Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 6. Lana #2
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Capítulo 6. Lana #2

Señalo mi aspecto ensangrentado y luego a los muertos que yacen en el suelo. Ella no tiene ni una gota de sangre.

—Yo no soy la buena —le recuerdo, y ella exhala como si fuera un alivio oírlo.

Vaya cuadro de pueblo…

Cojo un trozo de papel de la mesa y garabateo una dirección lo más rápido que puedo para intentar salir de aquí antes de que Logan llegue a la casa.

—Que te acompañe hasta que hayáis salido del pueblo. Dile que nunca me has visto, que solo sabías que estaba aquí porque oíste el albo­roto. Tú estuviste en el baño con tu hija todo el tiempo, ¿de acuerdo? —le digo, procurando no tocarla con las manos manchadas de sangre.

Ella asiente con la cabeza, tragando saliva con nerviosismo.

Le doy el trozo de papel.

—No puedes ir a ningún sitio donde tengas familiares o amigos. Te rastrearán. Deja tu móvil. Ve a esta dirección. Es mi casa de Connecticut, allí vive una mujer llamada Olivia. Ella te dará los fondos necesarios para comprar lo que os haga falta.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras lee la nota.

—¿Por qué haces esto por mí?

La miro a los ojos cuando levanta la cabeza.

—Lo hago más por tu hija que por ti. A este pueblo le da igual que sea una cría.

Esta noche no solo tenían planeado matarte a ti, sino a ella también.

Que no se te olvide. Y las pruebas seguramente no estén en un lugar tan obvio como una caja fuerte.

Piensa en algún lugar al que acudiera a diario.

Ha debido de estar paranoico y se habrá asegurado constantemente de que seguían allí, pero con la suficiente discreción como para no hacerlo delante de ti.

Vuelvo a asomarme por la ventana y suelto una palabrota mientras cierro la cortina cuando veo que el SUV se dirige hacia aquí.

Ella parece absorta en sus pensamientos, pero de repente abre mucho los ojos.

—Ya sé dónde están.

—Bien. Que te acompañe hasta allí, cógelas y luego vete. Asegúrate de que te escolte hasta que os hayáis ido del pueblo, por si acaso el sheriff se da cuenta de que os marcháis. Y no dejes de conducir a menos que sea absolutamente necesario, para repostar o lo que sea.

Ella asiente enérgicamente, apretando el papel como si le fuera la vida en ello. La puerta principal sigue abierta desde que la echaron abajo, así que no pierdo tiempo y corro hacia la parte de atrás cuando oigo unos pasos que se acercan.

Pero justo cuando estoy llegando a la puerta trasera, veo un destello de cabello rubio a través de la ventana.

Tiene la cabeza gacha, así que no ve que me detengo con un frenazo digno de un dibujo animado.

Maldiciendo en mi fuero interno, doy media vuelta y me meto en el armario de los trastos mientras me cago en todo por ser tan imprudente.

«Por favor, que no haya rastros de sangre. Por favor, que no haya rastros de sangre».

Debería haber sabido que no vendría solo. Justo cuando cierro la puerta sin hacer ruido, oigo que alguien abre la de atrás sin llamar.

No veo nada, solo escucho.

—Logan, aquí tenemos cadáveres —anuncia la voz de Leonard.

Logan no responde. Siento un nudo en el es­tómago cuando veo su sombra cortando el haz de luz que entra por debajo de la puerta. Este armario es tan poco profundo que, como abra la puerta, me ve seguro.

El pomo empieza a girar y yo contengo la respiración a la espera de lo inevitable. Lo tenía todo planeado, salvo por él… Y las cosas no hacen más que complicarse. ¿Qué hará si me encuentra? ¿Me disparará? ¿Me arrestará? ¿Me hará daño? ¿Me odiará aún más?

No tengo que averiguarlo ahora mismo, porque al parecer cambia de idea y deja la puerta cerrada mientras el sonido de sus pasos se aleja de mí. Exhalo el doloroso suspiro que llevo un rato conteniendo y escucho su conversación con Cheyenne.

Ella les cuenta la historia que improvisé sobre la marcha, y oigo la voz de la niña, que la llama desde arriba.

—Quédate ahí, cariño —dice Cheyenne con la voz rota—. Tenemos visita.

Se vuelve hacia ellos y les dice:

—Ahora mismo vengo.

Mientras tanto, yo intento pensar alguna forma mágica de salir del maldito armario sin que me vean.

—Tiene razón. Hay que sacarla de este pueblo —le dice Leonard a Logan.

—No podemos dejar que nadie se entere de lo que estamos haciendo, porque va en contra del reglamento.

Ambos se quedan en silencio durante un momento.

—Sabía que vendrían a por ella —dice Logan en voz baja.

—Ya, y si no hubiera sido por ella, ahora mismo habría dos cadáveres diferentes a nuestros pies —dice Leonard, como si me estuviera defendiendo.

¿Significa que está de mi parte?

Me toco la mejilla y, al pasar los dedos por la piel que ha rozado la bala, noto que me arde. Me va a quedar cicatriz. Capullo de mierda.

Debería haberlo apuñalado con más ganas y alargado su sufrimiento. Lo habría hecho de no ser porque en cualquier momento podía entrar la niña y presenciar el horror.

—Averigua quiénes son estos dos. Estoy seguro de que están relacionados con el sheriff de alguna manera.

—¿Pero por qué venir a por la viuda? —pregunta Leonard.

—Porque tengo algo que necesitan —les dice Cheyenne, al parecer sorprendiéndoles con su regreso—.

Mi hija está haciendo una mochila y se está vistiendo.

Mi marido bajaba al sótano con frecuencia, y yo nunca le di importancia.

Solía bajar solo unos minutos. Hay una tabla suelta en el suelo, y hasta hoy jamás me había preguntado por qué no la arreglaba.

Escucho que los pasos desaparecen en el sótano y, con mucha cautela, intento oír si queda alguien arriba. Lo lógico sería que sí, porque la niña podría bajar y encontrarse la carnicería que he dejado.

—Lleva a la niña al coche, pero que no vea nada —oigo decir a Logan mientras vuelve a subir las escaleras—. Y llévate esto.

Siento como si hiciera una eternidad que estoy metida en este armario.

—¿Adónde vas tú? —pregunta Leonard.

—Contigo. Vamos. Es posible que lleguen más si el sheriff no recibe noticias suyas.

Suspiro aliviada cuando oigo el ruido de sus pasos al marcharse. En cuanto se cierra la puerta principal (a duras penas, ya que está rota), me asomo por una rendija.

Cuando compruebo que no hay nadie, corro hacia la puerta trasera y, con pasos ligeros, dejo atrás por fin la puñetera casa.

Oigo el sonido de puertas que se abren y se cie­rran mientras me adentro en el bosque, maldiciendo las hojas que crujen bajo mis pies y el frío que me besa la piel y el pelo cubiertos de sangre.

Mi retirada no es demasiado silenciosa, pero están tan concentrados en sacarla de aquí que dudo que se den cuenta.

Por fin encuentro el camino que abrí antes, con las hojas demasiado dañadas y rotas como para hacer ruido al pisarlas, y acelero el paso.

Si voy directamente a mi casa, dejaré un rastro de sangre.

Echo un vistazo a los alrededores y me despojo de la sudadera con capucha que llevo puesta.

Luego me quito las botas y decido quedarme solo con los calcetines.

Con la misma rapidez, me desprendo de los pantalones que llevo sobre los leggings y saco una bolsa del bolsillo trasero.

La desdoblo y meto dentro toda la ropa ensangrentada.

Las mallas me dan frío por la noche, a lo que se suma el escalofrío que me recorre la espalda.

Miro a mi alrededor, pero todo está tranquilo. No hay ningún movimiento.

¿Por qué siento que me están observando?

Termino de cerrar la bolsa y compruebo que no gotee sangre. Tras echar un último vistazo desconfiado, me doy la vuelta y empiezo a correr en calcetines hacia la casa, ignorando las ramitas y las bellotas que intentan entorpecer mi paso.

Hace tiempo que aprendí a ignorar el dolor.

Vuelvo a girarme, pero no oigo ni veo nada.

Entonces, como en todas las putas películas de terror que he visto, un escalofrío me recorre la espalda y sé con certeza que tengo a alguien justo detrás.

Dejo caer la bolsa y me giro con el codo levantado para golpear en la cara a quien sea, pero una mano lo sujeta y me quedo sin aliento cuando una segunda mano me agarra el otro. Con un movimiento fluido, me empujan contra un árbol y un cuerpo duro se aprieta contra el mío.

Lo único que detiene mi reacción letal son esos familiares ojos azules que se clavan directamente en los míos.

Me duele respirar mientras lucho por recuperar el aire que se me escapa. No es porque me esté haciendo daño, sino simplemente porque solo con verlo me duele.

Me atraviesa con una mirada implacable. No deja de sujetarme con fuerza, aunque ambos sabemos que podría escapar si quisiera. El problema es hacerlo sin hacerle daño.

—No voy a dejar que me arrestes —digo en voz baja.

—¿Harás lo que sea necesario para seguir en libertad? —pregunta, con una voz menos dura que su mirada. Recorre con los ojos mi rostro, observándome con atención.

—No —susurro con voz ronca—. No haré lo que sea necesario, pero tampoco me dejaré arrestar.

Deja la mirada fija en mis labios.

—Podrías escapar sin problemas ahora mismo, ¿verdad?

Levanta la vista y me mira fijamente a los ojos.

No digo nada. No hace falta.

No necesita oír las palabras en voz alta, y yo no estoy del todo preparada para confesarle todo lo que soy capaz de hacer.

No afloja su agarre, pero tampoco me aprieta más.

—Leonard está escoltando a Cheyenne y Alyssa hasta que salgan del pueblo, pero estoy seguro de que eso ya lo sabes porque estabas escondida en el armario.

Contengo el aliento y él aprieta los labios.

—Llevas tanto tiempo siendo la cazadora que seguramente has olvidado lo que se siente al ser la presa. Pero te he estado buscando por todas partes, Lana. Y soy mucho mejor de lo que crees.

Empiezo a moverme, pero en lugar de sujetarme con más fuerza, me suelta y me acaricia la cara con la mano mientras me mira fijamente a los ojos.

—No tenía ni idea de que eras Victoria cuando la cagué. Jamás habría…