Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 12. Logan
64%

Capítulo 12. Logan

LOGAN

Una cosa es ser tentado y otra caer en la tentación.

—W illiam S HAKESPEARE

—Tienen las pruebas. ¡Hay un puto vídeo de lo que le hicieron a Robert Evans, por el amor de Dios! ¿Y me seguís reteniendo aquí? ¿Por qué motivo? —espeto, fulminando con la mirada a Collins y al director McEvoy.

—Por haber ayudado a una posible sospechosa de asesinato a huir del pueblo la misma noche en que su marido fue asesinado y otros dos hombres fueron encontrados muertos en su casa.

—Cheyenne Murdock temía por su vida, y no era sospechosa. La atacaron en su casa y nuestro sujeto desconocido le salvó la vida.

McEvoy me apunta con un dedo.

—Por ese pensamiento es por lo que estás aquí.

No puedes dar por sentado que es inocente solo porque ella lo diga.

Especialmente después de haber jurado ante tu equipo que el sospecho­so era una mujer.

El perfil que has elaborado para este caso es completamente contradictorio y carece de sentido.

¿Y aun así vas y dejas en libertad a una mujer después de que dos hombres aparezcan brutalmente asesinados con una habilidad imposible de ignorar?

—Dos sicarios —gruño.

—Eso son especulaciones. —McEvoy me devuelve el gruñido.

—Demos todos un paso atrás —dice Collins empujándonos con las manos y creando así una separación muy necesaria. Después añade—: He enviado las pruebas a examinar.

McEvoy mira a Collins con los ojos entrecerrados.

—¿Una mujer rebusca en el suelo de su sótano y casualmente te entrega las claves de un caso cerrado hace años?

Y encima no hay forma de encontrarla, como si se hubiera desvanecido por arte de magia.

Y si la encontráramos, tampoco es que pudiera corroborar esta historia, con lo que sería totalmente inadmi­sible.

—Ya te gustaría —respondo, con una mirada fulminante.

Da un paso adelante y Collins le pone una mano en el pecho para sujetarlo.

—Ni todas las mentiras del mundo ni todos los planes para ocultar la verdad que puedas pergeñar te servirán de nada una vez que consiga esa prueba en vídeo y la autentifique.

Retrocede un paso con los ojos entrecerrados.

—No tienes ni idea de con quién estás tratando. Te voy a hundir, chico. Voy a manchar tu nombre hasta tal punto que nada de lo que salga de tu boca tendrá la menor credibilidad. Ni todas las pruebas del mundo te servirán de nada cuando compruebes hasta qué punto voy a pisotear tu reputación.

—¿Es una amenaza? —le pregunta Collins, mirando al director como si acabara de cometer un desliz.

Una sonrisa siniestra se dibuja en los labios del director.

—Está detenido, acusado de obstrucción y conspiración para ayudar a un conocido asesino en serie.

—No puedes hacerlo —gruñe Collins.

—Ya verás. No saldrá de esta planta hasta que vengan con una orden de arresto y se lo lleven.

Se da la vuelta y se aleja con paso firme mientras Collins se pasa la mano por el pelo.

—Debe de haber desempeñado un papel muy importante en el encubrimiento de todo ese asunto si es capaz de llegar tan lejos —dice Col­lins, mirando por encima del hombro—.

Tengo que reunirme con algunas personas y resolver esto antes de que haga efectivo su intento de arrestarte.

Pero, si te vas de aquí, las cosas se pondrán feas.

No me cabe duda de que tiene gente bloqueando las salidas.

Tendrán permiso para detenerte por cualquier medio necesario.

Así que quédate donde estás. No hagas ninguna tontería.

Cuando se marcha, yo agarro lo primero que pillo y lo lanzo al otro lado de la sala. La gente se sobresalta y se aparta cuando la grapadora rota cae al suelo partida en dos.

—Acaban de llevarse a Donny —dice Leonard a mi lado, mirando a su alrededor como si descon­fiara de las intenciones del resto.

—Van a separarnos y hablar con nosotros uno por uno. Recordad que esto me atañe solo a mí, no a vosotros. Decid lo que tengáis que decir para que no os culpen.

—El que escoltó a Cheyenne Murdock y a su hija fuera del pueblo fui yo, no tú —rebate.

—Siguiendo mis órdenes —le recuerdo.

Me mira con los ojos entrecerrados.

—No voy a permitir que te hundan.

Miro alrededor para asegurarme de que nadie nos escuche.

—Sus acusaciones no son erróneas. Es cierto que mi imparcialidad está comprometida y lo sabes. Para ser sincero, empecé a obstruir este caso en el momento en que supe de la implica­ción de Lana.

—Visto así, Hadley y yo estamos en el mismo lío que tú. No vas a cargar con el muerto. Puede que los métodos de Lana sean bárba­ros e ilegales, pero, después de saber lo que tuvieron que soportar y las secuelas a las que hubieron de enfrentarse, no le puedo reprochar su forma de actuar.

—Te hace replantearte todo lo que hemos defendido hasta ahora, ¿verdad? —pregunto, agotado, mientras me reclino contra el escritorio vacío de alguien.

—No. Siempre hemos luchado para salvar a los inocentes de los enfermos y depravados. Lana no tenía a nadie que luchara por ella o por su familia. Se enfrentó sola al peor panorama posible.

Ladeo la cabeza cuando llega Hadley mirando por encima del hombro como para cerciorar­se de que nadie la ha seguido. Mantiene pegado a su cuerpo el portátil, que agarra como si tramara algo.

—No estaba sola —digo distraídamente mientras observo cómo Hadley se mete en la oficina de Craig y cierra las persianas.

Aunque su puerta no tiene cerradura.

Sigue enfrascado en esa mierda de misión que le asignaron para tenerlo alejado de Delaney Grove.

—Estate pendiente de todo y ven a verme si averiguas algo nuevo. Por ahora estoy confinado en esta planta.

Levanto la vista hacia uno de los hombres del director, que está de pie en la puerta con la mirada fija en mí. Está claro que tiene intención de impedir que salga.

—¿Adónde vas? —me pregunta Leonard, pero no respondo.

Estoy seguro de que me observa mientras me abro paso entre todos los que cuchichean sobre mí y entro sin llamar en la oficina de Craig.

Hadley da un grito y cierra de golpe su portátil.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto con sospecha.

Cierro la puerta detrás de mí, y ella deja escapar un suspiro de alivio antes de volver a abrir el ordenador. Mueve los dedos a toda prisa sobre las teclas con los ojos llenos de determinación.

—Como no me facilitan un despacho privado, estoy usando el de Craig en su ausencia.

—¿Pero qué estás haciendo ? —pregunto de nuevo, y me acerco por detrás para poder ver la pantalla.

Me inclino hacia delante y coloco una mano sobre el escritorio a su lado y la otra en el respaldo de su silla mientras observo todas las líneas de código incomprensibles que aparecen en su portátil.

—Estoy pinchando la señal de vídeo de Jake. —Señala los tres monitores que Craig utiliza para trabajar en su oficina—. No será tan sofisticado como las veinte pantallas que él maneja, pero servirá.

—Supongo que eso significa que mentiste cuando le dijiste a Leonard que no podías interceptar la señal —refunfuño.

—No mentí. En ese momento no podía. A propósito, Jake es brillante. Nunca habría encontrado la frecuencia que utiliza si no me hubiera enseñado cómo descubrirla. Funciona a la misma frecuencia que las líneas eléctricas normales. No entiendo cómo lo hizo.

Ella continúa escribiendo letras, símbolos y números aleatorios que no comprendo.

—¿Por qué te lo dijo?

—Porque confía en mí. Entre nosotros surgió una especie de confianza instantánea y poco común.

Somos almas gemelas. Él quería a alguien que realmente apreciara el esfuerzo y el ingenio que había puesto en todo su trabajo, y yo soy tan friki de la tecnología como él.

Lana y tú no sois conscientes de las complejidades y la dificultad que entraña algo así.

Yo sufrí un orgasmo cerebral que más tarde se convirtió en uno real. Me puso como una moto.

—Esa es más información de la que necesitaba —digo entre dientes.

Ella me ignora.

—Y es un puto genio. Yo me creía buena, pero él es mejor. No me extraña que nunca lo hayan pillado.

De repente, todas las pantallas cobran vida con imágenes del pueblo. Los coches se alejan a toda velocidad, huyendo de algo. Recorro con la mirada todas las escenas mientras Hadley cambia de una a otra. Busco alguna explicación.

Pero lo único que veo son las consecuencias de lo que sea que haya pasado.

—¿Puedes rebobinar la imagen?

—Ahora mismo no. Lo tiene configurado para que solo se pueda ver en directo. Únicamente podemos ver lo que él está viendo. Utiliza los canales para retransmitirlo en directo por los televisores. Si es que es el mejor, coño.

Ignoro ese último dato y me centro en el resto. Veo algunas palabras, pero la pantalla cambia antes de que haya podido leerlas. Pensaba que era Hadley quien cambiaba las imágenes, pero es Jake. Como ha dicho ella, solo podemos ver lo mismo que él.

—Quiero encontrar a Lana. ¿Podrías pinchar alguna otra…?

—Tampoco finjas que entiendes de informática.

Si intentara hackear algo a partir de ahora, fastidiaría lo que está haciendo.

Incluso si no me importara hacerlo, enseguida me bloquearía y probablemente lo cerraría todo, y hasta podría expulsarme completamente del sistema.

No me cabe duda de que sería capaz de hacer caer toda la red federal.

Como ya he dicho, es mejor que yo. Mucho mejor.

Pero es que además se lo toma todo más a pecho y se ha esforzado al máximo para alcanzar este objetivo.

Intento llamar al móvil de Lana y suelto un taco cuando me doy cuenta de que debe de haber vuelto a cambiar de número. Este ya no está activo.

Aparece una pantalla diferente, una que conozco muy bien.

—¿Están leyendo las huellas de calor? ¿Para qué? —pregunto, mientras contemplo cómo en medio de la calle se aglomeran cada vez más puntos rojos, todos camino a la salida.

—Para lo que sea que tengan pensado hacer al final. Ese monitor está conectado a su teléfono y muestra todas las pantallas que él abre…

El monitor se apaga y Hadley maldice.

—Al parecer, no quiere que vea esa parte.

Ella permanece a la espera, mirando fijamente las otras pantallas, pero ninguna de ellas se apaga.

—¿Entonces sabe que lo has hackeado?

—Ya te he dicho que es brillante. Probable­mente tenga un sistema que le avisa de cualquier interferencia. Parece que no le importa que veamos esto, pero quiere que su teléfono sea un secreto.

—Porque está dirigiendo el espectáculo desde el teléfono y no quiere que sepamos lo que va a pasar a continuación —digo, preocupado.

La pantalla muestra una residencia donde un hombre y una mujer mayores están sentados en su salón. Están justo enfrente del lugar donde Lana habría sido agredida.

Están comentando la locura que hay desatada ahí fuera y que piensan esperar a que pase cuando de repente se enciende la televisión y aparece una cara enmascarada. En lugar de la careta de espejo que llevaba Lana, es una másca­ra roja.

—¡Fuera, familia Whitmire! ¡Largaos ahora mismo!

Tanto la mujer como el hombre estallan en gritos, y el segundo se lleva la mano al pecho con los ojos abiertos de miedo. No necesitan más incentivos.

Ni siquiera se molestan en llevarse nada consigo antes de salir corriendo.

Las imágenes vuelven a cambiar y trato de centrarme en las que me parecen más importantes.

—¿Cómo puede ver todo esto desde un solo teléfono? —le pregunto a Hadley.

—Tiene un sistema configurado que le permi­te alternar las pantallas, pero puede minimizar hasta cinco a la vez y verlas en pequeño. Me pre­gunto si va a utilizar esta táctica casa por casa.

—¿Y qué pasa si la táctica no le funciona? —pregunto más a mí mismo que a ella mientras siento un escalofrío que me recorre la espalda.

Debe de haber un motivo que explique su empeño en evacuar a todo el pueblo.

Fijo la mirada en el monitor que más activi­dad muestra. Todos los ayudantes del sheriff, que parecen enfadados y desesperados por mantener a la gente en el pueblo, están dispersos. Uno incluso golpea a un civil, pero dos hombres lo agarran y lo meten a empujones en un coche.

Se echa atrás cuando uno de ellos le apunta con un arma mientras la gente ayuda al hombre a levantarse del suelo antes de retroceder y meterse en un vehículo.

—Se han unido para plantarles cara al sheriff y a sus hombres —deduzco.

—Nadie va a luchar por el pueblo y, después del espectáculo que han montado con la retransmisión, ninguno quiere seguir allí cuando caiga el sheriff —afirma, pero luego contiene el aliento.

Se gira para mirarme con los ojos muy abiertos.

—Creo que sé dónde está Lana.

—¿Dónde?

Ella señala las pantallas.

—¿Quién falta?