Rollos de canela y caso cerrado (Misterios de Justine Case en autocaravana 1) 8
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The Little Island Bookshop estaba en una calle lateral, medio oculta detrás de un viejo roble. Jay casi pasa de largo. Ni gran letrero ni escaparate. Solo un cartel de madera pintado a mano sobre la puerta, con las letras descoloridas pero legibles.

El Señor Nixon se sentó a su lado en la acera. Sabía lo que se avecinaba.

—Espera aquí —dijo Jay.

El Señor Nixon levantó la cabeza. Los ojos se le agrandaron. Le temblaron las papadas. Todo su cuerpo pareció desplomarse.

Jay lo miró fijamente.

—Eso no funciona conmigo.

El perro suspiró, profunda y teatralmente. Se tumbó, con el hocico sobre las patas, y la miró con una expresión que decía: Me estás dejando. Aquí. Solo. En el frío.

—Hace dieciocho grados —dijo Jay.

El Señor Nixon cerró los ojos. Se resignó a su destino.

Jay negó con la cabeza y empujó la puerta.

Sonó una campana —brillante, plateada—, el tipo de sonido que ya casi no se oye.

Lo primero que la envolvió fue el olor. Papel —viejo y nuevo—, tinta de imprenta, polvo. Y debajo, apenas perceptible, café. Café de verdad, no el instantáneo que Jay llevaba meses comprando.

La tienda era pequeña. Más pequeña de lo que había parecido desde fuera.

Pero no estaba abarrotada. Estaba llena.

Estanterías hasta el techo, repletas de libros, pilas en el suelo cuidadosamente ordenadas.

Un sillón gastado en la esquina, y junto a él una mesita con una lámpara que proyectaba una luz cálida.

Acogedor. Esa era la palabra. Un lugar donde esconderse. Entre las páginas. Entre mundos.

Jay entendió por qué una autora en fuga habría venido aquí.

—¿Puedo ayudarla?

La voz llegó desde atrás. Jay se dio la vuelta.

Fiona estaba detrás de un mostrador apenas visible bajo libros, papeles y una caja registradora antigua. Cabello oscuro, alborotado por el viento, aunque estuviera bajo techo. Ojos alertas que escrutaban a Jay. No con desconfianza, solo con atención. Los ojos de alguien acostumbrada a observar.

—Solo estoy mirando —dijo Jay—. Soy nueva en la isla.

—Lo sé —Fiona sonrió. No era una sonrisa amplia, no una bienvenida exagerada. Solo un ligero movimiento de las comisuras de la boca—. Trescientos habitantes. Las caras nuevas destacan.

Jay se acercó. Pasó los dedos por los lomos de los libros. Misterios, thrillers, romances. Todo mezclado, pero de alguna manera organizado. Un sistema que solo Fiona entendía.

—Soy autora —dijo Jay. No era mentira. Simplemente no era toda la verdad.

—Lo sé.

Jay levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—Isla pequeña —Fiona se encogió de hombros—. Hazel habla. Noelle habla. Finn no habla, pero escucha cuando otros hablan —se apoyó contra el mostrador—. Novelas románticas, ¿verdad?

—Sí.

—Bajo seudónimo.

Jay asintió.

—Penny Lane-Parker.

Fiona reflexionó —se le notaba la mirada vuelta hacia dentro, rebuscando en algún catálogo mental.

—No la conozco —dijo finalmente—. Pero eso no significa nada. Hay tantos libros.

—Demasiados —dijo Jay—. Y muy pocos lectores.

—Eso dicen todos los autores —Fiona sonrió de nuevo. Esta vez con más calidez—. ¿Buscas algo específico?

Jay vaciló. Este era el momento. La transición de la charla trivial a algo más. Todavía podía echarse atrás. Podía comprar un libro e irse. Podía fingir que era solo una clienta.

Pero no había venido para eso.

—Estoy buscando a alguien —dijo—. Una mujer que puede haber estado aquí. Hace unos meses.

Fiona no se movió. Pero algo en su rostro cambió. Una tensión. Una sombra.

—Una mujer tranquila —continuó Jay—. Vivía sola. En una furgoneta, en Lighthouse Trail.

Fiona guardó silencio un momento. Luego:

—Te refieres a la mujer de la furgoneta.

Así que la isla lo sabía. Por supuesto. Trescientos habitantes. Sin secretos. No realmente.

—Sí —dijo Jay—. Valerie. Valerie Martini.

Fiona asintió lentamente. Salió de detrás del mostrador. Fue a una de las estanterías. No para coger un libro, solo para hacer algo. Para pensar.

—Venía a menudo —dijo. Su voz se había vuelto más baja. Pensativa—. No con regularidad. Pero lo suficiente como para que la recordara.

—¿Qué recuerdas?

—Leía mucho —Fiona pasó el dedo por los lomos. Un gesto inconsciente—. Siempre novelas policíacas. Las oscuras. No las acogedoras con gatos y fiestas de té. Las crudas. Con asesinatos y traiciones y gente que desaparece.

Jay sintió una punzada. Valerie había leído novelas policíacas. Historias sobre gente que desaparece. ¿Había sabido lo que se avecinaba?

—¿Alguna vez habló de sí misma? —preguntó Jay.

—No —Fiona negó con la cabeza—. Era... cerrada. Amable, pero distante, como alguien que había construido muros. Altos.

Jay conocía la sensación. Ella misma tenía muros así. O los había tenido, antes de que esta isla empezara a derribarlos.

Fiona se detuvo. Se dio la vuelta. Tenía el rostro pensativo, como si buscara algo.

—Pero hubo una cosa que dijo que se me quedó grabada.

A Jay se le aceleró el corazón.

—¿Qué?

—Fue la última vez. Cuando devolvió un libro —Fiona frunció el ceño. El recuerdo estaba ahí, pero borroso—. No quiso llevarse nada a cambio. Tengo un sistema de intercambio: traes uno, te llevas uno. Ella trajo uno pero no se llevó ninguno.

—¿Qué dijo?

Fiona cerró los ojos un momento. Como si intentara encontrar las palabras exactas, revivir la escena.

—Dijo: «Debería estar aquí».

Fiona abrió los ojos. Miró directamente a Jay.

—«Por si alguien lo busca».

Por si alguien lo busca.

Las palabras calaron hondo en Jay. Cargadas de peso y significado.

Valerie había dejado algo atrás. A propósito. Para alguien que lo buscaría. Para alguien como Jay.

—¿Qué libro? —preguntó Jay.

Tenía la voz ronca.

—¿Qué libro dejó?

Fiona suspiró. Negó con la cabeza.

—Recordé la frase porque me pareció muy extraña.

Extendió los brazos. Un gesto de impotencia que abarcaba toda la tienda. Todos los libros, todas las estanterías, todas las pilas.

—Pero ¿qué libro era? Ni idea. Fue hace meses.

Jay se quedó inmóvil. Las palabras flotaban entre ellas. Hace meses. Ni idea.

Pero no estaba dispuesta a rendirse. No ahora. No cuando estaba tan cerca.

—¿Podemos buscar? —preguntó—. Tiene que ser algo que alguien buscaría. Algo concreto. ¿Algo sobre la isla, quizá?

Fiona la observó un buen rato, sopesándolo. Luego asintió.

—Historia local. Al fondo, a la izquierda.

Caminaron juntas. Dejaron atrás las novelas policíacas y los thrillers, las novelas románticas y los libros infantiles, hasta llegar al fondo de la tienda, donde la luz era más tenue y el polvo más espeso.

Las estanterías de allí eran más viejas, la madera más oscura, los libros menos cuidados. Guías de viaje, libros ilustrados, historia local. Títulos que no significaban nada para Jay. Nombres de lugares que desconocía.

Fiona empezó a buscar. Metódicamente. Conocía su tienda, eso saltaba a la vista. Sus dedos se deslizaban sobre los lomos, sacando un libro aquí, devolviéndolo a su sitio, pasando al siguiente.

—Maine – A Coastal Journey —leyó en voz alta. Negó con la cabeza.

—Lighthouses of New England.

Negó con la cabeza.

—Islands in the Mist—A Picture Book.

Negó con la cabeza.

Jay se puso a ayudar. Sacaba libros que parecían viejos, polvorientos, olvidados. Los hojeaba buscando marcas, notas, cualquier cosa.

Nada.

El tiempo pasaba. Fuera, el Señor Nixon arañaba la puerta de la tienda. Una vez, dos veces, impaciente.

—Un momento —murmuró Jay. Más para sí misma que para él.

Avanzaron por la estantería. Libro por libro. Título por título. A Jay empezó a dolerle la espalda de tanto agacharse. Tenía los dedos llenos de polvo. Su optimismo flaqueaba.

Quizá Fiona había vendido el libro hacía mucho. Quizá alguien se lo había llevado sin saber lo que contenía. Quizá el rastro se había enfriado antes incluso de que Jay lo encontrara.

Y entonces.

Justo al fondo. Escondido detrás de una pila de libros ilustrados que ya nadie quería. Un libro delgado, la cubierta desgastada, los colores desvaídos.

The Island—History and Secrets de Silas Croft.

Jay lo sacó. Le temblaban las manos. Solo un poco.

Lo abrió. Lo hojeó. Páginas sobre la fundación de la isla, los primeros colonos, los pescadores y sus familias.

Y entonces. Marcas. Subrayados. Anotaciones a lápiz en los márgenes.

Jay pasó las páginas más deprisa. El corazón le latía con fuerza.

Una página sobre el viejo faro. El párrafo estaba subrayado. Dos veces. En el margen, un pequeño dibujo: una cruz. O una flecha. Y junto a él, con una letra ajena al libro:

«3.er escalón desde arriba. Detrás de la piedra suelta».

Jay se quedó mirando las palabras. Las leyó de nuevo. Y otra vez.

—¿Qué significa eso?

La voz de Fiona, justo a su lado, asomada por encima de su hombro.

Jay lo sabía. Con una certeza que no dejaba lugar a dudas.

Valerie había escondido algo. En el faro. Tercer escalón desde arriba. Detrás de una piedra suelta. Y este libro era la guía. Para alguien que lo buscaría.

Para alguien como Jay.

—¿Cuánto te debo?

Fiona miró el libro. Las marcas, la nota en el margen. Negó con la cabeza.

—Llévatelo. Con esos garabatos, no hay quien lo venda.

Jay asintió. Se metió el libro bajo el brazo.

—Gracias.

Fiona no dijo nada. Pero su mirada lo decía todo. Cautela, preguntas, preocupación.

Jay se dirigió a la puerta. La empujó. Sonó la campanilla.

Y entonces se detuvo.

Un pequeño grupo se había congregado frente a la tienda. Turistas, a juzgar por la pinta. Ropa de senderismo, cámaras, las caras emocionadas de quienes han descubierto algo inesperado.

En medio del grupo estaba el Señor Nixon.

No. No estaba quieto. Estaba actuando.

Un niño le lanzó una golosina. El Señor Nixon no la atrapó al vuelo: su coordinación no daba para tanto. Pero la recogió del suelo, se la tragó y luego hizo una reverencia. Profunda. Teatral. Patas delanteras estiradas, cabeza gacha, orejas desplegadas en el suelo como una capa de terciopelo.

Los turistas aplaudieron.

El Señor Nixon se levantó. Meneó la cola una vez. Luego se dejó caer. Muerto. Las cuatro patas estiradas. Inmóvil.

Gritos de alarma, de preocupación: una mujer se llevó la mano al pecho.

El Señor Nixon abrió un ojo. Espió. Esperó a lograr el máximo efecto dramático. Luego se incorporó de un salto, tan rápido como puede saltar un basset hound, que no es muy rápido, e hizo otra reverencia.

Vítores. Aplausos. Más golosinas.

Jay se apoyó en el marco de la puerta. No pudo evitarlo. Se rio.

El perro la miró. Había algo en sus ojos que se parecía sospechosamente a la autosatisfacción.

—No hay nada como el mundo del espectáculo, ¿eh?

El Señor Nixon meneó la cola. Una vez. Lentamente. Como diciendo: Y no lo olvides.

Los turistas se dispersaron. Unas cuantas fotos más, unas cuantas golosinas más, y siguieron adelante en busca de la siguiente aventura.

Jay se acercó al Señor Nixon. Se arrodilló.

—¿Cuántas cosas más escondes que yo no sé?

El perro ladeó la cabeza. Misteriosamente. Luego se dio la vuelta.

Se quedó rígido.

Jay frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

El Señor Nixon miraba fijamente hacia un punto. Le tembló el hocico y un suave gemido escapó de su garganta.

Jay se levantó. Lentamente.

El libro que llevaba bajo el brazo de repente le pareció más pesado.

El Señor Nixon gimió de nuevo. Quedamente. Inquieto. Con los ojos fijos en algo a lo lejos que solo él podía ver.

Jay siguió su mirada. A lo lejos, apenas visible sobre las copas de los árboles, la punta blanca del faro se alzaba hacia el cielo gris.