Roma victa 1 La invención de Roma
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Roma victa

Roma victa

Por Iban Martin

© inepub.com

1 La invención de Roma

Mientras caminamos, déjame hacerte una pregunta: cuando escuchas el nombre de Roma, ¿qué imagen te viene a la cabeza?

Tal vez legiones invencibles marchando bajo arcos de triunfo, emperadores dictando órdenes desde tronos de mármol u oradores levantando al pueblo con sus palabras.

Añadimos una pizca de Pax Romana y ahí lo tenemos, la Roma todopoderosa.

Una imagen fascinante, sin duda. Roma como faro de civilización, como fuerza providencial que llevó el orden al caos.

Pero —y este será solo el primero de varios peros — esa Roma perfecta no fue más que una construcción meticulosamente elaborada.

Bajo el mármol de sus templos y basílicas existieron otras Romas.

Más humanas, más contradictorias, más brutales...

y, precisamente por eso, mucho más interesantes.

Pensemos en su origen. Roma nació del fratricidio y de la violación. Podemos edulcorarlo cuanto queramos, pero el relato fundacional que transmiten las fuentes es ese. Rómulo mata a Remo y, poco después, ordena el rapto de las Sabinas. Desde su primer aliento, grandeza y violencia caminaron unidas.

Además, los romanos no solo protagonizaron su historia, también la escribieron.

Y eso les dio una ventaja enorme. Podían decidir qué contar, cómo contarlo y con qué propósito.

Cada victoria se transformaba en una prueba del destino divino de Roma.

Cada derrota, lejos de debilitarla, se convertía en una demostración de resistencia, un recordatorio de que ni siquiera la adversidad podía con ella.

Durante este viaje conocerás a algunos de esos narradores: Tito Livio, Tácito o Suetonio, entre otros. Voces que forman parte de lo que llamamos las fuentes y que, en su conjunto, nos ayudarán a entender cómo se tejió la idea de Roma como empresa eterna, invencible y civilizadora.

No se trata de derribar el mito, lo miraremos frente a frente. Querer a Roma implica entenderla, con todas sus sombras. Porque Roma no necesita ser perfecta para ser eterna. Es en sus grietas donde más brilla; cuando la vemos dudar, fallar o sufrir, su historia se vuelve humana, cercana, viva.

Los mitos simplificados —de los que se alimenta la idea de la Roma invicta — no nacen de la nada.

Son respuestas culturales a una necesidad universal, dar sentido a la existencia, sentir orgullo, construir un pasado glorioso que nos vincule con quienes vinieron antes.

Toda civilización lo hace. Todas suavizan sus aristas, embellecen sus derrotas y maquillan sus culpas. Es comprensible.

La imagen de Roma como equilibrio perfecto entre fuerza y civilización, entre brutalidad y refinamiento, es uno de los ejemplos más poderosos de cómo una cultura lidia con sus propias contradicciones.

Comprender esa tensión no solo nos ayuda a entender Roma, sino también a quienes la imitaron siglos después.

Los romanos fueron auténticos maestros del relato, mucho antes de que esa palabra estuviera de moda.

A diferencia de la historiografía moderna, que busca la objetividad a través del análisis, la historiografía romana perseguía un fin moral y pedagógico.

Sus autores —a menudo ligados al poder— escribían para ensalzar los valores del mos maiorum , las costumbres de los antepasados, y para glorificar la grandeza de Roma.

Cuando los primeros historiadores romanos, como Quinto Fabio Píctor, comenzaron a narrar el pasado de la ciudad —en plena época de las guerras púnicas— lo hicieron en griego, la lengua internacional de la cultura en ese momento.

No fue un detalle al azar, esa elección otorgaba a sus obras un valor diplomático y propagandístico.

El relato histórico se convirtió así en un arma, una extensión del campo de batalla, destinada a debilitar al enemigo y a justificar la violencia como medio legítimo hacia un fin inevitable: el dominio romano.

Quizá te preguntes cómo se justificaba todo aquello. Para encontrar la respuesta, hay que acudir a los mitos fundacionales. Ya hemos mencionado a Rómulo, Remo y las Sabinas, pero para sostener la idea de un destino hacía falta algo más que un relato, hacían falta pilares sólidos.

El primero fue Eneas, el héroe troyano que escapa de una ciudad en llamas para sembrar el germen de una nueva civilización.

Su mito no fue una invención tardía, hundía sus raíces en tradiciones itálicas y etruscas conectadas con el ciclo troyano.

Ya en el siglo V a. C., autores griegos como Helánico de Lesbos mencionaban a Eneas como fundador en Italia.

La novedad llegó en los siglos IV y III a.

C., cuando los historiadores griegos y los primeros analistas romanos sistematizaron ese relato con fines políticos.

Al presentar a Roma como heredera de Troya, la dotaban de una nobleza épica comprensible para el mundo helenístico.

Eneas, hijo de Venus, confería a la ciudad una legitimidad divina que equilibraba sus orígenes violentos.

El segundo pilar fue el mito de Rómulo y Remo, que incorporaba la violencia como esencia de la identidad romana.

Los gemelos abandonados y amamantados por una loba —animal salvaje y depredador— representaban un destino natural, el de un pueblo llamado a devorar a los demás.

El fratricidio de Remo, al cruzar el límite sagrado, era realmente una lección.

La patria, desde entonces, estará siempre por encima de cualquier cosa, incluso de la familia.

La fusión de ambos mitos —el noble Eneas y el brutal Rómulo— permitió construir una identidad coherente y poderosa. Roma era invencible porque nació de dioses y de violencia. Su destino estaba escrito.

A esa ecuación se añadió el mos maiorum , el código moral que definía al ciudadano ideal. La pietas (devoción hacia los dioses y la patria), la virtus (valor y excelencia) y la fides (lealtad y confianza) eran principios que daban sentido a la vida pública y privada.

Los historiadores, al vincular los logros de Roma a estos valores, reforzaban la idea de que su poder no era fruto del azar, sino la consecuencia natural de un carácter superior, forjado en la devoción, el coraje y la lealtad.

Así, Roma no conquistaba: cumplía su destino.

Pero tenía que ser, en mi opinión, cosa del destino el nacimiento de tan gran ciudad y el comienzo de la mayor potencia después de la de los dioses.

TITO LIVIO, Historia de Roma desde su fundación (I, 4)

En esa frase está todo. El origen del relato. Roma debía conquistar porque así lo había dispuesto el destino. Y punto. Nadie podía interponerse.

Desde sus primeros pasos, Roma no se vio a sí misma como una ciudad más.

Fue, desde el principio, un pueblo en armas.

Antes que imperio, antes que civilización, antes incluso que mito, fue una máquina de guerra.

Y no una cualquiera, una que aprendía con rapidez, que se levantaba tras cada golpe, que se adaptaba, cambiaba y mejoraba.

Esa capacidad de transformación después de la derrota fue lo que empezó a cimentar, muy pronto, la idea de una Roma invulnerable.

¿Cuántas veces has escuchado que las legiones eran imparables y que los legionarios eran máquinas perfectas de matar?

Es una exageración, claro, pero nació de un relato que se amplificó, se repitió y se reforzó durante siglos.

No solo por las victorias —que las hubo—, sino por la manera en que se contaban.

La victoria, para los romanos, no era un simple resultado militar, era un acto sagrado.

Desde la Primera Guerra Púnica, la diosa Victoria se convirtió en símbolo de la República.

Se le dedicaron templos, se le ofrecieron sacrificios y se acuñaron monedas con su imagen.

Cuando Octavio vence en Accio, no levanta un monumento cualquiera, instala un altar en su honor dentro de la Curia —el edificio en el que se reunía el Senado romano—.

Roma vence porque los dioses así lo han querido.

Y si la victoria era sagrada, debía celebrarse como tal.

El triunfo no era solo una procesión, era el espectáculo del poder.

El general victorioso recorría la ciudad entre aclamaciones, acompañado de prisioneros, botín, estandartes y animales exóticos.

Según Valerio Máximo, uno de los requisitos para obtenerlo era causar al enemigo al menos cinco mil bajas en una sola batalla.

En la práctica, el Senado —y más tarde el emperador— aplicaba o ignoraba las normas según le convenía.

Pero el mensaje se mantenía intacto: Roma no solo vencía, arrasaba. Y arrasar era su destino.

El mito de la invencibilidad alcanzó su expresión más perfecta durante la Segunda Guerra Púnica, el conflicto que puso a prueba la esencia misma de la República.

La historiografía romana, con Tito Livio a la cabeza, no se limitó a narrar los hechos, convirtió a Aníbal Barca en el espejo sobre el que reflejar la perseverancia y la superioridad moral de Roma.

Livio lo dejó claro desde el inicio, quería contar la guerra más memorable jamás librada.

Su propósito era ético, ofrecer ejemplos para que los ciudadanos imitasen la virtud y rechazaran la corrupción.

Aníbal se convierte así en una figura literaria.

Un genio militar, valiente y audaz, pero también cruel, traicionero y carente de honor.

Al presentarlo como villano, las derrotas romanas podían explicarse por sus malas artes y no por la debilidad de Roma.

La victoria final se convertía, así, en el triunfo de la virtud sobre la perfidia.

Para reforzar esa imagen, las fuentes exageraron cifras y ejércitos.

En Cannas, Livio habla de cincuenta mil muertos; Polibio eleva la cifra a setenta mil.

Ambas son exageradas, pero sirven a su propósito, transformar la catástrofe en un ejemplo de sacrificio, convertir la reacción del Senado en un acto de virtus inquebrantable.

Y, dentro de esa construcción, surge una de las jugadas más brillantes, el episodio en que Maharbal reprocha a Aníbal que sabe vencer, pero no sabe aprovechar la victoria.

Es casi seguro que Livio se lo inventó. Lo necesitaba para explicar el fracaso final del cartaginés por su, atribuida por el mismo autor, soberbia.

Virgilio, por su parte, jugó la partida en otro tablero.

La Eneida puede parecer una epopeya al estilo de Homero, pero es poesía al servicio del poder.

Augusto necesitaba un pasado que legitimara su régimen, y Virgilio se lo dio.

Eneas no es solo el héroe troyano, es el modelo del ciudadano perfecto para la Roma augusta.

Devoto, piadoso, obediente al destino. Su viaje, de Troya al Lacio, se convierte en una metáfora del tránsito desde el caos de las guerras civiles a la estabilidad del nuevo orden.

Cuando Júpiter le confía su misión, queda claro: el Imperio es un mandato divino y, cuando Roma conquista, cumple su destino.

No todos, sin embargo, compartieron ese entusiasmo.

Salustio, testigo de la decadencia republicana —fue tribuno de la plebe en el 52 a.

C., el año del asesinato de Clodio—, adoptó un tono muy distinto.

En La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta , retrata una Roma enferma de corrupción y egoísmo.

Pero incluso él utiliza el mito. Cree que la salvación está en regresar al mos maiorum , a las virtudes que hicieron grande a Roma.

«Concordia res parvae crescunt, discordia maximae dilabuntur».

«Mediante la concordia, las cosas pequeñas crecen; mediante la discordia, las más grandes se desmoronan».

La unión hace la fuerza, que diríamos hoy.

El pasado, para Salustio, es un manual moral.

Roma triunfa cuando es fiel a sus valores y fracasa cuando los traiciona.

Tácito lleva esa reflexión al extremo. Escribe cuando la República ya es un cadáver que finge respirar.

En sus Anales , retrata a Tiberio y a Nerón con una ironía afilada y un pesimismo lúcido.

No niega el mito, pero lo observa con sospecha.

Ya no pretende celebrarlo, y, aun así, incluso él mantiene una chispa de esperanza: Roma puede salvarse si recuerda quién fue.

Su crítica no destruye el mito; lo redefine.

Suetonio, en cambio, opta por la galería de retratos.

Las Vidas de los doce césares es un mosaico de anécdotas, rumores y presagios.

Pero, bajo la superficie, el relato persiste.

Incluso al mostrar los excesos imperiales, el mito se adapta.

Julio César aparece como una figura casi indestructible, tocada por la fortuna, invencible salvo —eso sí— por los idus de marzo; todos tenemos una mala tarde.

Pero Roma sigue su curso, con líderes imperfectos, porque su destino es más grande que cualquiera de ellos.

Suetonio recurre a presagios y señales celestes para demostrar que el poder de Roma tiene respaldo divino. La pietas se convierte en medida moral de cada emperador. Roma puede mancharse, tambalearse, pero no caer.

Esa es la genialidad del mito de la Roma invicta , su elasticidad. Como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie. No se derrumba ante la crítica; la absorbe y regresa más fuerte.

Los romanos sabían lo que hacían. Usaron la historia como arma política, y su herramienta más eficaz fue la idealización del pasado.

La Roma primitiva se convirtió en la edad dorada.

El mos maiorum pasó de costumbre a dogma.

De ahí nacieron los grandes valores: virtus, pietas, gravitas, disciplina .

No eran simples palabras, eran el código genético de la eternidad.

Salustio lo entendió bien. En su lamento por la corrupción de su tiempo glorifica ese pasado imposible. No basta con saber lo que ocurrió, hay que comportarse como quienes nos precedieron. En Roma, el pasado era una brújula que señalaba el camino a la salvación.

Y, si levantamos la vista de los textos y miramos los monumentos que aún se alzan —los arcos, las columnas, los relieves—, comprendemos que la eternidad de Roma no depende de sus emperadores ni de sus batallas, sino del mensaje que repiten una y otra vez sus restos: Roma siempre vence, los dioses la protegen y su existencia es aeterna .

Todo esto formaba parte de una red tan hábilmente tejida que sobrevivió incluso a la llamada caída del Imperio.

Cuando Roma perdió el poder político, conservó el poder simbólico.

Comprender cómo Roma se narró a sí misma es entender cómo el poder se cuenta, cómo se perpetúa y cómo moldea a quienes lo heredan.

Dicen que Roma cayó..., pero su relato, sin duda, no. Ese siguió viajando. Y aún lo hace.

Roma sigue ahí, en nuestras leyes, en nuestras ciudades, en la forma en que entendemos el poder. Y, en el fondo, hay algo en nosotros que sigue creyendo que Roma fue —y quizá sigue siendo— invencible.

Y sí. Es una imagen fascinante.