Capítulo 1. Logan #2
—Sabía que vendrías —dice arrastrando las palabras mientras se incorpora—. Así que guárdate la pistola. Si fuera una amenaza, ya estarías muerto. Por suerte para ti, me gusta respirar, y dudo que a Lana le pareciera bien que conservase el oxígeno si te pusiera una mano encima.
Lo miro fijamente mientras suelto una mano y sujeto el arma con la otra.
—¿Dónde está?
Él bufa con desdén.
—Has venido solo, lo que significa que aún no se lo has contado a tu equipo. Bueno, aparte de al tal Leonard, en cuya cabaña irrumpiste y de la que saliste corriendo poco después.
—Nos estás vigilando. No es ninguna sorpresa, ya lo sabía. ¿Dónde está Victoria?
Abre ligeramente los ojos.
—Ah, así que ahora has descubierto la verdad, después de acusarla y silenciarla. Un poco tarde, ¿no crees?
En su tono se percibe una profunda acritud, como si me odiara y hubiera estado esperando a que se demostrara que tenía razón.
—Se llama Lana. A Victoria Evans la mató este pueblo.
Ella ya no puede ser Victoria Evans. Tuvo que reinventarse para encontrar las fuerzas que le permitieran seguir adelante.
La llamaste enferma, pero no tienes ni idea de a qué te estás enfrentando.
No tienes ni puta idea de las cosas a las que sobrevivió.
Se va cabreando un poco más con cada frase a medida que se levanta despacio.
Agarro más fuerte el arma con una mano, observándolo con recelo.
—Parece que te funcionan las piernas —le digo con sarcasmo al hombre que se la ha jugado al mundo entero.
Él se da unos golpecitos.
—Me funcionan mejor las piernas que a ti el cerebro.
—Pensé que era Kennedy Carlyle y que había desarrollado una obsesión enfermiza por la familia Evans debido a las coincidencias que se dieron en las dos ocasiones en que sus caminos se cruzaron con la muerte. Y…
—Kennedy Carlyle era una drogadicta egocéntrica que, francamente, suponía una auténtica amenaza para la sociedad.
Era solo cuestión de tiempo que se colocara tanto como sus padres se emborrachaban y matara a alguien.
Por caprichos del destino, solo se cargó un árbol la noche en que se mató.
Me pareció un desperdicio que se perdieran tanto la identidad como unos fondos enormemente valiosos para alguien que necesitaba sobrevivir.
—Asumí que fuiste tú —digo con calma—. El que le cambió el mundo.
—En realidad, falsificar historiales médicos es bastante fácil, siempre y cuando sepas por dónde empezar —dice, volviendo a darse golpecitos en las mismas piernas que convenció a todo el mundo de que no funcionaban—.
Necesitaba una identidad legítima, necesitaba dinero y necesitaba una oportunidad.
Si hubieran descubierto que había sobrevivido, habrían ido a por ella.
Y en aquellas circunstancias la habrían matado casi sin esfuerzo.
Deja escapar un suspiro, intentando calmar su rabia. No aparto la vista de él mientras habla, intentando encajar todo lo que me cuenta.
—Cuando me dijo que estaba tonteando con un agente del FBI, casi sufro un aneurisma —dice, apartando la mirada mientras se ríe con desgana—. Me había deslomado por asegurarme de que nadie descubriera quién era.
Vuelve a mirarme a los ojos.
—Entonces hablamos en persona y sonrió al decir tu nombre. Sonrió con esperanza. —Traga saliva con dificultad—. La obligué a tomarse un mes entre cada asesinato asegurándole que era lo más prudente, cuando en realidad…
—Te preocupaba que cuando todo esto terminara no le quedara ningún motivo por el que seguir viva.
Se le empañan los ojos y asiente con entereza.
—Estaba ganando tiempo —dice en voz baja—.
Pero, una vez que te conoció, comprendí que teníamos una esperanza de la hostia.
Ahora mismo solo veo un cascarón vacío. Deseaba estar equivocado sobre ti, agente especial Bennett.
Accedí a todos los cambios que hizo en nuestros planes.
¿Sabes por qué se negó a que Lindy os contara lo que pasó?
Ladeo la cabeza antes de guardar la pistola en la parte trasera de los pantalones.
—Quería que escucháramos la historia cuando llegáramos aquí. Quería causar el máximo impacto.
Me mira fijamente a los ojos.
—Quería causar el máximo impacto en ti. A los demás que les den por saco.
Puede que siga queriendo venganza, pero todo lo demás ha girado en torno a ti.
Prácticamente rezaba para que el Hombre del Saco fuera a por ella solo para poder matarlo y acabar con la amenaza que suponía para tu vida.
Y tú la tratas como a un monstruo. ¿Por qué?
¿Porque mata gente? ¿Tratas a tus hombres como monstruos?
¿Te miras en el espejo con ese mismo desdén?
Porque he visto tu expediente. Has disparado y matado a trece asesinos en serie desde que empezó tu carrera.
Esos sí que eran monstruos, igual que todos los hombres a los que Lana ha ejecutado.
Me tambaleo, luchando con esa delgada línea entre la locura y la sensatez.
—¿Pero qué se supone que debía hacer? ¿Olvidarlo todo y hacer como que nunca ocurrió?
—continúa—. ¿Solo porque la ley dice que está mal vengarse de los monstruos a menos que tengas una placa o un permiso del gobierno?
—Da un paso hacia mí, apuntándome con el dedo—.
Esta chica se ha pasado años entrenando, aprendiendo a controlarse para mantener la cabeza fría.
Algo que ni siquiera se les exige a nuestras fuerzas armadas o al cuerpo de policía.
¿Estos hombres? Acabaron con toda su familia.
Acabaron con ella. ¡Con dos putos críos!
—Se le quiebra la voz y se vuelve, dándome la espalda cuando las emociones pueden con él.
Ni siquiera sé qué decir. Cualquier cosa que no sea mostrarme de acuerdo con él podría dar lugar a una posible reacción violenta por su parte, pero, por alguna razón, tampoco me atrevo a expresar mi total aceptación en voz alta.
Siempre he estado del lado de la ley, trabajando sin descanso por la justicia, respetando todos los cauces legales.
Aunque Lana lo intentó. Jake lo intentó. Pero se les denegó.
—Lo quería —dice cuando se da la vuelta, con los ojos llenos de lágrimas que luchan por derramarse—.
Lo quería y lo traté como a un sucio secreto delante de la gente mientras lo amaba con todo mi ser a puerta cerrada.
Marcus aceptaba las migajas que le ofrecía porque me quería tanto que no podía dejarme marchar, a pesar de que merecía algo mejor.
Le caen lágrimas por las mejillas y se las seca con enfado.
—En todos estos años, no ha habido un solo día en que no me planteara cómo podría compensarle por haberle fallado tan estrepitosamente cuando aún vivía. Daba por sentado lo que teníamos. Nunca me di cuenta de lo poco común que era todo aquello ni de lo rápido que podía desaparecer.
Se deja caer lentamente sobre el sofá, como si las rodillas le fallaran.