Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 1. Logan
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Rojo sangre (Mindf*ck 5)

Rojo sangre (Mindf*ck 5)

Por S.T. Abby

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Capítulo 1. Logan

LOGAN

Rara vez nos sentimos orgullosos cuando estamos solos.

—V OLTAIRE

Hadley da un respingo cuando abro de golpe la puerta de su habitación. Se quita los auricula­res de un tirón y se agarra el pecho con la mano que le queda libre.

—¡La madre que te parió, pedazo de chalado! No vayas por ahí pegando sustos cuando tenemos a un asesino en serie literalmente a la vuelta de la esquina.

—Más bien viviendo un par de cabañas más abajo, ¿no? —pregunto sin rodeos, aunque hay cierta aspereza en mi tono que hace que toda ella se tense.

No hace falta ni que lo confirme, pero quiero que me lo diga.

—¿Lo sabías? —le pregunto en voz baja, con un tono cargado de incredulidad y el corazón roto.

Ahora mismo me duele todo, aunque lucho por contener el torrente de emociones. En esta unidad, te entrenan para controlarlas a toda costa. Jamás me había resultado tan difícil como hoy.

Mueve los labios durante varios segundos antes de que las palabras empiecen a brotar.

—Lo siento, Logan, pero…

—¡Lo sabías! —la acuso a gritos mientras le doy un puñetazo a la pared y todo mi cuerpo se agita en busca de un poco de aire que no parezca estar cargado de plomo.

—¡Logan! —grita, y yo me doy la vuelta para mirarla a la cara, recuperando lentamente la calma—. Escucha. Era complicado, y ella…

—Se acabó, Hadley. Nuestra amistad. Paso de tu puta cara —digo, rompiendo una promesa.

Inmediatamente se le llenan los ojos de lágrimas.

—¿En serio? —Tiene el morro de preguntarlo con tono incrédulo.

—Sí. No puedo ser amigo de alguien capaz de ver cómo me enamoro de una persona así y no decirme la verdad.

Entrecierra los ojos y le tiembla el labio.

—¿Una persona así? ¿Alguien dispuesta a morir y matar por mantenerte a salvo? ¿Alguien que te quiere tantísimo como para replantearse su plan de venganza?

—¿Su plan de venganza? —pregunto con amargura, sacudiendo la cabeza mientras me doy la vuelta y me alejo a paso firme—. ¡Esto no es su puto plan de venganza!

Cierro de un portazo y me dirijo a la habitación de al lado, donde Leonard casi se cae de la silla cuando irrumpo en ella.

—¡Joder! Tranqui, tío. Estoy buscando más información sobre Ken…

Deja de hablar en cuanto me ve la cara.

—Ay, mierda —dice soltando el aire.

—Sí —digo, dejándome caer sobre una silla y cogiendo la botella de whisky que asoma de su bolsa de viaje—. Lo ha reconocido.

—¿Que ha hecho qué? —dice, estupefacto.

—Básicamente lo ha admitido. No fui capaz de quedarme para escuchar la confesión completa.

—¿Dónde coño está ahora?

Me paso la manga por los ojos y luego levanto la botella.

—Esposada a mi cama —digo después de beber un sorbo.

Él abre mucho los ojos.

—No tengo ni idea de qué hacer ahora. La tengo tan metida en la puta cabeza que no me atrevo a delatarla ante nadie de este pueblo ni al FBI. Pero sé que tengo que hacer algo. Y, como no sé qué, la he dejado esposada.

Es una forma terrible de ganar tiempo, pero es la única que se me ocurre.

Se frota la cara antes de pasarme un expediente.

—Aparte del consumo de drogas, no encuentro nada en su historial que la indujera a hacer algo así. Lleva años limpia y no le he visto marcas de pinchazos. Tampoco sufre delirios ni psicosis…

—De ahí que no tenga ni puta idea de qué hacer —gruño—. Está lúcida, muy consciente de su entorno, no tiene ni un pelo de tonta y, desde luego, no es de las que se dejan manipular fácilmente por nadie, ni siquiera por Jacob Denver.

Me río sin ganas cuando me viene un recuer­do a la mente. Ella lo llamaba Jake, y hasta me dijo que era su «socio» bisexual. Nunca llegué a atar cabos. Estaba demasiado cegado por lo que sentía por ella como para contemplar siquiera semejante posibilidad.

—Ahí tienes el expediente —dice en voz baja—. Échale un vistazo. Tal vez te ayude a tomar una decisión.

Cojo el expediente de la mesa y lo abro. Al ver el contenido de la carpeta, no puedo evitar hacer una mueca de asco por las imágenes espe­luznantes que contiene. Pero hay algo que no tiene sentido.

—¿Qué cojones? —pregunto en un susurro.

Ojos azules. En la foto que tienen archivada desde antes del accidente, Kennedy Carlyle no se pare­ce en nada a Lana Myers. Y tenía los ojos azules, sin lentillas.

Hojeo las fotos y encuentro las que hicieron de las lesiones de Kennedy para el informe poli­cial. Conozco demasiado bien el cuerpo de Lana, y las marcas de la foto, aunque algo similares, no son exactamente iguales.

Un escalofrío me recorre la espalda a medida que me asaltan posibilidades repugnantes.

—¿Por casualidad no tendrás el expediente de Victoria Evans? —pregunto con calma, manteniendo la voz firme.

Él me lo pasa de inmediato.

—¿Por qué?

Respiro hondo antes de abrir el archivo, y un par de inquietantes ojos verdes me miran fijamente con un rostro que no encaja en el de Lana, pero que aun así guarda cierto parecido.

Se me encoge el corazón cuando abro el archivo con las fotos y encuentro las que también enviaron a la policía. Siento náuseas al ver que las marcas coinciden a la perfección con las cicatrices que conozco de memoria.

—Me cago en la puta —digo entre dientes.

—¿Qué pasa? —exige saber Leonard.

Abro los ojos de par en par mientras el remor­dimiento brota y estalla dentro de mí, sacudiéndome hasta lo más profundo.

—Lana Myers no es Kennedy Carlyle.

Él me mira sin entender nada y yo le devuel­vo la carpeta.

—Lana Myers es Victoria Evans.

Deja caer el expediente como si le quemara en las manos y levanta la vista rápidamente para mirarme a los ojos, muy sorprendido.

De alguna manera, probablemente con la ayuda de Jake, ingresó como Victoria Evans y salió como Kennedy Carlyle. Teniendo en cuenta que apenas me atrevo a mirar a ninguna de las dos en esas fotos, con los rostros tan destrozados, no me sorprende que le costara tan poco hacerlo.

—Esto lo cambia todo —dice con voz apagada.

Saca el portátil y yo me recuesto; mi enfado se va disipando poco a poco a medida que empie­zo a pensar. Paré en esa cafetería por casualidad, ya que nuestro sitio habitual estaba cerrado. La perseguí: quería ganarme su confianza, e incluso vi en ella algo que yo necesitaba.

Antes de conocerme, probablemente son­reía poco. Conmigo, cada sonrisa era sincera y espontánea. Cada caricia estaba cargada de deseo y de esas emociones que tanto le cuesta mostrar.

Ella confiaba en mí.

—Es muy probable que no haya sufrido un brote precisamente gracias a ti —sisea Leonard sin dejar de teclear en el portátil.

Doy otro sorbo a la botella y me pongo de pie, pero Leonard me agarra de la muñeca.

—Las imágenes del programa no coinciden.

—¿Cómo?

Señala los expedientes.

—Tengo copias de sus archivos en papel, ya sabes que soy de la vieja escuela, pero en el ordenador las imágenes están intercambiadas.

Miro la pantalla y, efectivamente, Victoria Evans presenta las heridas de Kennedy Carlyle y viceversa. Los ojos verdes del expediente de Kennedy se encuentran con los míos.

—Jake pudo cambiar lo que hubiera en los ordenadores, pero no antes de que crearan un expediente físico —susurro para mis adentros.

Nunca lo habría sabido.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Leonard.

—Dile a Hadley que no cuente nada. Ahora mismo no puedo hablar con ella. Y tú tampoco abras el pico.

Intenta sonreír, pero se contiene. Ha estado defendiéndola entre bambalinas, y yo estuve a punto de apartarlo del caso.

Todo este tiempo, he estado enamorado de la chica cuyo único deseo es acabar con este pueblo.

Vuelvo corriendo a mi cabaña, abro la puerta de un tirón y salgo disparado hacia el dormitorio. Es entonces cuando se me encoge el corazón.

Las esposas están tiradas en el suelo junto con la sábana. Y las cosas de Lana ya no están.

Trago saliva a pesar del nudo que tengo en la garganta mientras me siento despacio sobre la cama.

Me salvó la vida.

Yo la aparté.

Tardo un minuto en darme cuenta de que llevo fuera más de una hora, aunque en mi mente han transcurrido apenas unos minutos. Le he dado demasiado tiempo para escapar.

Cojo el teléfono y llamo a Leonard mientras salgo.

—Necesito saber si le queda algún cabo suelto en este pueblo.

Se oye el sonido de las teclas de fondo. Estoy tentado de preguntarle a Hadley, pero, después de lo que acabo de decirle, dudo que esté dispuesta a ayudarme.

—Christopher Denver era el propietario de una de esas cabañas de caza que hay en el bosque. Te enviaré un mensaje con la ubicación.

Cuelgo y me cambio inmediatamente de ropa y de zapatos. No se puede correr bien por el bosque con traje.

Salgo volando de la casa segundos después, mientras leo el mensaje con la ubicación. Mientras corro, más recuerdos se agolpan en mi cabeza.

Lisa se burló de ella, básicamente intentó provocarla. Lana podría habérsela cargado.

O Victoria, mejor dicho.

Se marchó en pleno altercado con Johnson y el sheriff porque la estaban cabreando y temía no lo que pudiera decir, sino lo que pudiera hacer .

Ver al sheriff tuvo que ser duro para ella porque sí parecía necesitar realmente pasar conmigo las dos puñeteras horas que me pidió. Y volví, me la follé y luego armé un buen lío, incitándola a que mostrara su verdadera cara.

Me fui cuando se echó a llorar. La asesina despiadada que torturó y masacró a los monstruos de su pasado… lloró por mi culpa. Ni siquiera se enfadó.

Es una persona tan impredecible que no sé qué hacer con ella.

En cuanto llego a la cabaña, me saco la pistola de la funda del tobillo y la sostengo al costado. Tras dos respiraciones rápidas, derribo la puerta de una patada, pero me detengo, con la pistola a un lado y sin apuntar a nada.

Jacob Denver está sentado en el sofá como si me estuviera esperando.

Ladeo la cabeza con los ojos entrecerrados y él se pone cómodo, completamente relajado.

Recorro con la mirada la cabaña vacía y las paredes desnudas. Me habla mientras yo agarro el arma con ambas manos, dispuesto a dispararle si me da un motivo para hacerlo.