Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 6. Lana
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Capítulo 6. Lana

LANA

La memoria engaña porque está teñida de los acontecimientos del hoy.

—A LBERT E INSTEIN

Tengo la mirada fija en Cheyenne Murdock mientras abraza a Alyssa, su hija. Alyssa llora, pero Cheyenne parece haber rejuvenecido diez años cuando cierra los ojos y exhala con alivio.

O tal vez solo estoy viendo lo que quiero ver, por si acaso me quedara dentro una pizca de culpa por haber matado a un padre. Un padre y marido maltratador.

Llevo el pelo húmedo porque no me lo he secado antes de salir. Supe lo que iba a pasar en cuanto encontraron los cadáveres.

Miro por la ventana, esperando a que algo suceda. Seguro que alguien intentará silenciarla, y ella tiene algo que Logan necesita.

Murdock era un malnacido, pero también era inteligente.

Sabía que no tenía sentido quemar todas las pruebas físicas, como se le había ordenado.

También sabía que lo más prudente era guardarlas y mantenerlas a buen recaudo por si el sheriff decidía volverse contra él como lo había hecho con mi padre.

Mi padre se ha convertido en un ejemplo de que no conviene enemistarse con Cannon.

Yo voy a convertir este pueblo en un ejemplo de lo que pasa cuando destruyes a una familia como la mía.

Pero para infundir miedo, debo mostrar misericordia. Misericordia por los que fueron víctimas también. Misericordia por los que están cansados de ser débiles y permanecer callados.

Vendrán a por ella. Sin duda, Murdock se habrá jactado en algún momento de su gran colección de pruebas. Es posible que su esposa no esté al tanto de su existencia, pero algunos de los otros ayudantes del sheriff, si no todos, sí lo están.

Como para confirmar mis sospechas, veo unos faros a lo lejos; el coche se detiene y las luces se apagan al final de la calle.

Me siento en mi atalaya en el árbol detrás de la casa, oculta entre las sombras de la noche.

Parece que me tocará ducharme dos veces hoy.

Mientras las dos siluetas avanzan hacia la casa, yo salto del árbol y entro sigilosamente por la puerta trasera sin cerrar.

—Tu baño está listo —oigo que Cheyenne le dice a su hija cuando me detengo en la coci­na, examinando las ventanas tapadas por las persianas. Solo se veía el interior desde la parte trasera. Los hombres están acercándose por delante, pero tengo que prepararme para el que va a entrar por detrás.

—Vale —dice la niña con voz débil, y yo igno­ro el pellizco que siento en el corazón, diciéndome a mí misma que he hecho lo correcto.

En cuanto la niña sube las escaleras, entro en la sala de estar. Busco un lugar en el que no puedan verme desde atrás y observo la espalda de Cheyenne mientras levanta una foto de su difunto marido.

Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.

—Púdrete en el infierno, cerdo cabrón. A ver si el diablo te deja ponerle las manos encima o te da a probar de tu propia medicina.

Mi boca forma una sonrisa siniestra.

—Estoy segura de que el diablo se lo pasará bomba jugando con Greg —digo arrastrando las palabras.

Ella se tambalea, con los ojos muy abiertos y aterrados mientras gira la cabeza para mirarme.

—¿Quién eres?

—Alguien que está a punto de salvarte la vida. Vienen dos hombres a por ti. Uno entrará por delante y otro por detrás —digo, manteniendo la voz baja—. Saben que Murdock tenía pruebas guardadas.

Ella palidece y yo asiento.

—Ya te he salvado una vez esta noche, esta será la segunda. Me debes una, Cheyenne.

Le tiemblan los labios, pero, antes de que pueda hablar, alguien derriba la puerta delante­ra de una patada y ella grita al ver que la apuntan con el cañón de una pistola. El extremo tiene un silenciador, porque estos tipos han venido a matar, no a perder el tiempo.

Atravieso la habitación a toda velocidad antes de que se produzca el primer disparo y le agarro la muñeca al hombre para retorcérsela hacia atrás. No conozco a este tipo. Supongo que el sheriff le ha encargado este trabajo a alguien externo para que no lo salpique.

Él grita cuando le estampo el talón de la mano en la nariz. La sangre salpica y yo giro sobre mí misma desarmándolo en el proceso. Justo cuando agarro la navaja que llevo en el costado, oigo un clic detrás de mí.

—¿Quién carajo eres tú? —pregunta una voz masculina.

Todos quieren saber mi nombre. Ni que fuera yo Rumpelstiltskin.

Una vez más, es alguien a quien no conozco. Veo una imagen borrosa de él en el reflejo del cristal del cuadro que hay en la pared.

El tipo con el que me estaba peleando me mira con desprecio mientras se sujeta la nariz rota.

—¿Qué más da? Mata a esa zorra —gruñe el que está sangrando.

—Mi nombre poco importa ya, pero hubo un tiempo en que la gente me llamaba Victoria Evans.

Puede que yo no los conozca, pero, a juzgar por el sonido de sus respiraciones y la sorpresa en los ojos del que sangra, ellos sí me conocen a mí.

—Por si acaso no os habéis enterado…, no soy fácil de matar.

Giro justo cuando dispara, y el sonido amortiguado me ahorra el susto.

Siento el calor de la bala al rozarme la mejilla, lo que me provoca un ligero ardor.

Con un movimiento rápido, clavo la navaja en la garganta del hombre que tengo detrás, le arrebato el arma y disparo dos veces sin tener que mirar.

Oigo un grito de dolor detrás de mí, consciente de que el tipo del principio está ahora tirado en el suelo y el que tengo delante se ahoga en su propia sangre. La navaja sigue clavada en su garganta como una horripilante obra de arte.

Cuando por fin giro la cabeza mientras saco de un tirón la navaja, veo que las dos balas han impactado directamente en el pecho del otro hombre.

Haría como que me sacudo el polvo de los hombros, pero creo que resultaría un poco presuntuoso.

—¿Los conoces? —le pregunto a Cheyenne, que se aferra a la esquina en la que se esconde y tiembla violentamente.

—Sí —dice con voz rasposa y labios trémulos—. Son los hermanos Durham —añade un poco más segura, intentando mantenerse en pie a pesar de tener las piernas como un flan—. Juegan al póker con el sheriff y… en ocasiones se encargan de los asuntos en los que no quiere que intervengan sus ayudantes.

—Supongo que llegaron después de irme yo —deduzco mientras los veo agonizar.

Hicieron bien en no llamar mi atención mientras estuve en el pueblo. En serio, qué poco me gustan las sorpresas.

—Sí —dice, otra vez con la voz temblorosa—. ¿Eres…? ¿De verdad eres Victoria?

Su tono es respetuoso, apagado y algo temeroso. Miro a mi alrededor y, cuando veo el reguero de sangre, pienso en Alyssa y espero que no baje.

—¿Tu hija está bien? —pregunto en lugar de responder, mirando a Cheyenne por encima del hombro.

Ella asiente tímidamente.

—¿Alyssa? —la llama.

Como la niña no responde, la madre pasa corriendo a mi lado y sube las escaleras a toda velocidad. Estoy cubierta de sangre y doy el mismo miedo que Jason Voorhees, así que me quedo abajo, a la escucha, decidida a ahorrarle a la niña más de una pesadilla innecesaria.

Al cabo de unos instantes, Cheyenne vuelve a bajar, con los hombros más relajados.

—Le gusta meter la cabeza debajo del agua cuando se baña. No ha oído nada. —Se queda mirándome fijamente, y luego observa a los hombres que tengo a los pies—. ¿Has sido tú, verdad? La que ha estado asesinando a todos los hombres que participaron… en aquello.

Se traga el nudo que tiene en la garganta y yo ladeo la cabeza.

—¿La que ha matado a Greg? —continúa ella con la voz entrecortada.

—La que ha matado a un pederasta, asesino, sádico y violento, así, a grandes rasgos —corrijo, y me quedo observándola con curiosidad.

Se pasa una mano por el pelo, evitando volver a bajar la mirada hacia la carnicería que tiene montada en el salón.

—Pensaba que todo era una horrible leyenda urbana, algo inventado para que el sheriff y Kyle parecieran aún más intocables.

Llegué al pueblo cuando tú ya te habías ido y apenas oí rumores al respecto.

Entonces, una noche, Greg se emborrachó.

Fue la primera vez que me pegó. Siempre me interponía entre él y mi hija, pero no podía marcharme.

No me dejaba, me decía que el sheriff le ayudaría a darme caza, que me mataría y se llevaría a Alyssa.

Contiene un sollozo y niega con la cabeza.

—Quería verlo muerto. Incluso acudí al sheriff con la esperanza de que las amenazas de Greg acerca de que Cannon ayudaría a ese cabrón maltratador fueran solo un farol.

Pero no lo eran. El sheriff escuchó todo lo que tenía que decir y luego llamó a Greg delante de mis narices.

Mi castigo fue acabar con la mandíbula rota.

Fue entonces cuando me dijo que tenía todas las pruebas necesarias para mantener al sheriff a raya, y que la próxima vez que intentara huir o pedir ayuda, me cortaría el cuello delante de nuestra hija.

Ahora mismo desearía haberme encargado antes de Greg.

Para mi sorpresa, su mujer sí que está al tanto de lo de las pruebas, después de todo.

—Tiene una caja fuerte. Nunca he visto lo que hay dentro, pero sé que guarda la combinación en sus zapatos favoritos. Siempre ha tenido muy mala memoria con los números, así que tuvo que anotarla. Voy a por ella.

Me pongo delante de ella y retrocede.

—Guárdatela para los federales. Más concretamente, para el agente especial Bennett. No se la des a Johnson.

Otras luces llaman mi atención y miro por la ventana. Suelto un suspiro cuando veo un SUV parado junto al coche aparcado al final de la calle. Logan camina por delante de los faros y siento un vuelco en el estómago. ¡Mierda!

Cojo el móvil y maldigo al comprobar que tengo un mensaje que no era consciente de haber recibido.

HADLEY: Logan va a la casa de la viuda. La del agente del condado, me refiero. No la del juez.

Obviamente, Jake le ha dado el número de mi móvil desechable.

Guardo el teléfono, y, cuando me vuelvo, veo que Cheyenne está pálida y temblando.

—¿Quiénes son?

—Los tipos buenos. Es a ellos a los que tienes que darles las pruebas.

—Pero te veo asustada. ¿Por qué te asustas si son los buenos? —me pregunta.