Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 4. Lana
27%

Capítulo 4. Lana

LANA

La debilidad de actitud se convierte en debilidad de carácter.

—A LBERT E INSTEIN

—Pensaba que solo ibas a por Murdock —sisea Jake por el teléfono mientras termino de atar el último nudo de las cuerdas que sujetan al susodicho a la silla.

Este se retuerce lanzando amenazas que quedan amortiguadas por la mordaza que lleva en la boca.

—Debido a nuestro reciente visitante, me estoy asegurando de que nadie se escape de la lista. Solo por precaución —le digo con tono alegre, sonriendo cuando me alejo y veo a Murdock lanzándome miradas de odio.

Fue fácil darle una paliza y atarlo. Lo difícil fue meterlo en el maletero y subirlo por las escaleras del juzgado sin que nadie me viera.

Por suerte, con todo el caos que siguió a la muerte de Kyle, nadie vigilaba la entrada trasera. Solo necesitaba la llave de Murdock para poder entrar.

Levanto el mazo y lo examino. El mango tiene grabada la inscripción «J UEZ H ENRY T HOMAS ».

—Esto es demasiado arriesgado.

—En absoluto —le prometo a Jake.

—Mierda —sisea.

—¿Qué?

—Hay una pelirroja bajándose de un coche en la entrada de la casa.

Se me tensa todo el cuerpo.

—Hadley nos ha encontrado —gruño.

—Mierda. Mierda. Mierda. ¿Qué coño hago con ella?

—No le hagas daño —le advierto.

—¿Y qué hago? ¿La invito a tomar un té? —me dice con sarcasmo.

—Si viene sola es porque va a ayudarnos. Solo averigua qué quiere. Y lo digo en serio, no le hagas daño.

—Estupendo. Haré buenas migas con el FBI mientras matas a un agente del condado y a un juez —responde con tono seco.

—Eso es —le digo antes de colgar.

Guardo mi teléfono y observo a Murdock, que suda y no me quita la vista de encima como si pudiera condenarme al infierno solo por dedicarme una mirada fulminante.

—Tu hija y tu esposa estarán en casa esta noche, sanas y salvas, por si te preocupa.

Estoy segura de que no te echarán de menos si no vuelves.

—Me agacho frente a él, sin apartar la mirada de sus ojos, mientras la ira da paso poco a poco a un temor reticente—.

Estoy convencida de que llorarán un poco, pero, cuando nadie las vea, atesorarán en secreto esa pequeña paz que les da saber que ya no puedes hacerles daño.

Me levanto bruscamente y él grita, pero el sonido queda amortiguado por la mordaza.

Con aire despreocupado, pongo el viejo disco de vinilo que el juez Thomas tiene en el tocadiscos, esperando a que regrese a su despacho tras un largo día ocultando o quemando cualquier prueba que quede del caso de mi padre. Lástima que llegue una década tarde para borrar sus huellas.

Eso es lo que ocurre cuando uno se pasa de arrogante…

Durante diez años, se relajaron y pensaron que el caso estaba cerrado y que no había mucho que limpiar, habida cuenta de que habían matado a todos los implicados y que tenían a un agente del FBI de su parte.

El Réquiem de Mozart inunda las salas; una composición majestuosa, llena de dramatismo y fervor.

Me balanceo al ritmo de la música mientras la escucho con los ojos cerrados. Mi padre siempre fue un gran admirador de Bach, pero, en mi opinión, Mozart transmitía mucha más emoción en todas sus composiciones.

El sonido de la puerta al abrirse me impulsa a darme la vuelta y a esbozar una sonrisa en los labios cuando el juez Thomas la cierra tras de sí. Pulso el botón del mando a distancia y la cerradura recién instalada se bloquea. La única forma de abrirla es quitándome el mando.

Suerte con eso.

El juez retrocede, mirando la puerta con confusión. Parece que le lleva una eternidad darse cuenta de que hay música sonando; entonces se da la vuelta y se queda mirando el tocadiscos mientras yo me escondo en las sombras.

Murdock grita a pesar de la mordaza con tanta fuerza que atrae la atención del juez. Cuando ve al ayudante del sheriff inmovilizado, el juez Thomas por poco tropieza.

—¡Greg! —El juez Thomas jadea cuando salgo de entre las sombras.

Intenta desatar al ayudante del sheriff, y Murdock forcejea aún más, gritando y tratando de llamar la atención del juez. Murdock parpadea y clava la vista en el juez mientras lanza miradas de pánico en mi dirección, haciendo todo lo posible por alertar al muy idiota con los ojos.

Es un esfuerzo loable, pero inútil. Mi escena favorita de las películas de terror es cuando el tonto decide no darse la vuelta mientras su amigo, que está atado, hace todo lo posible por avisarle del peligro.

—Maldita sea, Greg, estate quieto. Los nudos estos son…

—Increíbles —termino la frase por él.

Henry Thomas se desestabiliza, cae de rodillas al suelo y me mira con los ojos muy abiertos y horrorizados.

Me viene de perlas.

—Ahora que estás ahí abajo, puedes decir tus últimas palabras —le espeto, sosteniendo la navaja—. Y, ya puestos, a lo mejor puedes confesar también tus pecados.

Se echa a temblar, boquea, pero no le sale la voz. Al final, consigue articular dos palabras:

—¿Quién eres?

Estoy bastante segura de que eso es lo más irrelevante que podría haber preguntado.

—¿No es obvio? —pregunto con la música de fondo y Murdock intentando liberarse de sus ataduras—. Soy la chica a la que le destrozas­te la vida. Solo que ahora tengo otra cara, ya que la pandilla que el sheriff Cannon y tú mandasteis a por nosotros me destrozó la antigua.

Traga saliva con dificultad a medida que va palideciendo.

—Incluso repudiaste a tu hijo por no seguir el juego a los demás en aquel espectáculo salvaje.

¿Acaso pensabas que era menos hombre por no ser capaz de violar a una chica de dieciséis años y a un chico de diecisiete?

—le pregunto, fingiendo que me divierte cuando en realidad en lo único en lo que pienso es en degollarlo aquí mismo.

—No —susurra con voz rasposa—. Tú estás muerta…

—Eso me han dicho. Una y otra vez. Qué cosas tiene la muerte… Hay que esforzarse mucho para matar a una chica como yo. Hasta ahora, todos han hecho un pésimo trabajo.

Se pone de pie a toda prisa y retrocede hasta su escritorio, donde piensa que tiene una pistola escondida. Sonrío cuando abre el cajón de un tirón y llena todo el despacho de cosas mientras lo registra, buscando inútilmente un arma que ya me he tomado la libertad de sacar de ahí.

—No vas a encontrarla —le digo cuando saca el cajón por completo y me lo tira en un intento desesperado por ganar tiempo para volver a correr hacia la puerta.

Esquivo el cajón sin complicaciones y observo con fascinación cómo tira del pomo de la puerta una y otra vez.

Einstein creía que la definición de locura era hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes. Según ese criterio, el juez está totalmente loco si cree que la puerta se va a abrir como por arte de magia.

Subo el volumen de la música cuando empieza a gritar pidiendo ayuda. Sé que los pasillos están vacíos. Es tarde, y hace mucho que ha terminado la jornada en el pequeño juzgado de nuestro pueblo. Las pocas personas que quedan están todas en la planta de abajo.

—Dígame cómo ocultó pruebas, juez Thomas. Dígame cómo pasó por alto las declaraciones de los testigos oculares y dictaminó que eran improcedentes.

Se da la vuelta, de espaldas a la puerta, con el pecho agitado mientras suena la música, creando el ambiente perfecto para asesinar a un juez.

—Tuve que hacerlo —gruñe—. Tuve que hacerlo o si no el sheriff Cannon…

—No echemos balones fuera —digo arrastrando las palabras—. Cuénteme su parte, juez. Y tal vez no lo deje colgando de la torre de la iglesia como hice con Kyle.

El forcejeo de Murdock se detiene, paraliza­do por el pánico. Una lenta sonrisa se dibuja en mis labios cuando el juez se tambalea hacia delante, con todo el cuerpo blanco como la tiza, mientras me mira con incredulidad.

Son conscientes de que, si fui capaz de matar a un monstruo como Kyle de una forma tan sangrienta y vivir para contarlo, entonces soy la personificación de las pesadillas. Me flipa.

Lanzo la navaja y él chilla mientras se tira al suelo, pero esta se clava en la foto que hay de él en la pared. En esa imagen lleva puesta su túnica, y se le ve imponente y pomposo. El hombre de verdad está llorando en el suelo, temblando de miedo.

—¡Contesta! —grito, sonriendo por dentro mientras por fuera finjo ser una loca desquiciada.

Él se encoge sobre sí mismo y solloza con más fuerza.

—Fui yo —dice, sin dejar de lloriquear—. Fui yo. Oculté todas las pruebas que exculpaban a Robert Evans. Pero te juro que en ese momento pensaba que había sido él. Johnson nos aseguró que había sido él.

Me agacho, saco otra navaja de mi bota y juego con el mango interpretando el numerito de la psicópata.

—Cuéntame el resto —digo en voz baja—. Cuéntame cómo tanto tú como el sheriff, junto con todos sus ayudantes, enviasteis a una banda de chavales a violar a los hijos del hombre al que habíais encarcelado injustamente.

Se ahoga con sus propios sollozos y suelta entre hipidos:

—Nunca fue mi intención que os violaran…

—¡Los cojones! —espeto, y le apunto con la navaja—. La verdad, juez. Ya la sé. Solo quiero oírla.

Su respiración se vuelve laboriosa, y los llantos, más intensos. Aunque le cuesta, finalmente vuelve a hablar:

—¡Solo queríamos que sintierais el mismo dolor que esas mujeres porque no parabais de defenderlo!

Me invade esa sensación de frialdad tan familiar, y entonces me levanto lentamente y me acerco a Murdock, que ahora tiembla de miedo porque sabe que estoy como una puta cabra y que tengo una navaja.

Estoy segura de que lo que se le está pasando por la cabeza en este momento es que soy la que le ha arrancado toda la piel del cuerpo a Kyle.

El disco empieza a saltar, la canción llega a su fin y dejo que el molesto sonido continúe mientras le atravieso el torso a Murdock con la navaja sin previo aviso. La sangre brota de la herida y las manchas rojas van extendiéndose por la camisa beis.

El juez grita, al igual que el propio Murdock, cuando vuelvo a apuñalarlo, esta vez justo en el centro del abdomen con un corte más profundo. Se le salen las entrañas, y los intestinos se desparraman por el suelo como un ovillo de lana desenrollado.