Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 13. Lana #2
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Capítulo 13. Lana #2

—Te he dicho que te levantes. Tú decides cuántas palizas necesitas para obedecer.

—¿Qué sentido tiene? —gruñe, escupiendo sangre—. Solo planeas matarme. Eres un monstruo. El mismísimo engendro del diablo.

Me arrodillo a su lado, manteniendo una distancia prudencial entre nosotros, y nuestras miradas se cruzan.

—Tu hijo era un monstruo, sheriff . Llevar una Biblia o una placa no te absuelve de tu falta de humanidad. —Inclino la cabeza y observo cómo sus ojos se llenan de furia y una indignación sin precedentes.

—Te equivocas —sisea.

—Quizás te llevó un año, o incluso más, darte cuenta de que habías cometido un error.

¿Tal vez cuando se produjo otra violación y asesinato un año después?

Justo a las afueras de Delaney Grove. La misma victimología que todas las demás —digo con indiferencia, observando cómo vuelve a desviar la mirada—.

Cuando tu ira y tu dolor se calmaron y empezaron a apaciguarse, te diste cuenta de que Robert Evans nunca fue el hombre que buscabas, y que lo habías incriminado y castigado brutalmente por pecados que nunca cometió.

Toda su determinación se viene abajo al comprender el significado de esas palabras, y un brillo inesperado aparece en sus ojos.

—Te diste cuenta demasiado tarde de que un auténtico monstruo seguía matando mujeres y aprovechándose de ellas, y tú fuiste el responsable de que pudiera campar a sus anchas. Tienes las manos manchadas de sangre, sheriff . Y eso no se borra.

En sus ojos se van formando lágrimas a medida que mi relato avanza.

—Sabías que todas esas acusaciones contra Kyle tampoco podían ser falsas, pero ya habías perdido a una hija.

Te obligaste a vivir negando que tu otro hijo estaba podrido hasta la médula.

Y encima mataste a su madre después de obligarla a ayudarte a incriminar a mi padre.

Dime, sheriff, ¿recogiste tú mismo los condones? ¿O fue tarea de Johnson?

Se aclara la garganta tratando de deshacerse del sentimiento de culpa que se refleja en sus ojos, pero le cuesta hacerlo. Eso significa que he dado en el clavo.

—Porque asesinaste a la madre de tu hijo en tu afán por inculpar a un hombre inocente e hiciste la vista gorda ante todos los actos repugnantes del despreciable de tu hijo.

Mentiste al pueblo. Te mentiste a ti mismo.

Esa noche, cuando le dijiste que se ocupara de nosotros, nunca imaginaste que se llevaría a todos sus amigos.

Nunca imaginaste que alcanzarían los lí­mites de la depravación y que los superarían con más crueldad aún de la que tú mostraste con mi padre.

Y aun así escondiste la verdad. Encubriste lo que nos hicieron.

Actuaste como si las vidas de dos chicos inocentes no importaran.

Ya no puedo ocultar la rabia en mi voz, y al sheriff le tiemblan los labios cuando una lágrima le rueda por la mejilla.

—Odiaba a tu hija, pero nunca le deseé la muerte. Mi padre le arregló la ventana del coche una vez. ¿Lo sabías?

Él sacude la cabeza lentamente.

—Se había acostado con un chico de un instituto rival que tenía novia.

La chica pintarrajeó la palabra «puta» por todo el coche de tu hija.

Luego rompió la ventanilla del conductor.

Tu hija sabía que tendría que dar explicaciones, pero no se atrevía a contarte que se acostaba con cualquiera.

Mi padre intervino y la ayudó, aunque esa chica se portaba conmigo como una auténtica zorra sin motivo alguno.

Mi padre dijo que era una cría y que él nunca podría ser cruel con un niño porque le daba miedo que algún día alguien nos hiciera lo mismo a nosotros.

Él respira hondo, esforzándose por contener sus emociones.

—No le dio ni las gracias. Actuó como si sustituir esa ventana fuera su responsabilidad antes de que tú regresaras de tu excursión de caza.

Ni siquiera le pagó por la ventana, y nosotros estábamos muy apurados de dinero.

Pero él nunca dijo nada porque no era más que «una cría».

Sin embargo, tú lo tildaste de monstruo.

Destruiste hasta la última pizca de dignidad que le quedaba.

Y mandaste a auténticos monstruos a por nosotros tres, tú incluido.

Dime, sheriff, ¿crees que todas tus plegarias por el perdón han surtido efecto?

Deslizo la navaja por el suelo y observo cómo fija su mirada en ella.

—¿O crees que por fin ha llegado el castigo por todos tus pecados?

Le tiembla la barbilla, pero no aparta los ojos de los míos.

—Levántate —repito con un tono más brusco.

Esta vez se pone de pie a duras penas, con una postura mucho menos desafiante.

No me mira cuando le indico con un gesto que vaya al baño.

—Métete en la ducha.

—¿Para qué? —replica.

—O haces lo que te digo o le mostraré a todo el pueblo el vídeo en el que Kyle lo confiesa todo.

Me mira con los ojos abiertos y rezumando miedo.

—Sí, sheriff. Puede que se hayan ido, pero tarde o temprano verán el vídeo. Todos sus pecados en un vídeo larguísimo. Por cierto, no deja de llorar durante las confesiones. Y todo ello entre súplicas implorando por su vida.

El sheriff reprime una arcada, luchando por no venirse abajo mientras aparta la mirada de mí, con las lágrimas ya desbordándose.

—En el resto de los vídeos se ve a todos los demás confesando. Poco a poco, fui reuniendo todo lo que necesitaba. Me dieron detalles sobre dónde encontrar esas valiosas grabaciones de ambos «incidentes», como a ti te gustaba llamarlos. Me lo contaron todo. Y ahora la gente podrá ver esas imágenes.

—¿Incluso la de Kyle? —pregunta con voz rasposa—. ¿Aunque haga lo que me pides?

Sonrío para mí misma.

—Supongo que has pillado mi farol. Sí, lo verán de todos modos.

Pero te prometo que no sacaré las imágenes que grabé mientras lo torturaba si te metes en la maldita ducha.

No me obligues a llevarte a rastras. Tendría que romperte las manos para asegurarme de que no intentas ninguna tontería, y eso me llevaría tiempo y esfuerzo.

Él deja escapar un gemido de dolor y traga saliva con dificultad.

—¿Cómo has acabado así?

Abro los ojos como platos.

—¿Es una pregunta retórica, sheriff? Porque estoy bastante segura de que es obvio.

Se abalanza sobre mí de repente, lo que me pilla por sorpresa, pero le golpeo el pecho con la palma de la mano y le corto la respiración. Luego me agacho y le doy una patada en la entrepierna al mismo tiempo.

Siempre he querido darle ahí.

Cuando cae al suelo, le propino una patada en la cara con tanta fuerza que casi lo dejo incons­ciente. Me mira aturdido mientras la sangre brota de entre sus labios.

—Pues muy bien, lo haremos por las malas —sentencio entre dientes.

Le doy una patada en el estómago, le quito las esposas de la cadera y le inmovilizo apo­yando mi rodilla contra su columna vertebral mientras le tiro bruscamente de los brazos hacia atrás. Todavía está demasiado aturdido como para resistirse, así que me doy prisa antes de que se re­componga.

Después de todo, tengo un horario que cumplir.

Me agacho, lo agarro por el cuello de la cami­sa y empiezo a arrastrarlo hacia el baño, ignorando el crujido de la tela. Vuelve a oponer resistencia, pero a estas alturas es inútil. Lo engancho por el pelo cuando llegamos al cuarto de baño y lo obligo a ponerse de pie.

El muy idiota intenta darme un cabezazo cuando lo tengo delante, pero soy mucho más baja que él y lo esquivo sin problema. Después lo rodeo y lo empujo de una patada hacia la bañera vacía.

Un gruñido de dolor se le escapa cuando cae de espaldas.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta, mirándome fijamente con las piernas colgando a los lados.

—Usarte para cumplir una fantasía —bromeo mientras cierro la cortina de la ducha—. Dos fantasías, en realidad.

Con la mirada fija en la cortina de ducha blanca y lisa, saco mi navaja. Una sonrisa siniestra se dibuja en mis labios antes de poner la música en el teléfono y apuñalarlo detrás de la tela.

Un grito de dolor y asombro retumba en las paredes del baño. Pero vuelvo a apuñalarlo.

Otra vez.

Y otra más.

Hasta que lo único que se oye son sus gorgoteos.

Abro la cortina de un tirón con una sonrisa en la cara.

—Un sueño cumplido —me digo a mí misma sin parar de sonreír al dejar al moribundo en la bañera. Recorro la casa y vuelvo al salón, donde su arma de servicio sigue sobre la mesa.

Es la única arma cargada que hay en la casa, y no puedo dejar pasar la oportunidad de dispa­rar al sheriff con su propia pistola, es demasiado poético.

La canción sigue sonando cuando vuelvo a entrar, y veo desde la puerta cómo la sangre brota de todas las heridas y de la boca del sheriff .