Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 1. Logan #3
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Capítulo 1. Logan #3

—Lana… Nunca pensé que querría a alguien de la misma forma que yo quería a Marcus. Pensaba que la habían dejado rota. Pensaba que le habían robado hasta el último pedazo de su corazón. Que lo único que la mantenía viva era el fuego que ardía en su interior con un odio absoluto y sin límites.

Levanta la cabeza y vuelve a mirarme a los ojos.

—Ella te quería. Tenía dos ideas de cómo iba a acabar todo esto.

En una, tú la querías tanto como ella a ti y la apoyabas incondicionalmente, com­partiendo su dolor como si fuera tuyo.

Por desgracia, elegiste la segunda opción, confirmando que yo tenía razón pese a desear con todas mis fuerzas que me demostrases que estaba equivocado.

Sigo sin encontrar las palabras adecuadas, y él no deja de derramar lágrimas de vez en cuando mientras me mira con desprecio.

—¿Un amor verdadero como el que Lana te ha regalado?

Es el tipo de amor que ve más allá de las malas acciones que uno comete y te llega al alma.

Lana rescató a una niña. Lana lo arriesgó todo para salvarte.

Lana salvó a innumerables muje­res al matar a Plemmons.

Sin embargo, tú sigues viéndola como un monstruo por no cumplir con tu versión simplificada de la moralidad.

En tu cabeza, es mejor ser víctima eternamente que volver a encontrar la paz solo porque un verdadero monstruo no debería acabar muriendo a manos de alguien que no mostrase piedad por él.

—¿Dónde está Lana? —le pregunto con tacto, intentando no ponerlo más nervioso.

—Si Lana quiere que la encuentres, dejará que lo hagas.

Que sepas su identidad no la detendrá. En su vida como hombre altruista, cariñoso e increíble, Marcus hizo una única petición egoísta.

Preferiría morir antes que negarle esa última voluntad, y Lana también.

Venganza…, eso era lo único que quería de ella. Y venganza es lo que tendrá.

—¿Dónde está? —vuelvo a preguntar.

—Dejó que la historia tomara forma, guiándo­te poco a poco hacia la verdad, permitiendo que calara en ti… toda la tortura que sufrió. Todo el dolor que padeció su familia. Lo cambió todo por completo para albergar la esperanza que había depositado en ti. Vaya manera de fastidiarlo todo.

—¿Dónde está, Jacob? —gruño.

Me mira y una sonrisa burlona se dibuja en sus labios.

—Prefiero Jake —se mofa—. Y ya has perdido.

Lana y yo trabajamos sin descanso durante mucho tiempo para perfilar todo el pueblo y determinar cada uno de los caminos que podrían seguir los personajes clave.

Nos hemos preparado para cualquier escenario y vamos diez pasos por delante.

Conocer nuestra identidad no te servirá de nada.

De hecho, ¿por qué no les cuentas que es Victoria quien ha regresado de entre los muertos con mi ayuda? Todo el pueblo se sumirá en el pánico.

Aprieto la mandíbula mientras lo fulmino con la mirada.

—¿Dónde. Está?

—Eso ya no te incumbe —responde con desdén—. Solo he venido hasta aquí para asegurarme de que se la escuchara, ya que hiciste lo peor que podías hacer: la silenciaste. Te negaste a escucharla. Ahora me toca rezar para que vea en mí razón suficiente para seguir viviendo.

Levanto la pistola y lo apunto, aunque no tengo intención de apretar el gatillo.

—¿Dónde está? No pienso repetirlo.

Su mirada se vuelve más fría.

—Como he dicho, nos hemos preparado para todos los escenarios posibles en cualquier situación.

Levanta las manos lentamente, como si fuera a ponerlas detrás de la cabeza, pero en cambio se introduce algo en los oídos.

—Debería haber mencionado que incluso calculé el tiempo que nos llevaría esta conversación.

Antes de que pueda preguntar siquiera a qué se refiere, un pitido agudo y penetrante me tala­dra los oídos y dejo caer el arma para agarrarme la cabeza, que tiembla como un tambor recibiendo golpes.

Caigo de rodillas mientras el sonido aumenta hasta convertirse en algo insopor­table, y cierro los ojos con fuerza para inten­tar volver a ponerme en pie.

Tan súbitamente como comenzó, el ruido cesa, y aunque mi audición tardará unos minutos en recuperarse, siento un alivio instantáneo. Cuando abro los ojos de par en par, veo que Jake ya se ha ido, y entonces miro la caja en la pared que acaba de hacerme caer de rodillas.

Lo ha planeado todo hasta el último detalle, igual que Lana. Solo que ella esperaba un resul­tado diferente.

Siento como si me hubieran metido la cabe­za en una licuadora. Lo que estaba arriba ahora está abajo. La derecha está a la izquierda. Lo bueno es malo.

Antes de darme cuenta, golpeo la pared con el puño, e ignoro el dolor punzante que me recorre el brazo al estrellar los nudillos contra la madera implacable.

Aprendí a controlar todas mis emociones mucho antes de unirme al FBI. Aprendí a ocultar la ira. Aprendí a mantener la compostura. Aprendí a atenuar cualquier tipo de sentimiento por intenso que fuera.

Pero hoy no.

Me derrumbo y tiro todo lo que encuentro en la cabaña mientras siento cómo me arrancan el corazón del pecho, y por primera vez en más de quince años, pierdo los estribos.