Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 3. Logan #2
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Capítulo 3. Logan #2

—Todo el pueblo lo sabía, incluidos Victoria y Marcus.

Victoria quería que volviera a ser feliz.

Marcus insistía en que su padre debía dejar de ocultar la relación.

¿Pero Kyle? Kyle estaba furioso. Ya odiaba a Robert porque era uno de los pocos de por aquí que le plantaba cara.

Victoria humilló a Kyle poco después. Pensaba que ninguna chica podía decirle que no, y ella rompió con él de forma muy pública por cómo había tratado a Robert.

Suspira pesadamente, moviendo la cabeza de un lado a otro.

—En aquel entonces estaba desesperado por encajar.

Pensaba que solo eran cosas de niñatos, que nadie saldría perjudicado.

Kyle siempre fue un matón, así que o estabas a su lado o estabas contra él.

Nadie quería ser su enemi­go. Si alguien se atrevía a enfrentarse a Kyle, su padre se encargaba de hundir a esa persona y a su familia.

Basta con fijarse en Lindy Wheeler y Robert Evans. Y esos son solo dos ejemplos.

Nos dedica una sonrisa triste.

—¿Y qué papel desempeñó Jane? —pregunta Leonard.

—Kyle se jactó esa noche —sigue diciendo, sin ir al grano—.

Volví después de convencer a Lindy de que huyera antes de que Kyle acabara con Marcus y Victoria.

Oí a Kyle decirle a Victoria que fue «la puta de su madre» la que había acabado por destruir a Robert al final.

Jane le dio a Johnson los condones usados con el semen de Robert después de que el sheriff Cannon amenazara con matarla.

Para entonces, Victoria ya estaba gravemente herida, pero se las arregló para hablar.

Le dijo a Kyle que demostraría que su padre era inocente y limpiaría su nombre.

Y que todos arderíamos en el infierno cuando ella arrasara con todo.

Suelta una carcajada sin ganas.

—Desde aquella noche he estado viviendo un infierno, así que, al menos en lo que respecta a mí, cumplió su palabra.

Kyle se limitó a reírse y le dijo que su propia madre ya no podía hablar desde la tumba, y le pareció muy gracioso que una chica que se estaba desangrando tirada en la calle creyera que podía asustarlo.

Nos mira a ambos.

—Adivinen quién no se ríe ahora.

Leonard me echa una mirada y yo se la devuelvo. Devin básicamente acaba de decir que sabe que es Victoria quien ha vuelto para matarlos a todos.

Pero ¿por qué sospecha de una chica muerta cuando nadie más en el pueblo contempla esa posibilidad?

—Deberían investigar a Kyle —continúa—. Primero asegúrense de que realmente está muerto, y…

—Sin duda está muerto —dice Leonard cuando un escalofrío le recorre el cuerpo.

—En el fondo, siempre supe que él era el asesino original. Lo llamaban el Cazador Nocturno —añade.

De nuevo Leonard y yo intercambiamos una mirada antes de volver la vista a Dev.

—¿Cree que fue él?

Asiente.

—Y no soy el único que lo pensaba a juzgar por lo que he oído sobre su muerte.

—Lo mataron de forma un poco más cruenta, pero porque fue quien lo orquestó todo la noche en que murieron Marcus y Victoria. ¿Qué le hace pensar que era el asesino?

Él bufa y pone los ojos en blanco.

—¿No es obvio? —pregunta en voz alta, haciendo un gesto a nuestro alrededor—.

Para Kyle, el mundo era una marioneta entre sus dedos.

El padre le encubría todas sus fechorías, ciego ante la maldad que llevaba dentro.

Kyle era capaz de encandilar a cualquiera mostrándole su lado bueno, pero, cuando dejaba salir su faceta oscura, resultaba implacable, asfixiante y verdaderamente aterrador.

Se le escapa una lágrima y se la seca.

—Me quedé allí parado, viendo cómo vio­la­ban y golpeaban brutalmente hasta la muerte a unos chicos indefensos. Todo por culpa del miedo que Kyle nos provocaba. Nadie en todo el pueblo tenía agallas suficientes para enfrentarse a él, que contaba con alguien como Cannon para cubrirle las espaldas.

—Pero afirmar que él fue el asesino equivale a asumir que violó y mató a su propia hermana. Por lo que he oído, el sheriff quería tanto a su hija que fue capaz de incriminar a un hombre inocente solo por encontrar un culpable —señalo.

—Si cree que Kyle no es capaz de violar y asesinar a su propia hermana es que no ha enten­dido nada. Rebecca Cannon era la hija de Mary Beth Cannon. Mary murió de cáncer de ovario cuando Rebecca tenía cinco años. Era solo un año mayor que Kyle, cuya existencia el sheriff aún desconocía.

—Lo que quiere decir que el sheriff le era infiel a su mujer —apunta Leonard.

—Por eso Rebecca le cogió manía a Kyle cuando apareció en escena —continúa Dev—.

El sheriff la favorecía, por razones obvias, y era la única persona en el pueblo a la que Kyle no podía tocar.

Si alguna vez hubiera amenazado a Rebecca, el sheriff habría acabado con él sin pensárselo dos veces.

Sin embargo, a Rebecca la exhibieron de una forma tan trágica y traumática que el sheriff perdió los estribos.

Da la impresión de que todo fue planificado por una mente sádica, y el coeficiente intelectual de Kyle demuestra que era capaz de organizar todos los elementos del rompecabezas para que, al final, Robert pareciese culpable.

—¿Por qué Robert? —pregunto, tratando de averiguar adónde quiere ir a parar—. ¿Y por qué sincronizar el primer asesinato con el aniversario de la primera cita de Robert y Jasmine? ¿Y por qué la mayoría de las chicas se parecían a Jasmine?

—Bueno, por un lado, ese tal Johnson manipuló la investigación, convencido de que era Robert, en parte por lo ocurrido ese día y por la victimología.

Eso fue tan solo un paso para tenderle la trampa a Robert.

Por otro lado, Victoria siempre estuvo en el punto de mira de Kyle y Morgan, entre quienes había una lucha constante.

Victoria se parecía mucho a Jasmine, así que tal vez su victimología debería centrarse más en la hija que en la madre.

Por último, Rebecca era la típica arpía de instituto, y las de su calaña atacan a los más vulnerables.

Rebecca se ensañaba con Victoria a diario: la humillaba, se reía de su familia y despreciaba a su padre por ser conserje.

Sonríe de medio lado y hace una pausa, como si acabase de recordar algo.

—Un día se pasó de la raya y le dijo algo a Vic­toria sobre su madre fallecida.

Victoria la agarró por el pelo y le estampó la cara contra las taquillas.

Rebecca acabó con la nariz rota. El sheriff intentó ir a por Victoria, pero Robert tenía información comprometida sobre él que le hizo dar marcha atrás.

Al sheriff no le gusta estar contra las cuerdas, y encima Rebecca, la que tantas veces acosó a Victoria, acabó siendo la más perjudicada.

Eso bastó para que el sheriff tomara partido y, a partir de entonces, fueron a por Evans con todo el arsenal del que disponían.

Se queda callado y yo repaso los hechos en mi cabeza.

—¿Qué información comprometida tenía Evans sobre el sheriff? —pregunta Leonard.

—Algunas artimañas financieras de las que se había valido para evadir impuestos o algo así. El sheriff lo arregló antes del juicio, por lo que ya no era una baza lo suficientemente sustancial.

Resultaría muy fácil adherirse a su argumentación y aceptar que Kyle era el asesino. Así se podría cerrar el caso.

—Kyle no era el asesino —digo por fin.

Los ojos se le llenan de ira.

—Entonces lo subestima.

Sacudo la cabeza.

—No hay duda de que iba camino de conver­tirse en un asesino en serie, pero no fue él.

El asesino contaba con los mismos conocimientos y sin duda albergaba un odio lo suficientemente fuerte como para inculpar a Robert, e inclu­so ayudó a reforzar su perfil y a alimentar las sospechas.

Tiene o tenía un coeficiente intelec­tual lo suficientemente alto como para calcular cada paso. Pero Kyle nunca acudió al juicio.

Él frunce el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Leonard se encarga de explicarlo.

—Tenemos imágenes del juicio en las que aparecen todos los presentes en la sala, no solo las partes directamente implicadas.

Kyle ni siquiera estuvo allí porque, francamente, le importaba un carajo —afirma Leonard sin tapujos—.

El asesino habría querido ver cómo se desarrollaban todos y cada uno de los aconte­cimientos tal y como los había planeado, y regodearse en persona con la derrota de Evans.

Devin se echa hacia atrás, abatido, como sopesando la idea.

—¿Entonces no fue Kyle?

Niego con la cabeza.

—¿Quién si no? —pregunta.

—Todavía estamos intentando averiguarlo —digo, señalando la pila de DVD—.

Tenemos todos los rostros de los que acudieron a diario y los estamos descartando uno por uno basándonos en los datos y perfiles que podemos recabar.

No deja de ser curioso que cada dos por tres recibamos más discos de informantes anónimos.

Él sacude la cabeza, indignado.

—Sigo pensando que fue él y, hasta que puedan demostrar lo contrario, creo que el asesino actual piensa lo mismo.

—Lo dudo —responde Leonard de inmediato—. El responsable de los asesinatos de ahora lleva diez años estudiando todas las pruebas y conoce muchos más detalles que nosotros.

Nos mira a los ojos.

—Espero que nunca lo atrapen. Espero que acabe con cada rastro de maldad que queda en este pueblo.

Creo en los ángeles vengadores, agentes.

Y creo que a este asesino se le ha concedido un oscuro don para librar al mundo de la corrupción que impera en este pueblo.

Antes pensaba que aún quedaba algún alma por salvar, pero ya no.

Creo que la ira de los ángeles se ha desatado.

Se levanta de golpe.

—¿Adónde va? —pregunta Leonard.

Él se gira para mirarnos.

—Si no van a arrestarme, voy a buscar a mi hermana pequeña para llevármela lo más lejos posible de aquí.

Ladeo la cabeza.

—¿Por qué?

Se dirige hacia la puerta y no se da la vuelta hasta que la abre.

—Porque este sitio va a arder. Se lo aseguro.