Rojo Manhattan 45 · Camila
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45 · Camila

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Camila

Lo primero que recuerdo del después es el techo.

Un techo desconocido, manchado de humedad, y la luz de una lámpara barata, y un dolor en el costado tan grande que al principio pensé que el dolor era yo, que no quedaba debajo ninguna persona, solo eso.

Tardé un rato en entender que estaba viva.

Tardé otro en entender por qué: porque a los pies de la cama, en una silla, sin afeitar, con la ropa todavía manchada de sangre que no era suya, estaba Adrián, mirándome como si llevara tres días sin hacer otra cosa. Que es lo que llevaba.

—Hola —dije, y la voz me salió como papel de lija.

Él no dijo nada durante un segundo. Solo cerró los ojos, despacio, como un hombre al que le quitan de encima algo que no podía sostener mucho más. Y cuando los abrió, se levantó, se acercó, y me cogió la cara con las dos manos.

—Llevabas tres días sin decidirte —dijo, con la voz rota—. Te juro que como vuelvas a hacerme esto, te mato yo.

—Qué romántico.

—Lo aprendí de ti.

—Bebe algo —dijo después, acercándome agua—. Tres días con un gotero. Calla y bebe.

—Mandón.

Me había sacado del teatro en brazos, eso ya lo sabía.

Lo que no sabía, porque estaba ocupada perdiendo el conocimiento, es lo que vino después: que me llevó a un médico de los que no hacen preguntas si les pagas lo suficiente, uno de esos nombres que la gente como nosotros guarda para el peor día, y que pagó lo suficiente, y que se quedó.

Tres días. Sin moverse. La bala me había entrado limpia y había salido sucia, rompiéndome cosas por dentro que tardarían meses en volver a su sitio, si es que volvían.

Iba a vivir. Pero no iba a ser la misma, y no me refiero solo al costado.

Cuando pude hablar más de tres palabras seguidas, hablamos de lo que faltaba. Porque habíamos matado al Cardenal, sí, pero matar al monstruo más grande no apaga sola la casa que arde detrás. Quedaban cabos. Quedaban tres, en concreto, y los tres podían matarnos todavía.

—El Rojo —dije—. Lo dejaste allí.

—Lo dejé allí —admitió—. Encima de él. Con la policía a punto de llegar y tú desangrándote, elegí. No me arrepiento.

—Bien —dije, y lo decía en serio—. Nunca quisimos el libro. Quisimos salir. Y un libro como ese, en nuestras manos, no es una salida; es una diana que te llevas a casa. Que se lo quede quien lo encontrara. Nosotros tenemos lo único que de verdad necesitábamos de él.

—¿Y las agencias? —preguntó Adrián—. Hale te dio un alto el fuego, no un perdón. Renata no te dio ni eso.

—Las agencias entienden un solo idioma —dije—. El de lo que pierden si nos tocan. Mientras exista una copia del seguro ahí fuera, somos dos cadáveres capaces de hundirlos desde la tumba.

—¿Y si no aceptan el trato?

—Lo aceptarán. La gente que manda no se juega su imperio por orgullo. Eso lo hacen los Marchetti.

Porque eso era lo que las agencias no sabían, y lo que nos mantenía vivos: el Rojo físico se quedó sobre el cadáver del Cardenal, pero las cuatro copias del seguro que habíamos repartido por el mundo seguían donde nadie iba a encontrarlas, listas para hacerse públicas el día que nosotros dejáramos de mandar una señal.

El Cardenal había localizado tres antes de morir.

La cuarta no la encontró nunca. Y con una basta.

Con una sola copia de los secretos de toda la gente peligrosa del país, dos espías muertos pueden seguir dando miedo desde la tumba.

Y así fue. No hubo reunión, ni apretón de manos, ni perdón.

Hubo un mensaje nuestro, a Hale y a Renata a la vez, frío y corto: seguíamos teniendo el seguro, a cambio de que no saliera nunca solo pedíamos que dejaran de existir para nosotros, y un trato en el que los dos perdéis si rompéis el silencio es el único trato que dura.

Hale contestó con seis palabras. "Lince y Cuervo, muertos en servicio.

" Era su forma de firmar. Nos borraba. Nos daba por caídos.

Nos dejaba ir. Renata no contestó, pero a la semana siguiente mi nombre, mi viejo nombre, el de verdad, desapareció de todos los sitios donde un nombre puede ser un problema. También era una firma.

Quedaba Bianca.

—A Bianca no la borra ningún seguro —dijo Adrián—. No es una agencia. Es una mujer que te ha mirado a los ojos y que no olvida.

—Lo sé —dije—. Por eso a Bianca no la vamos a amenazar. A Bianca le vamos a decir la verdad.

Y es que Bianca no era una organización con normas; era una persona con memoria, y rencor, y la mala costumbre de no rendirse.

Había sobrevivido a la guerra que le montamos contra el Cardenal, pero no de cualquier manera: salió de ella herida, sin su aliado más poderoso, con su imperio a medio derrumbar y media docena de enemigos nuevos oliéndole la sangre.

La última vez que tuvimos noticias suyas, estaba demasiado ocupada intentando seguir viva como para gastar energía en buscarnos.

Pero un día lo intentaría. Las dos lo sabíamos.

Así que le mandé yo, en persona, lo último que esperaba recibir: no una amenaza, sino la verdad.

Un mensaje que le decía que el Cardenal estaba muerto, que el libro que él tanto quería estaba a su disposición sobre su cadáver si lo quería, y que nosotros desaparecíamos esa noche para siempre.

Que no íbamos a por ella. Que nunca lo habíamos querido.

Que lo único que Elena Sinclair se llevaba de los Marchetti era el haber conocido a la única de ellos que de verdad daba miedo.

Bianca era lista. Sabía leer entre líneas.

Y entre las líneas había un trato igual de claro que el de las agencias: tú no nos buscas, nosotros no contamos lo que sabemos, y los dos morimos en paz de viejos en vez de jóvenes y a tiros.

Su respuesta fue el mejor regalo que me hizo nunca esa mujer peligrosa y rota.

Silencio. Un silencio que duraba ya semanas y que, conociéndola, era lo más parecido a un "vivid" que iba a salir nunca de su boca.

Y así, una noche cualquiera, sin ceremonia, dejamos de estar en guerra. No hubo un momento exacto. No sonó ninguna campana. Sin más: una mañana llevaba ya una semana sin mirar por encima del hombro, y el silencio del piso había dejado de ser el de antes de un disparo para volverse solo silencio.

Pero libre no es lo mismo que entera. Eso lo aprendí en aquellas semanas, mirando el techo manchado mientras el costado me enseñaba, despacio, a volver a moverme.

Habíamos ganado. Estábamos vivos los dos, que era más de lo que nadie habría apostado.

Y, sin embargo, algunas noches miraba a Adrián dormir en aquella silla que ya no necesitaba pero de la que no se movía, y veía en su cara, incluso dormido, la sombra de lo que había tenido que volver a ser en aquel teatro para sacarme con vida.

Yo le había pedido al Cuervo una última vez.

Y el Cuervo había vuelto. Lo que no sabía, lo que ninguno de los dos sabía todavía, era si el hombre que yo quería iba a poder volver del todo de donde yo lo había mandado, o si me había quedado con él vivo a cambio de quedármelo a medias.

De eso, de quiénes éramos ahora que ya no éramos espías, ni asesinos, ni la señora y el señor Sinclair, no hablamos en aquellas semanas.

Estábamos demasiado ocupados en lo primero: que yo respirara, que él durmiera, que los dos aprendiéramos el oficio nuevo y rarísimo de despertarnos sin una misión.

Pero la pregunta estaba ahí, en el aire de aquel piso prestado, esperando a que yo tuviera fuerzas para hacerla en voz alta.

La pregunta de qué se hace con un después cuando llevas toda la vida sin creer que ibas a tener uno.

Una mañana, por fin, tuve fuerzas.

—Adrián —dije—. Cuando pueda andar sin que se me abra el costado, tú y yo nos vamos a tener que sentar a hablar de una cosa.

Él levantó la vista del café malo que se había acostumbrado a hacerme.

—¿De qué?

—De qué hacemos ahora. Del después. De si dos personas como nosotros pueden tener uno de verdad, o si solo sabemos sobrevivir. —Cogí aire, que todavía me dolía—. Porque hemos matado por llegar hasta aquí, Adrián. Sería una pena no atrevernos a vivir, ahora que estamos.

Adrián me miró un rato largo.

—¿Eso es una propuesta? —dijo, con esa media sonrisa suya que nunca sé si es de verdad o de defensa.

—Es una amenaza. La propuesta la hablamos cuando pueda levantarme sin tu ayuda.

Y por primera vez en mucho tiempo, los dos nos reímos.