Capítulo 2. Lana #3
Al llegar a la parte delantera de la iglesia, me detengo detrás de una cortina que da al escenario donde mi madre solía actuar en las obras de teatro municipales.
Dev está de rodillas, con las manos juntas en señal de oración y los ojos cerrados mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas.
Bueno… Eso sí que no me lo esperaba.
—Por favor, perdóname por los pecados que cometí la última vez que estuve en este pueblo —dice Dev con voz ronca—. Aunque no me lo merezca. Dame fuerzas para hacer lo que ahora me corresponde y protege a mi hermana de cualquier daño o represalia.
Ladeo la cabeza mientras lo observo con atención. A continuación, recorro la estancia con la mirada esperando encontrar alguna trampa. No parece haber nada.
Para estar completamente segura, le envío un mensaje a Jake desde el teléfono desechable que utilizo ahora.
YO: ¿Tienes un ojo puesto en la iglesia?
JAKE: No va nadie para allá. Todos los federales están en la plaza hablando de ir puerta por puerta para sacar a la luz nuevas pruebas sobre el asesino original.
Johnson, Cannon y los ayudantes del sheriff están reunidos en el ayuntamiento discutiendo quién podrías ser y cómo sacarte de tu escondite. Tienes vía libre.
YO: ¿Sobre el asesino original? ¿Por qué?
JAKE: Quieren averiguar quién fue en realidad. Por ahora, sus prioridades han cambiado. Parece que Logan ha guardado tu secreto…, siempre y cuando Hadley no me haya mentido y no estén tramando una artimaña.
YO: ¿Qué están preguntando?
JAKE: Han descubierto que el primer asesinato coincidió con el aniversario de la primera cita de tus padres. Y también han averiguado que todas las mujeres se parecían mucho físicamente a tu madre.
Aprieto el teléfono con más fuerza y suelto un suspiro cansado antes de decidir no cuestionar nada. Lo que menos necesito ahora son más distracciones.
Me pongo la máscara de asesina despiadada y me acomodo en mi papel con soltura. Resulta más fácil ser esta versión de mí misma. La versión que no se preocupa ni se inmuta.
Dev mantiene los ojos cerrados y yo salto para sentarme en el borde del escenario, justo al lado del púlpito, todavía sin arder en llamas, y unos dos metros delante de él.
Continúa rezando durante un minuto más y, cuando abre los ojos, se cae de culo, sorprendido al ver a alguien frente a sí.
—Hola, Dev. Cuánto tiempo.
Se queda blanco como la pared.
—Victoria —susurra, lo que me deja atónita.
Oculto mi sorpresa.
—Eres el primero que me reconoce.
Lo escucho tragar saliva mientras asiente despacio.
—Supe que eras tú en cuanto oí lo de los asesinatos —continúa, volviendo lentamente a ponerse de rodillas, pero sin hacer amago de levantarse—. Marcus juró que esa noche resucitarías de entre los muertos como un ángel. Siempre supo que este día llegaría. Y esos ojos… Los ojos te delatan.
Pongo dichos ojos en blanco y me inclino hacia delante, observándolo atentamente con una frialdad indolente.
—Te perdoné la vida, y vuelves al pueblo justo cuando aparece Kyle desollado y colgado del campanario de esta misma iglesia. ¿A qué has venido?
Le tiembla el labio, y tiene tanto miedo que no puede dejar de mover las manos. Me gusta verlo asustado.
—He venido a hacer lo correcto. A decirles…
—¿A decirles que una chica muerta ha resucitado para vengarse? —remato su frase arrastrando las palabras antes de que una sonrisa oscura y siniestra se dibuje en mis labios.
—¡No! —dice, un poco asustado—. No —repite, más bajo esta vez, mientras mira a su alrededor.
Echo un vistazo a mi teléfono para ver las cámaras a través de la aplicación, pasando de una pantalla a otra mientras Dev se repone. Le vuelvo a prestar atención cuando compruebo que no tengo a nadie cerca.
—He venido a contarles a los federales lo que pasó —sigue diciendo—. Me enteré de que hubo una disputa y de que Johnson tenía a los demás federales en su contra.
Aprieto los labios.
—Ah, ya veo. Bueno, ya están al tanto de lo que pasó.
—Diana me dijo que los llamó.
Mi débil sonrisa se desvanece. ¿Diana? ¿Ha seguido en contacto con él?
Ignorando el amargo dolor de la traición, continúo centrándome en Dev.
—¿Entonces has venido a contarles una historia que ya saben?
Él niega con la cabeza lentamente.
—No. He venido a contarles el resto. Las partes que desconocen. La parte de la madre de Kyle.
Se me corta la respiración.
—También tengo pensado contarles quién fue el verdadero asesino, Victoria. Quiero que limpien el nombre de tu padre y que tu familia reciba el descanso que merece. Entonces tu alma estará en paz.
Me río sin ganas.
—¿De verdad crees que soy un fantasma que ha resucitado de entre los muertos? —me burlo.
Él sacude la cabeza.
—Creo que estás vendiendo tu alma al diablo por venganza, y voy a intentar ayudarte antes de que la pierdas por completo. Quiero salvarte.
Se me escapa otra carcajada, esta vez para reírme de él.
—Si querías salvarme, deberías haberlo hecho hace diez años.
Me bajo del escenario y él se tensa cuando saco una navaja.
—Ya es demasiado tarde, Dev. Tuviste tu oportunidad. Y, sin embargo, te quedaste de brazos cruzados mientras me arrancaban el alma del cuerpo. Era una cuestión de ira o desolación. ¿Qué camino crees que elegí?
Él frunce los labios.
—Ningún alma deja de ser digna de salvación, Victoria. No…
Lanzo la navaja y él grita mientras se arroja al suelo, pero esta se clava en la pared junto a él, muy lejos de su cuerpo, a pesar de su intento por esquivarla. Hasta me hace gracia.
La navaja está clavada en la foto del sheriff Cannon, junto a la placa que lo elogia por sus generosas donaciones a la iglesia. Ha quedado justo entre sus ojos, y ni siquiera he tenido que mirar para acertar.
Una vez más, Dev palidece, porque ve la prueba de que ya no soy la niña débil a la que dejaron moribunda en la calle.
—Soy más fuerte. Más rápida. Más lista. Y mucho más letal que cualquiera de este pueblo.
Si te quisiera muerto, ya lo estarías. Kyle contaba con el amor y la protección del sheriff y aun así lo despellejé y lo colgué del campanario para que todo el mundo viera cómo había acabado.
No me toques los cojones, Dev. No soy la chica a la que le diste la espalda hace diez años.
Esta que está aquí te arrancará la columna vertebral si descubre que haces lo mismo otra vez.
Él traga saliva cuando me acerco para sacar la navaja de la cabeza del sheriff, y lo miro por encima del hombro.
—Y no vuelvas a llamarme Victoria o te corto la lengua, cosa que ya estuve a punto de hacer. Todavía no estoy muy segura de que vaya a dejarte libre, así que no me obligues a replanteármelo. ¿Queda claro?
Él asiente, con lágrimas resbalándole por el rostro.
Echo a andar y él se estremece al sentir el aire gélido que arrastro conmigo.
—Lo siento —me dice cuando paso por su lado—. Lo siento mucho.
Detengo mis pasos y agarro con más fuerza la navaja, obligándome a no perder el control y matarlo innecesariamente. Es difícil olvidar el papel que desempeñó aquella noche ahora que lo tengo tan cerca.
—Solo recuerda que a mí nada me frena —digo sin darme la vuelta—. No me hagas arrepentirme de haberte mostrado misericordia cuando se la he negado a todos los demás. A Jason le queda poco tiempo. No me obligues a volver también a por ti. Y tu padre sigue en mi lista.
—Mi madre y mi hermana son inocentes —dice sin dudarlo.
Me quedo mirando a la puerta.
—La inocencia de tu madre es cuestionable, pero no está en mi lista.
Cuando tu hermana se fue a la universidad, la mantuviste ajena a los «rumores».
Por su propio bien, ayúdala a ser menos ingenua, Dev.
El mundo es cruel para los que no creen que existan tales males. Te lo digo por experiencia propia.
Salgo sin decir nada más y me guardo la navaja en la bota antes de que alguien me vea.
Ya lo que me faltaba.
No quiero que ninguno de ellos intente salvar mi alma cuando son los responsables de que esté tan dañada. No quiero que ninguno de ellos intente darme lecciones. Es una hipocresía tan ridícula que no quiero ni pensarlo siquiera.
Cuando siento un escalofrío en la espalda, me giro y veo a Dev siguiéndome, así que me detengo en la acera, envuelta en la oscuridad que reina en esta zona sin farolas.
—Voy a ir a hablar con los federales, pero quería que supieras que era para hacer lo correcto. ¿Puedo preguntarte adónde vas? —me interpela en voz baja y tímida, como un cordero que protesta contra las garras de un león.
—A matar a alguien —digo como si nada.
Él palidece y luego mira al suelo.
—No me has preguntado quién fue el asesino original cuando te he dicho que lo sabía.
Vuelvo a darme la vuelta y camino deprisa para ocultarme en la noche antes de contestarle por encima del hombro:
—Porque ya lo sé.