Roma victa 2 El renacer de la loba
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2 El renacer de la loba

Después tenemos otro problema más profundo.

Los imperios no se caen como quien tropieza y se rompe la rodilla —algo de lo que puedo hablar con cierta experiencia—.

Nadie se acostó romano y se levantó medieval.

Nos empeñamos en encerrar la historia en compartimentos, en fechas exactas, pero la realidad es mucho más gris y gradual.

Para la mayoría de los habitantes del viejo Imperio de Occidente, la vida siguió su curso.

Odoacro adoptó la fórmula más ambigua de rex .

Era rey de su confederación de pueblos germánicos, sí, pero ante el Senado y Constantinopla actuaba como un patricio romano que administraba Italia en nombre del emperador de Oriente, Zenón, cuyo rostro seguía figurando en las monedas acuñadas en la península.

El Senado lo respaldó, la administración siguió funcionando y la vida continuó.

No era un bárbaro que llegara a arrasar con la civilización.

Aun así, su ascenso marcó el fin de un modelo, el del gobierno centralizado que durante siglos había articulado la política, el comercio y la vida cotidiana en buena parte de Europa occidental.

Aquel sistema estaba ya agotado, pero su derrumbe dejó algo más que un vacío político, abrió una grieta simbólica en el imaginario de las generaciones futuras.

Y, como ocurre tantas veces, fue ese vacío el que alimentó la nostalgia.

Cuanto más lejana quedaba Roma, más grande se hacía su sombra.

En medio de la fragmentación de los siglos posteriores, la idea de una Roma unificada, majestuosa y eterna, se convirtió en un espacio de seguridad, en una forma de resistencia frente al caos.

No era difícil aferrarse a ese recuerdo. Roma estaba en todas partes, en el derecho, en el latín, en las ruinas, en las calzadas, en los puentes y acueductos que aún hablaban de una ambición sin precedentes.

Y luego estaba la Iglesia, que además de conservar la lengua, heredó buena parte del aparato imperial.

Desde Constantino, absorbió sus ritos, adoptó sus estructuras y replicó su jerarquía.

Obispos, diócesis, conventos, vicarios...

, los mismos términos, la misma lógica administrativa.

En una Europa desgajada, la Iglesia fue el hilo de continuidad entre pasado y presente.

Los nostálgicos del Imperio no se rindieron.

Intentaron revivirlo. Así, en la Navidad del año 800, en la vieja Roma, el papa León III colocó una corona sobre la cabeza de Carlomagno y lo proclamó imperator romanorum .

Era una restauración simbólica que desafiaba directamente al Imperio de Oriente, la única potencia heredera legítima de Roma.

En Constantinopla, aquella coronación se vio como una herejía política, la usurpación de un bárbaro.

Nacía el «problema de los dos emperadores», una fractura que marcaría siglos de rivalidad.

Con el tiempo, Otón I retomó la corona imperial en el 962 y dio nombre al Sacro Imperio Romano Germánico. Fragmentado, contradictorio y, sin embargo, contundente en su propósito: custodio de la Iglesia, garante del orden y heredero de Roma.

Pero quien llevó más lejos el sueño fue su nieto, Otón III.

En torno al año 1000, este joven emperador, hijo de una princesa bizantina y discípulo de Gerberto de Aurillac, proclamó la renovatio Imperii romanorum .

No era una mera versión germánica, aspiraba a unir tres mundos —el poder militar carolingio, la sacralidad bizantina y la autoridad espiritual del papado— en un solo Imperio cristiano universal, con su centro otra vez en Roma.

El ideal romano se había vuelto cristiano y germánico.

Si a Augusto, tras Teutoburgo, le hubieran contado algo así, habría sufrido un infarto... o varios seguidos.

Como ves, Roma no desapareció. Cambió de cara, de idioma y de propósito. Su sombra siguió proyectándose durante siglos y era lo bastante flexible como para renacer una y otra vez.

Y si hablamos de renacer, hay que detenerse en la época que llevó ese nombre: el Renacimiento. Una palabra que, en realidad, le hace poca justicia a una Edad Media que nunca fue tan oscura como se la ha pintado.

Pensar en el Renacimiento es imaginar un estallido de luz, frescos, cúpulas, equilibrio y belleza.

Como si, de pronto, se abrieran las ventanas de una casa en penumbra y entrara el sol.

Pero bajo ese resplandor había algo más, estaba el deseo de resucitar el mundo antiguo. Y ese mundo, por supuesto, era Roma.

Nacido en el siglo XIV, el Renacimiento colocó al ser humano en el centro del universo. Rescató con fervor los saberes clásicos, revalorizó sus mitos y devolvió la razón al corazón del pensamiento.

Sus protagonistas fueron los humanistas.

Eruditos, idealistas, estudiosos que buscaron reconciliar Europa con su pasado.

El primero de ellos fue Francesco Petrarca, nacido en Arezzo en 1304.

No fue solo un poeta, fue el padre del humanismo y el primero en italianizar la idea del Imperio romano, hasta entonces patrimonio germánico (mientras tanto, recordémoslo, el auténtico Imperio romano seguía vivo en Oriente).

Su coronación como poeta laureado en Roma, el 8 de abril de 1341, fue más que un honor simbólico: era la resurrección de un ritual antiguo. Ese laurel representaba la convicción de que la poesía, el arte y el pensamiento podían devolver a Italia —y a Europa— la luz de la Pax Romana.

En su poema África , dedicado a Escipión el Africano, Petrarca soñó con despertar a una civilización dormida. Y, de hecho, lo consiguió. A partir de él comenzó una fiebre de redescubrimiento. Estatuas, columnas, códices, templos..., todo volvía a respirar.

La arquitectura renacentista bebió directamente de los cánones clásicos: órdenes dórico, jónico y corintio, simetrías perfectas, cúpulas imperiales. La de Santa Maria del Fiore, obra de Brunelleschi, fue toda una declaración de principios. La Roma del Panteón se alzaba de nuevo.

La escultura y la pintura siguieron el mismo camino.

Botticelli, Miguel Ángel, Rafael..., todos buscaron las proporciones ideales y devolvieron vida a los mitos.

Pero no era solo arte, también era política.

Cada mecenas, al invocar a Roma, reclamaba una herencia.

Construir a la romana era proclamarse su heredero.

Florencia se convirtió en una nueva Roma.

Gracias a ideólogos como Leonardo Bruni, la ciudad se tejió una genealogía republicana.

En su Laudatio Florentinae urbis , Bruni defendía que Florencia, fundada antes del poder de los césares, era la auténtica heredera del espíritu cívico de Cicerón y Bruto.

Su lucha contra el despotismo de Milán era la continuación natural de la defensa de la libertad.

Bajo los Médici, arte y política se entrelazaron para construir una identidad.

Si Florencia miró a la Roma republicana, el papado lo hizo a la Roma imperial.

Tras el regreso de Martín V en 1420, la ciudad se transformó en escenario de una restauración colosal.

Papas como Sixto IV, Julio II o León X impulsaron obras que mezclaban fe y poder: iglesias, palacios, plazas, la nueva basílica de San Pedro, la renovación del Capitolio.

Todo era una afirmación, Roma sigue siendo el corazón del mundo.

En una Europa dividida, el papado encontró en esa estética imperial su lenguaje de autoridad. Lo sagrado y lo secular se fundieron en una misma imagen. Roma era cristiana, sí, pero también imperial. Y el papa, heredero de ambos tronos.

Mientras tanto, el Sacro Imperio Romano Germánico seguía defendiendo su propia herencia.

Desde Carlomagno hasta Otón, el título imperial se mantuvo como un emblema poderoso.

Aunque la realidad política era la de un mosaico disperso, la coronación en Roma bastaba para reforzar el vínculo simbólico con la Ciudad Eterna.

Ese fue el auténtico poder de Roma durante el Renacimiento, su capacidad de ser reconstruida. Su imagen servía para dar forma y legitimidad a proyectos políticos, y para ofrecer una dignidad casi sagrada a príncipes, artistas y papas.

En ese contexto, la mirada de Nicolás Maquiavelo dio al pasado una dimensión distinta. Más que admirarlo, lo diseccionó. Para él, Roma era una lección política, un modelo sostenido por la virtù , ese equilibrio sutil entre valor, astucia, disciplina y capacidad de acción.

No fue la fortuna —decía— lo que condujo a Roma a la conquista, sino su habilidad constante para reformarse, adaptarse y resistir.

Frente a ese modelo, la Italia de su tiempo le parecía un cuerpo enfermo, un territorio dividido, corroído por su fragmentación interna y por una Iglesia más pendiente de su poder temporal que del destino común de la península.

Maquiavelo veía en la República romana una virtud colectiva perdida.

«Un pueblo es más prudente, más estable y de mejor juicio que un príncipe», escribió.

Era una propuesta concreta para rescatar a Italia de la corrupción y la debilidad.

Con su pluma, Roma se convertía en un manual de instrucciones para el presente.

Esa instrumentalización del pasado no se quedó en los libros. Gobernantes, mecenas y papas comprendieron que Roma era, ante todo, un lenguaje. Cada estatua, cada edificio, cada encargo artístico funcionaba como una declaración política.

El David de Miguel Ángel, presentado en 1504, fue su manifestación más pura.

Su emplazamiento —decidido por una comisión en la que participaban Leonardo y Botticelli— no fue por casualidad.

Se erigió a las puertas del Palazzo Vecchio, el corazón del gobierno republicano.

Era un manifiesto en mármol. El joven David, símbolo de virtud y coraje, desafiaba al gigante Goliat igual que la República de Florencia desafiaba a los Médici exiliados y al poder papal.

Frente a ese ideal republicano, el papado levantó su propia y majestuosa narrativa.

El gesto culminante llegó en 1538, cuando Pablo III encargó a Miguel Ángel la remodelación de la Colina Capitolina.

En el centro de la nueva plaza, el escultor colocó la estatua ecuestre de Marco Aurelio.

El mensaje era inequívoco, el poder de los césares vivía ahora en los sucesores de san Pedro.

Médici, papas, emperadores..., todos utilizaron el arte y la arquitectura como instrumentos de legitimidad. Adoptar la estética romana significaba vestirse con la autoridad de los antiguos. Roma se convertía así en un código común, un lenguaje político que todos sabían leer.

Ese fue, quizá, su mayor triunfo. Ofrecer un repertorio simbólico inagotable, capaz de servir por igual a Florencia, al papado o al Sacro Imperio. Su fuerza residía precisamente en esa flexibilidad.

El mito, lejos de apagarse, se hizo más resistente porque aprendió a transformarse.

Y volvería a ser invocado, siglos después, en tiempos mucho más oscuros.

El siglo XX, con sus regímenes totalitarios, encontró en la Roma imperial un molde de grandeza, de destino y de poder del que no tardó en apropiarse.