.
El de Aníbal era una máquina de guerra curtida en la península ibérica, comandada por un líder que había crecido con sus hombres y soportado los mismos infiernos que ellos.
Ya habían vencido a Roma tres veces. Y lo más importante, su única opción era vencer, porque un ejército invasor no puede sobrevivir en territorio enemigo sin victorias constantes.
Roma, en cambio, tenía lo que todo invasor teme: tiempo y recursos.
Podía reclutar más soldados, tenía reservas casi infinitas y podía estirar el conflicto todo lo que quisiera.
Fabio entendió con claridad que enfrentarse a Aníbal en campo abierto sería un suicidio.
Había que desgastar. Desangrar lentamente al enemigo.
Aníbal no tardó en notarlo. Cambiaba constantemente de campamento, saqueaba los campos aliados frente a los ojos de Fabio, provocaba sin descanso.
Y Fabio lo seguía, siempre por las alturas, siempre a distancia.
Lo observaba, lo acechaba, le cerraba los pasos estratégicos.
Era una sombra, un testigo mudo que anticipaba cada movimiento.
No permitía que Aníbal cercara ninguna ciudad.
Y mientras tanto, sus soldados capturaban o mataban a los cartagineses que se dispersaban en busca de forraje o provisiones.
La frustración empezó a crecer en el bando púnico.
Apiano cuenta que la falta de suministros se volvía cada vez más desesperante.
Aníbal desplegaba sus tropas en formación todos los días, incitaba al combate, pero Fabio no respondía.
No importaba cuántas veces lo provocara, no conseguía una batalla.
Según Plutarco, Aníbal comprendió que solo le quedaba la opción de forzar a Fabio a combatir mediante algún ardid. Lo tanteaba como un luchador profesional busca el punto débil de su oponente. Lo zarandeaba, lo engañaba, lo conducía de un lado a otro. Pero Fabio resistía. No caía en la trampa.
Y mientras tanto, dentro del propio ejército romano empezaba a gestarse la traición.
La figura del dictador no era tan firme como parecía.
Muchos dentro del ejército no compartían su estrategia.
El primero en alzarse contra él fue Marco Minucio Rufo, su segundo al mando, que —según Livio— empezó conspirando en secreto y pronto pasó a criticarlo en público, acusándolo de cobarde, de tener miedo de Aníbal, de estar traicionando a Roma.
La semilla del desacuerdo estaba plantada. Mientras el dictador ejecutaba su plan con paciencia quirúrgica, las dudas crecían a su alrededor. Y mientras tanto, Aníbal seguía su tour de destrucción por Italia, saqueando ciudades, arrasando territorios, desafiando a Roma.
Cada campo incendiado en el Samnio y cada granja saqueada en Apulia era un mensaje para los aliados de Roma: la República no puede defenderos. Su objetivo no era conquistar territorio, sino desmantelar la confederación itálica, el verdadero pilar del poder romano.
La toma del gran depósito de suministros de Cannas fue su jugada maestra, un golpe logístico que, al mismo tiempo, constituía un desafío directo al honor de Roma, obligándola a presentar batalla o a afrontar el colapso de su sistema de alianzas.
Pero Fabio seguía resistiendo y la moral en el campamento romano se volvió irrespirable.
La estrategia de Fabio era una herejía para la mentalidad romana.
Minucio, en cambio, encarnaba la virtus tradicional.
La fe ciega en que el legionario, por su coraje y disciplina, debía buscar siempre el choque decisivo.
El conflicto que estalló entre ambos fue el reflejo de una República en guerra consigo misma, debatiéndose entre una autoimagen heroica y la prudencia que exigía la nueva realidad estratégica.
La concesión del imperium aequum a Minucio fue el momento en que Roma, por lealtad a su pasado, estuvo a punto de decretar su propia aniquilación.
La dictadura, concebida como la encarnación de la unidad y la autoridad absoluta, quedó fracturada, un presagio del caos que se cernía sobre el ejército... y sobre la República.
Tras semanas de tensión, la reconciliación llegó al año siguiente. En el 216 a. C., ambos fueron reemplazados por los nuevos cónsules, Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo. Era momento de reorganizar el ejército. Roma sabía que otra gran batalla se acercaba, y había que prepararse.
Al otro lado, Aníbal también necesitaba una resolución definitiva.
Su ejército llevaba meses sin reabastecerse como era debido.
Los aliados empezaban a dudar, y se acercaba lo más peligroso para él.
Si los romanos seguían evitando el enfrentamiento directo, tarde o temprano tendría que retirarse a la Galia.
Por eso, su objetivo fue provocar una gran batalla.
Y la forma de hacerlo era simple. Ocupar Cannas.
Cannas era una plaza estratégica, pues dominaba una ruta de suministros vital para Roma. Si Aníbal lograba tomarla, aseguraría provisiones y, al mismo tiempo, obligaría a los romanos a atacar. Y funcionó.
Como era de esperar, los cónsules no se ponían de acuerdo.
Según Livio, uno quería perseguir a Aníbal y el otro no.
Finalmente, fue Varrón, respaldado por el Senado, quien ordenó la marcha hacia el enemigo.
Polibio añade que los cónsules consultaban constantemente con el Senado, y que fue este, harto ya de la indecisión, el que ordenó presentar batalla.
Es el propio Polibio quien nos deja la escalofriante cifra de ocho legiones.
Hasta entonces, lo normal era que cada cónsul comandara dos, es decir, cuatro legiones en total si iban los dos cónsules juntos.
Pero aquí, por miedo, por presión política y por deseo de una victoria definitiva, Roma duplicó sus fuerzas.
El ejército se llenó de veteranos, tribunos, senadores e incluso nombres clave como Minucio Rufo o el joven Publio Cornelio Escipión, que más tarde pasaría a la historia como el Africano.
Los romanos siguieron los pasos de Aníbal con sumo cuidado, temerosos de nuevas emboscadas.
Dos días después, llegaron a Cannas. Al observar el terreno, Emilio Paulo avisó: «Este terreno no me gusta».
Una vasta llanura, perfecta para el despliegue de caballería enemiga. Una pesadilla táctica para Roma.
Pero el mando del día siguiente correspondía a Varrón. Y Varrón, impulsivo, decidido a acabar con aquello de una vez por todas, dio la orden de avanzar.