Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 13. Lana
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Capítulo 13. Lana

LANA

No impongas a otros lo que tú mismo no desearías.

—C onfucio

La puerta se abre de golpe y, a través de las rendijas del armario, veo cómo entra el sheriff y cierra de un portazo.

Coge un vaso vacío de la mesa que hay junto a su sillón reclinable y lo lanza al otro lado de la habitación.

Este se hace añicos contra la pared mientras él ruge como una bestia enfurecida.

Durante unos largos minutos, mantiene la cabeza gacha, respira con dificultad y se agarra a los brazos de la silla para sostenerse. Siempre se muestra fuerte, pero es tan mortal como el resto de nosotros.

Mi sonrisa se acentúa cuando, como era de esperar, se dirige al mueble bar que hay en el salón, abre la puerta y saca una botella de whisky. Le tiemblan las manos cuando se sirve un vaso y se lo bebe de un sorbo.

Cuando la situación se pone tensa, el sheriff siente la necesidad de tomarse una copa.

Pero no puede permitir que sus ayudantes lo vean con una Biblia y un vaso de whisky.

Podrá condenar a personas inocentes a una muerte espantosa, pero mostrarse tan débil como para tener que recurrir al alcohol es algo imperdonable. Por no decir vergonzoso.

Pondría los ojos en blanco, pero estoy ocupada mirando cómo deja la pistola junto a la puerta.

Por fin.

— Pagaréis por esto —  sisea el sheriff, mirándonos con ira a mi hermano y a mí mientras nos echan a empujones.

— ¡Estaba con nosotros! —  vuelvo a gritar, con la mirada clavada en el jurado mientras siguen intentando sacarme de allí   —. ¡Están ocultando la verdad! ¡Están encubriendo pruebas! Esto es una puta caza de brujas, y están tendiendo una trampa a mi padre.

— ¡Que os enseñen nuestras declaraciones! —  grita mi hermano hasta que terminan por sacarnos de allí.

Tan pronto como se cierran las puertas, se vuelven a abrir y el sheriff sale con actitud amenazante.

Nos ponen las esposas, pero no pueden encerrarnos por mucho tiempo. Está grabado en vídeo. Solo estamos cometiendo desacato al tribunal, nada más.

— Encerradlos en una celda hasta que termine todo este maldito asunto.

No quiero volver a saber nada de ellos hasta que sea necesario —  espeta el sheriff .

Entonces, esos ojos fríos se vuelven hacia nosotros   —.

Estáis haciendo un pacto con el diablo al traicionar las almas de los inocentes.

Vuestro padre es culpable. Y me aseguraré de que pague por sus pecados.

Comienza a caminar para volver a entrar mientras nosotros exigimos que nos suelte.

El sheriff se da la vuelta justo cuando llegamos a la esquina y me mira.

— Esperaba que vieras con mayor claridad al demo­nio al que tanto querías, pero supongo que nunca lo hiciste ni lo harás.

Espero pacientemente sin dejar de acecharlo en silencio mientras se termina otra copa. Dirige la mirada a un punto cercano al sofá e inclina la cabeza para observar algo que no puedo ver desde este ángulo.

Desvía la mirada de lo que sea que ya no le interesa y se lleva el vaso a la cocina, que está cerca del dormitorio principal. Abro la puerta sin hacer ruido y salgo, guardándome la navaja en la funda que llevo en la cadera.

Al acercarme al sofá, miro hacia abajo, intrigada por lo que ha llamado su atención. Y cierro los ojos para evitar soltar un suspiro de frustración. Es mi linterna. Me la dejé antes, cuando estaba registrando la casa en busca de armas ocultas, y se me olvidó recogerla.

Un error de principiante.

Abro los ojos de nuevo, empuño el mango de la navaja y entro en la cocina. Pero me deten­go en seco al reparar súbitamente en el cañón de un arma.

—Bu —dice el sheriff, atrayendo mi mirada hacia la suya mientras levanto lentamente las manos, fingiendo sumisión.

Me mira por encima de la pistola, con el cañón a pocos centímetros de mi cara.

—¿Hay alguna razón que explique por qué la novia del federal está merodeando por mi casa? —dice, arrastrando las palabras con pereza y ocultando la creciente frustración que mostra­ba hace unos instantes, cuando no sabía que lo estaba observando.

—Probablemente porque no sea solo la novia del federal —respondo con tono burlón y una sonrisa amarga.

Él ladea la cabeza sin apartar la vista de mí.

—¿Y quién eres exactamente?

Sonrío con aire burlón mientras doy un paso adelante y presiono el cañón contra mi sien con las manos aún levantadas. Él abre ligeramente los ojos, pero logra ocultar cualquier otro signo de sorpresa.

—Soy la chica a la que tu hijo tenía que matar. Esperaba que vieras con mayor claridad al demonio al que tanto querías, pero supongo que nunca lo hiciste ni lo harás.

La confusión se refleja en sus ojos solo por un instante, antes de que una expresión de reco­nocimiento se apodere de su rostro.

—No —dice con un susurro ronco.

Pero entonces sus ojos se vuelven fríos como el hielo y se oye el sonido sordo de un clic que rever­bera en la habitación sumida en el silencio. El miedo sustituye a la determinación cuando sonrío.

Y aprieta el gatillo una y otra vez, y otra vez… mientras yo retrocedo un paso.

—Espero que no te importe, sheriff . Me he tomado la libertad de vaciar toda la munición de cada una de las armas que tienes en casa excep­to de la que dejaste en la otra habitación.

Me pasa de largo, y me sorprende que no se abalance sobre la mujer indefensa que tiene delan­te. Supongo que le he atribuido demasiado mérito al hecho de que vaya de machito y todo eso.

Le doy un rodillazo en el estómago para detener su huida y cae al suelo con un quejido de dolor.

—Siempre he sido más de navajas —digo mientras saco la mía. La deslizo bajo su garganta y él se queda rígido e inmóvil cuando siente la hoja.

Me agacho a su lado, sin apartar el arma.

—¿Cómo puedes seguir viva? —pregunta apenas en un susurro.

Sonrío, arqueando las cejas.

—Con mucho dolor. Muchas curas. Y muchí­simo tequila.

Pero, sobre todo, estoy aquí gracias a Jake.

Te acuerdas de él, ¿no? ¿Jacob Denver? ¿El chico al que dejaste de considerar una amenaza cuando descubriste que estaba enamorado de mi hermano?

Porque, claro, ¿qué hombre que se respete amaría a otro hombre, verdad?

Ni de coña una abominación así podría ser tan increíble como para ayudar a una chica muerta a asesinar a tantos de tus monstruos.

Abre los labios para dejar escapar un suspiro de sorpresa, pero con ese movimiento solo consi­gue que la navaja se le clave aún más en la garganta.

De forma despreocupada, saco el móvil con la mano libre, marco el número de Jake y lo dejo en el suelo a mi lado después de activar el altavoz.

—¿Entiendo que todavía estás con la fase cinco? —pregunta Jake mientras yo me concentro en la cara del sheriff .

—Todavía está asimilando que todo esto es culpa suya. ¿Qué gracia tiene matarlo así como así sin someterlo al menos a una mínima tortu­ra psicológica por todas las mentiras y la corrup­ción que nos han llevado a esto? —pregunto, sonriendo mientras la mirada del sheriff se vuelve más severa.

Ahí está el hijo de puta arrogante que yo conozco.

—La fase seis ha ido mejor de lo esperado.

Los mensajes personalizados funcionaron con todos excepto con tres.

Acabo de meter al último en el coche sin necesidad de usar el camión volquete.

Los dejaré en la zona segura en cuanto averigüe el paradero de los ayudantes del sheriff y luego pasaré a la fase ocho.

—Bien. Te he llamado para que el sheriff escuche en qué consiste la fase siete.

Prácticamente noto cómo sonríe Jake mientras contemplo al susodicho observándome.

—Ahora mismo saco el clon que obtuve del teléfono del sheriff —dice Jake.

Este mira mi móvil con curiosidad. Pulso el botón de silencio y se lo enseño sin dejar de mantener la navaja presionada contra su garganta con la otra mano.

—Agente Hayes, necesito que reúna a todas las personas cuyos nombres voy a decirle. Son personas en las que confío. Los agentes y oficiales uniformados que no haya mencionado deben dirigirse a las zonas periféricas y empezar a investigar por si encuentran algo. ¿Entendido?

Se hace una pausa y observo la reacción del sheriff . Solo podemos oír la parte de la conversa­ción de Jake.

—Sabrán que no soy yo —gruñe, y luego hace una mueca cuando nota que la navaja le ha hecho un cortecito en la garganta al hablar. Un hilo de sangre comienza a brotar, y yo sigo manteniéndolo inmovilizado.

—Tú oyes la voz de Jake, pero cuando pasa por ese teléfono en particular, suena como si fueras tú el que está al otro lado —le digo, sonriendo mientras se le pone la cara pálida—. ¿Te he dicho ya que Jake es un niño prodigio?

Jake comienza a enumerar los nombres de todas las personas involucradas en el asesinato de mi padre y en la asamblea que resultó en la muerte de mi hermano y de Victoria Evans, como todos la conocían.

Incluso menciona a los agentes jubilados, dado que ya se han movilizado para ayudar a «defender» el pueblo. Así me ahorro un viaje extra para visitarlos uno por uno.

—Tienes una hora —sigue diciendo Jake cuando termina con la lista de nombres.

Cuelgo el teléfono y observo cómo la esperanza se desvanece del rostro del sheriff. La impotencia le sienta de maravilla.

—Levántate —le digo, retirando la navaja y poniéndome de pie lentamente.

Me observa con recelo mientras se incorpora poco a poco, pero sus movimientos no van más allá.

—He tenido que ser paciente durante diez largos años, sheriff . No me hagas perder más tiempo porque se me está agotando la paciencia.

Entrecierra los ojos en señal de desafío. Está tramando alguna estupidez.

Abre los brazos a lo ancho.

—Si quieres que me levante, tendrás que…

Su frase termina en un grito cuando le piso el tobillo con el talón de mi bota militar. El pisotón va seguido de un crujido muy satisfactorio, y sigo presionando con el pie hasta que se lanza a agarrarme la pierna. Entonces le doy una patada en la cara.

La sangre salpica de su boca cuando vuelve a caer hacia atrás. Consigue evitar golpearse la cabeza contra el suelo, y yo me acerco tranquilamente a él.