8 El trauma de Cannas #3
El centro ya no retrocedía. Los flancos cartagineses cerraron la trampa desde los costados. Y los romanos se vieron atrapados entre enemigos frescos, bien armados y en mejor posición. El cerco era total.
A partir de ese momento, la disciplina se desmoronó. El cansancio de la persecución, la sorpresa del cerco y la imposibilidad de maniobrar desintegraron la moral. Algunos intentaron huir. Otros luchaban por instinto. Ya no había orden, ni estructura, ni esperanza.
Emilio Paulo, todavía vivo, entendió la magnitud del desastre.
Incapaz de montar a caballo, pidió que lo llevaran hasta el frente.
Quería morir luchando, no escondido. Entre los últimos jinetes que aún resistían, se hizo bajar del caballo y se lanzó al combate a pie, dando órdenes, animando a los suyos, intentando recomponer lo irreparable.
En el otro flanco, los númidas seguían con sus escaramuzas. Hasta que repitieron el truco: simularon una deserción masiva. Se acercaron sin armas, desmontaron, fingieron rendirse. Los romanos los llevaron a retaguardia. Allí, ocultas entre los equipajes, recuperaron sus armas y sembraron el caos.
Asdrúbal, libre tras destruir a la caballería romana, no desaprovechó la oportunidad. Se unió a los númidas, arrasó la caballería aliada desde la retaguardia y luego atacó directamente la espalda de la infantería romana. Era el golpe final. No había escapatoria.
En medio del horror, el tribuno Cneo Léntulo encontró al cónsul herido. Le ofreció su caballo. Le rogó que huyera. Emilio Paulo lo rechazó. Quiso que otro viviera para contar cómo habían luchado. Y allí quedó, cubierto de sangre y polvo, rodeado por el enemigo, muriendo de pie. Léntulo huyó.
Cuando el polvo se asentó, el campo quedó en silencio. No había gritos. Solo cadáveres. Cannas había terminado.
La matanza fue total. Las cifras varían.
Polibio, testigo indirecto y fuente más fiable, habla de setenta mil muertos y diez mil prisioneros.
Tito Livio, menos dramático, nos dice que fueron cuarenta y ocho mil doscientos muertos.
Sea cual sea la cifra real, el resultado es el mismo.
La mayor derrota de Roma en lo que llevaba de vida.
En el campamento grande, unos diez mil hombres intentaron resistir, pero Aníbal los aplastó y los persiguió hasta el segundo campamento. Allí capturó a otros ocho mil. Solo unos dos mil soldados lograron escapar con vida.
Y lo más irónico, el cónsul Varrón, el hombre que había precipitado la batalla, fue uno de los pocos que escapó.
Huyó con apenas setenta jinetes, se refugió en Venusia y logró sobrevivir.
Más tarde se le unirían algunos restos dispersos.
Entre ellos, Publio Cornelio Escipión, el futuro Africano, Quinto Fabio Máximo —hijo del dictador— y Lucio Publicio Bíbulo.
También lograron llegar Publio Sempronio Tuditano y Cneo Octavio, con una docena de jinetes y medio centenar de infantes.
La supervivencia de Varrón marcó el inicio de una reinterpretación política interesada.
La historiografía posterior, influida por los sectores patricios, convirtió su huida en símbolo de la imprudencia plebeya, mientras que la muerte heroica de Emilio Paulo pasó a representar la virtus aristocrática.
Roma necesitaba a un culpable. Y Varrón lo tenía todo para serlo.
Las bajas cartaginesas fueron mínimas en comparación. Alrededor de ocho mil hombres, la mayoría aliados galos e íberos. Un precio ridículo por destruir completamente un ejército romano.
Cannas no fue una batalla más. Fue un trauma colectivo. Roma quedó devastada, emocional, política y militarmente. Pero no desapareció. Como antes con los galos, como en las Horcas Caudinas, la ciudad se lamió las heridas... y empezó a reconstruirse.
¿Por qué no se rindió Roma? Cualquier otra civilización del mundo antiguo habría enviado una embajada de paz tras perder, según Polibio, setenta mil hombres en una sola tarde. Aníbal, de hecho, esperó esa embajada, pero nunca llegó.
En su lugar, la reacción de Roma fue la que verdaderamente define su carácter.
El Senado, liderado por los restos de la vieja guardia, como Fabio Máximo, tomó medidas de una dureza inimaginable.
Se prohibió el luto público prolongado para mantener la moral; se rechazó categóricamente pagar el rescate de los miles de prisioneros, sentando un precedente de disciplina brutal; y se inició una leva sin precedentes, bajando la edad de reclutamiento, comprando y alistando a ocho mil esclavos y abriendo las cárceles a deudores y criminales para formar nuevas legiones.
En el apogeo de su desesperación, Roma incluso recurrió a la práctica, aberrante para su propia religión, del sacrificio humano, enterrando vivos a una pareja de galos y a otra de griegos en el Foro Boario.
Esta voluntad colectiva de luchar hasta el final, esta capacidad de movilizar hasta el último recurso humano y moral de la República, es lo que Aníbal no pudo prever ni derrotar.
Cannas no destruyó Roma; la despojó de su arrogancia y la obligó a forjar una nueva identidad. La derrota fue el trauma del que emergió una potencia que había mirado a la aniquilación a los ojos y se había negado a parpadear.