Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 14. Logan
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Capítulo 14. Logan

LOGAN

El intento de combinar sabiduría y poder rara vez ha sido exitoso, y solo por un corto periodo de tiempo.

—A lbert E INSTEIN

—¿Por qué no está pasando nada? —le pregunto a Hadley mientras observo los monitores que llevan una hora mostrando imágenes aleatorias del pueblo completamente evacuado.

Aparece una pantalla que muestra el mapa térmico que Jake había apagado antes. En él se ve todo el pueblo, pero las únicas huellas de calor provienen de un solo edificio.

—El ayuntamiento —dice Hadley para sí misma, haciéndose eco de mis propios pensamientos—. Han sacado a todo el mundo menos a los ayudantes del sheriff.

—¿Quiénes son estos? —pregunto, señalando a los que está cerca de la periferia del pueblo y la huella que se encuentra justo en el límite, pero todavía dentro del término municipal.

—Probablemente ese sea Jake o Lana, y este igual —dice Hadley, señalando una huella de calor que se mueve por las calles como si estuviera caminando.

Se me revuelve el estómago al fijar la mirada en los que están en movimiento.

—Estos de aquí probablemente sean algunos de los agentes que enviaron a las afueras del pueblo por alguna razón —continúa Hadley, señalando los tres puntos que hay a un lado.

Antes de que pueda hacer más preguntas, aparece un recuadro con un mensaje.

¿Estás lista? ¿O prefieres apartar la vista? La cosa se va a poner fea.

Hadley contiene el aliento, con la mirada fija en el texto.

—¿Es Jake? —pregunto, inclinándome hacia delante.

—Sí —me contesta mientras responde.

¿Qué hacen esos ayudantes fuera del pueblo?

Al instante, aparece otro mensaje.

Los he enviado yo allí. Son inocentes.

Hadley me mira a los ojos, y en ellos veo una pregunta.

—Necesito verla, Hadley.

Ella asiente y vuelve a escribir.

Logan está conmigo. Quiere ver a Lana.

Las cámaras muestran desde atrás una figura con una melena oscura, cargada con armas mientras camina por el pueblo con una mochila. Pero desde este ángulo no puedo verle la cara.

El corazón me late con fuerza en la garganta y llega otro mensaje.

Mejor que no mire. Ahora mismo, Lana no tiene nada de dulce.

—Claro que voy a mirar —le digo a Hadley.

Ella deja escapar un suspiro y asiente.

Estamos dentro.

Otro mensaje.

Revisa tu correo y, cuando termines, te daré un asiento en primera fila para el espectáculo.

Hadley cambia inmediatamente la pantalla de su ordenador portátil y veo que tiene un correo electrónico de una dirección extraña. Lo abre y se me revuelve el estómago al comprobar que hay un vídeo. También hay montones de archivos por descargar, toda una recopilación de pruebas.

El ordenador emite un pitido con lo que parece un nuevo mensaje y Hadley abre el buzón.

Solo tienes que descargarlo. Los archivos harán el resto.

Hadley ni siquiera se lo piensa. Descarga los archivos y, en cuestión de segundos, oímos barullo fuera.

Me acerco a mirar por las persianas y veo a todo el mundo de pie y acercándose a los monitores.

La pantalla muestra las mismas imágenes que vi antes en Delaney Grove, solo que esta vez también hay grabaciones de lo que pasó detrás de las cámaras, incluidas aquellas en las que salen unos tipos maniatados confesando sus pecados de aquella noche.

Echo un vistazo por la puerta, entreabriéndola solo un poco.

—Se supone que debéis luchar por la verdad y no por los corruptos —dice la voz de Saw tras la máscara de espejo.

Todo el mundo se mira con los ojos como platos mientras el vídeo continúa reproduciéndose.

—Tened cuidado, porque hay ojos que os observan sin que os deis cuenta —añade la voz, mostrando una nueva pantalla con caras conocidas.

El director McEvoy entra corriendo, con expresión de pánico al verse a sí mismo en la pantalla hablando con Johnson hace diez años en Delaney Grove.

— ¡Tú has colaborado en este desastre, así que arrégla­lo! —  grita McEvoy, señalando con el dedo a Johnson   —. Deshazte de las pruebas. Elimina cualquier informe relacionado con esos críos. Y destruye todo lo que nos vincule a este pueblucho abandonado de la mano de Dios.

Todos miran al director, que se apresura a desenchufar el monitor del techo. Pero enseguida se enciende otro.

— ¿Y qué pasa con mi equipo? Ya están intentando sacar esto a la luz —  sisea Johnson.

— Yo me encargaré de ellos —  gruñe McEvoy.

Todos dirigen su mirada hacia el horrorizado director, que se da la vuelta y sale corriendo de la sala, probablemente hacia su despacho.

—¡Apagadlo! —grita a lo lejos—. ¡Averiguad quién está haciendo esto!

Hadley sonríe mientras cierro la puerta y abro las persianas para poder estar pendiente de todos. Probablemente ahora vendrá alguien a buscarme.

—No te preocupes —dice Hadley con una sonrisa—. He hecho que parezca que esos archi­vos los ha introducido en el sistema el propio director McEvoy. Aparecerá su dirección IP por todas partes. No podrán relacionarlo con nosotros.

La pantalla del despacho de Craig sustituye la imagen de las huellas de calor por una toma panorámica del pueblo, justo cuando empieza a sonar música.

Echo un vistazo y veo a Johnson entrando en el ayuntamiento desde otro ángulo de cámara, y vuelvo a fijar la mirada en la chica vestida con leggings negros y una camiseta roja sin mangas que recorre el pueblo, armada hasta los dientes.

—Disturbed —dice Hadley, sonriendo.

—¿Qué? —pregunto, cautivado por la feroci­dad que por fin puedo ver en esos inquietantes ojos verdes.

—Disturbed . Down with the Sickness —respon­de—. La canción. Le viene al pelo.

Lana saca una máscara de color rojo con líneas negras y se la pone.

—¿Por qué una máscara? —pregunto, confundido.

—No lo…

Antes de que pueda responder, en las pantallas que hay fuera del despacho aparece un canal de noticias con una primicia filtrada por un informante del FBI, que probablemente sea Hadley haciéndose pasar por McEvoy.

Es el mismo vídeo que acabamos de ver, pero sin las escenas explícitas en las que aparecen Victoria, Marcus y Robert Evans.

Vuelvo a mirar el monitor que tengo cerca, en el que se ve a Lana caminando por las calles vacías del pueblo, rumbo al ayuntamiento.

Siento un nudo en el estómago y se me seca la boca al verla tomarse su tiempo.

En otra pantalla vemos a uno de los agentes mirar hacia uno de los altavoces que reproduce la canción en bucle y dice algo que no puedo oír, cuando se da la vuelta y entra en el edificio.

Sale otro, que también lo mira, y le oigo pedir entre gritos que llamen al sheriff .

A estas alturas, creo que Lana ya lo ha mata­do, teniendo en cuenta el rato tan largo que llevaban ambos desaparecidos.

El último agente retrocede justo cuando Lana dobla la esquina, a menos de una manzana del ayuntamiento. Se lleva la mano a la espalda, agarra la mochila y la lanza a la acera junto al edificio cuando llega a él.

Desvío la mirada hacia la pantalla de la sala principal y compruebo que la cadena de televisión está retransmitiendo en directo desde Delaney Grove. Se me encoge el corazón al ver a Lana allí, sacando una escopeta.

Veo cómo la carga una vez y luego se apoya contra la pared junto a la puerta. Su pecho sube y baja rápida y violentamente, y luego cruje el cuello hacia un lado antes de abrir las puertas de una patada.

La pantalla del televisor mantiene la imagen, pero la que tenemos cerca emite otras en las que veo a todos los ayudantes dirigir sus miradas de sor­presa hacia Lana.

Ella dispara sin dudarlo, y se me revuelve el estómago cuando la mitad de la ca­beza de uno de los ayudantes del sheriff explota antes de que pueda siquiera echar mano de su arma.

Inmediatamente recarga la escopeta y vuelve a disparar, esta vez atravesando el pecho de otro.

Es como si la sorpresa inicial se disipara y recuperaran la compostura, ya que todos sacan sus armas al mismo tiempo.

Lana se lanza al suelo y se desliza por él, disparando de nuevo con la escopeta y alcanzando a un ayudante del sheriff en la cintura.

—Y encima tiene buena puntería —dice Hadley sin emoción alguna.

El corazón se me sale del pecho y miro las noticias, que siguen mostrando solo el ángulo desde fuera mientras informan sobre el despropósito de la venganza de Lana y Jake contra el mundo.

Aquí todos se limitan a mirar, como si no debiéramos hacer nada. Están demasiado atónitos como para reaccionar al oír los disparos en ráfagas sucesivas y las ventanas rompiéndose y volando por los aires con el impacto de las balas.

Miro hacia nuestra pantalla privada y veo a Lana deslizándose por el suelo y quitándose la máscara. Al parecer, la careta era solo para las noticias, porque allí dentro le da igual que la vean.

Lo que significa que…

—Planea seguir viva —digo con el pecho encogido.

—Entonces, ¿por qué coño se mete en una habitación llena de agentes entrenados —gruñe Hadley, furiosa, mientras Lana se agacha y vuelve a rodar por el suelo, tirando su escopeta descargada a un lado y sacando dos pistolas Glock.

Ella dispara rápido, alcanzando a la multitud de tipos con placas. Uno intenta salir corriendo, pero la puerta no se mueve, al parecer cerra­da con llave.

Otro trata de saltar por la ventana rota, pero se detiene y cae al suelo entre sacudidas. De algu­na manera han creado un campo eléctrico que convierte el edificio en una prisión.

—Mierda —sisea Hadley cuando Lana salta sobre un escritorio, aterriza encima de él mientras dispara y vuelve a lanzarse para esconderse detrás de otro escritorio.

El corazón me da más vueltas a mí en el pecho que las que está dando Lana. Mi instinto me pide que vaya a salvarla, pero no llegaría a tiempo. Me está matando tener que ver cómo se enfrenta sola a todos ellos.

—Ah, joder —susurra Hadley cuando voy a abrir la puerta para poder escuchar mejor lo que está pasando ahí fuera.

—¿Qué? —pregunto, tratando de evitar ver cómo Lana se enfrenta sola a todo un ejército.

—El pueblo está ardiendo —murmura Hadley, señalando otra pantalla.

La pantalla muestra ahora a tres agentes inconscientes, junto con tres personas también sin conocimiento tumbadas unas encima de otras en la parte trasera de un SUV, lejos del incendio.

El fuego parece avanzar hacia el pueblo, y va extendiéndose alrededor de la estructura laberíntica formando un círculo perfecto, como si un pirómano experimentado controlara la dirección de las llamas.

—Él sí que sabe subir la temperatura. Esto me está poniendo cachondísima —dice Hadley en voz baja mientras me coloco detrás de ella.

—Llevan años planeando esto, probablemente él más que ella —contesto mientras me obligo a volver a mirar a Lana.

Está acorralada en una esquina, sonriendo mientras le disparan sin cesar. Las balas solo pueden alcanzarla si cambian de ángulo, pero pueden mantenerla arrinconada allí hasta que finalmente consigan atravesar el acero.

—Parece… ¿feliz? —dice Hadley antes de tragar saliva con dificultad.

Es como si quisiera morir, lo que significa que quizá no llevaba la máscara para ocultar quién era porque no esperaba salir viva de esto.

—¿Y si solo llevaba esa máscara porque no quería que nadie la relacionara conmigo? —pregunto con la voz entrecortada.

Hadley contiene la respiración, pero yo lucho contra las emociones y me niego a perder la esperanza de que Lana tenga intención de vivir.

Se aleja de la esquina, gira sobre sí misma y vuelve a disparar con ambas armas al mismo tiempo. Milagrosamente, ninguna bala le da, pero su puntería es casi perfecta, ya que acierta en cuatro cabezas antes de lanzarse detrás de otro escritorio.

Vuelca la mesa y la lanza con una patada contra un ayudante del sheriff, que cae delante de ella. Luego lo agarra, lo levanta de un tirón y lo utiliza como escudo humano durante un breve instante mientras dispara contra otros dos.

Los está haciendo retroceder. Por alguna razón, a medida que avanza, ellos se acercan cada vez más a la puerta del sótano.

Finalmente, uno se mete corriendo y ella deja caer su escudo cuando una bala atraviesa al hombre y la alcanza a ella en el hombro. Respiro aliviado al ver que no es más que un rasguño. Jake incluso amplía la imagen, como si estuviera tan asustado como yo.

Vuelve a dejar la cámara como estaba cuando Lana dispara por encima del escritorio para mantenerlos acorralados al fondo.

—¡Llamad a la Guardia Nacional! ¡Movilizad a todos los putos efectivos que tengáis! —se oye gritar a alguien por teléfono fuera del despacho donde estamos.

El que se había escondido en el sótano sale corriendo, con los ojos muy abiertos y asustado, mientras grita a los demás algo que no puedo entender entre los disparos.

Algo cambia. Empiezan a avanzar, arriesgando sus vidas al descubierto en lugar de permanecer protegidos mientras abren fuego contra ella sin piedad.

Ella se agacha y se cubre la cabeza mientras uno de ellos agarra un MK 47 y dispara a ráfagas.

Avanza a rastras cuando de repente echa la cabeza hacia atrás y abre la boca para gritar mientras la sangre brota de su pierna.

—¡No! —grito, y abandono corriendo el despacho hacia la salida.

El hombre que me ha estado observando y que custodia la puerta me empuja por el pecho.

—Quédate donde estás —gruñe.

—¡Déjame pasar! —le espeto, estirando el brazo para coger mi arma, pero Leonard se abalanza sobre mí y me sujeta la mano antes de que pueda hacerlo.

—¿Qué coño estás haciendo? —grita.

—¡La van a matar, joder!

Me empuja hacia atrás y me arrastra de nuevo hacia el despacho de Craig. Se queda pálido cuando ve nuestra pantalla secreta.

—Te meterán entre rejas. Es imposible que llegues a tiempo —sisea, cerrando de un portazo mientras vuelve a fijar la mirada en el monitor.

Johnson sale de la oficina del sheriff por primera vez desde que Lana entró. Se acerca por detrás y dispara rápidamente mientras ella se arrastra entre dos escritorios.

Veo cómo el miedo en sus ojos se convierte en ira mientras vuelve a cargar sus armas.

Saca una navaja y la veo saltar para ponerse de pie sobre su única pierna sana y lanzar el arma.

Los ojos de Johnson se abren de par en par segundos antes de que la navaja se le clave en la frente, pero entonces se oyen disparos más rápidos y observo cómo su cuerpo se sacude y cae tras recibir las balas.

—¡No! —grito de nuevo, estrellando el puño contra la pared mientras el corazón se me encoge.

Entonces miro a Leonard.

—El helicóptero. ¡Llévame al puto helicóptero ahora mismo!

Él niega con la cabeza despacio.

—Incluso aunque pudiéramos llegar, sería demasiado tarde, Logan.

El estómago se me revuelve y el corazón me implosiona en el pecho mientras me deslizo por la pared con la cabeza entre las manos.

Soy inca­paz de moverme, como si todo mi cuerpo se hubiera convertido en piedra.

Las lágrimas me queman los ojos cuando veo a Lana arrastrarse sin fuerzas por el suelo para seguir disparando a los ayudantes del sheriff .

No puedo mirar.

No puedo verla morir.