Capítulo 13. Lana #3
Apenas puede mantener los ojos abiertos cuando le apunto con la pistola entre las piernas. Intenta articular palabra, pero está demasiado maltrecho para que se le entienda.
Cojo un montón de toallas y se las pongo en el regazo, y luego aprieto el gatillo y disparo. A pesar de que las toallas lo amortiguan, el disparo ha sonado alto, pero al menos no me zumban los oídos.
Odio las pistolas.
Pero, como digo…, demasiado poético.
El sheriff se estremece cuando le disparo, y las toallas blancas se tiñen cada vez más de rojo a medida que se desangra. La bañera recoge toda la sangre, que se va por el desagüe mientras él se queda vacío.
Limpio mi navaja mientras el sheriff agoniza y escucho la canción que se reproduce en bucle.
«He disparado al sheriff …».
Entonces le hago una foto para Jake una vez que la vida abandona por fin sus ojos.
Por si acaso, compruebo su pulso. No tiene. Luego, para estar completamente segura, le corto el cuello y dejo que siga perdiendo sangre.
Limpio de nuevo la navaja, la guardo en la funda que llevo en la cadera, me subo la capucha y salgo con mi teléfono aún reproduciendo esa canción.
Ahora parece que estoy en un pueblo fantasma del viejo oeste. Casi espero que empiecen a pasar por mi lado plantas rodadoras empujadas por el viento. Faltan tres horas para que se ponga el sol, pero el desenlace está a punto de comenzar.
Todo el mundo espera que el atardecer sea la hora del final, ya que eso es lo que les hemos dicho.
Pero nosotros tenemos otros planes.
Y estamos preparados.
Jake ya está en la que fue mi casa cuando entro en el hogar que me resulta tan familiar. La casa tiene una ubicación perfecta.
Mi corazón late un poco más rápido cuando veo el interior, porque es como entrar en otro mundo. Ya no hay fotos nuestras colgadas en las paredes como antes.
Han sustituido la moqueta por madera noble. Los tonos azules han sido reemplazados por colores neutros. Y han derribado la pared que separaba el salón de la cocina.
Todo es diferente, pero siento una punzada de familiaridad en el pecho.
Jake ya tiene instalados todos sus monitores, listo para dar comienzo a este proceso.
—Has tardado más de la cuenta —dice cuando entro y me quito la capucha.
—He disparado al sheriff —canturreo, y él me sonríe.
—Pues ahora toca disparar a los ayudantes.
Me desnudo y empiezo a ponerme la ropa de matar. No puedo llevar sudaderas holgadas ni pantalones ajustados. Esta va a ser la zona de combate definitiva.
—¿Fase nueve completada? —le pregunto.
—En cuanto pongas un pie en el centro del pueblo, lo único que tengo que hacer es pulsar un botón.
El siguiente se activará cuando entres. A partir de ahí, actuarás por tu cuenta.
Sabes que las cargas están preparadas, que dispones de poco tiempo para salir y que debes mantener la cabeza agachada.
No te dejes matar en una fase que podríamos saltarnos perfectamente.
Me tiro de los leggings para comprobar que puedo abrir las piernas y que son lo suficientemente flexibles.
Jake me observa con expresión severa.
—No voy a saltarme esta fase, Jake. Necesitan sentir el mismo miedo. Morir no es suficiente. Y arriesgarse a que alguien sobreviva tampoco es una buena opción.
Suelta el aire mientras cojo mi camiseta sin mangas, dispuesta a enfrentarme al aire frío con los brazos al descubierto. Ya entraré en calor cuando empiece a pelear.
Después de volver a ponerme las botas, cojo el chaleco antibalas, que es más fino y menos ajustado que la mayoría. «Gracias, Jake».
Luego empiezo a guardar todas las armas en mis numerosas fundas y utilizo el equipo de combate que Jake me ha dejado preparado.
—Estoy sintiendo cosas —dice Jake, mordiéndose los nudillos mientras termino de colocar las últimas armas en su lugar correspondiente del arnés que llevo puesto.
—¿Qué? —pregunto con una ceja arqueada.
—Momentos como este me recuerdan por qué no puedo renunciar a las mujeres. Las chicas armadas tienen algo especial, y ahora mismo tú eres el sueño erótico de cualquier friki de los cómics.
Pongo los ojos en blanco.
—¡En serio! Los pantalones ajustados, todas esas armas, la camiseta sin mangas…
—Todo es por una cuestión práctica —afirmo con sequedad.
—Eso no le quita encanto. —Él suspira con aire soñador y yo me río a pesar de la locura inminente en la que estoy a punto de sumergirme.
—¿Estás lista? —pregunta con tono más serio mientras termino de colocar la última navaja.
—Más que nunca.
—Entonces voy a preparar la canción.
—¿De verdad vas a poner música? —respondo mientras me dirijo a la puerta.
—Todo desenlace épico necesita una buena banda sonora —bromea, con una sonrisa forzada.
Atraviesa la habitación con unos cuantos pasos rápidos y largos y me rodea con los brazos para atraerme hacia sí al tiempo que me besa en la coronilla. Le devuelvo el abrazo, armándome de valor y conteniendo la respiración.
—Te quiero, hermanita —me dice en voz baja.
—Te quiero, hermanito —respondo, estrechándolo más.
Él se echa hacia atrás y me sujeta la barbilla con la mano cuando nuestros ojos se cruzan.
—Ahora ve y mátalos a todos mientras yo reduzco el pueblo a cenizas.
Asiento con la cabeza.
—Fase diez.