46 · Adrián
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Adrián
La conversación la tuvimos tres semanas después, cuando Camila pudo cruzar el piso sin agarrarse a los muebles y sin que se le pusiera esa cara de no estar bien que se le ponía.
Fue una tarde cualquiera, sin preparar, como pasan las cosas importantes de verdad.
Ella estaba sentada en el alféizar de la ventana, mirando una calle que no era nuestra, en una ciudad que no era nuestra, y yo le acababa de poner delante el enésimo café malo, y entonces dijo, sin mirarme:
—¿Te acuerdas de lo que te dije? Que teníamos que hablar de una cosa.
—Me acuerdo.
—Pues vamos a hablarla. —Cogió aire—. ¿Qué somos ahora, Adrián?
Porque llevo toda la vida sabiendo siempre lo que era.
Lince. Una operativa. Una herramienta muy cara y muy buena.
Y de repente no soy nada de eso, y no sé qué soy en su lugar, y eso, después de matar a media ciudad para llegar aquí, me da más miedo que cualquier pistola.
Lo pensé antes de contestar, porque era la pregunta más importante que me habían hecho nunca y no quería estropearla con una frase bonita.
—No lo sé —dije al final—. Y creo que esa es la respuesta, Camila.
No lo sabemos. Llevamos toda la vida siendo lo que otros decidieron que fuéramos.
Tú, una operativa. Yo, un arma con nombre de pájaro.
Nunca, ni un solo día, hemos podido despertarnos y decidir nosotros qué éramos.
Y ahora, por primera vez, no hay nadie ahí fuera diciéndonoslo.
Da vértigo, sí. Pero no es el vacío que tú crees.
Es una hoja en blanco. Y resulta que da más miedo una hoja en blanco que una orden, porque en la hoja en blanco el que escribe eres tú.
Ella no dijo nada. Pero me escuchaba, que en Camila era mucho.
—Tú me dijiste una vez —seguí— que querer te daba miedo.
Que para ti querer y peligro eran la misma palabra.
Y tenías razón, porque cada vez que has querido algo en tu vida, alguien ha intentado usarlo para hacerte daño.
A mí me pasaba igual. Por eso los dos éramos tan buenos en lo nuestro: porque no teníamos nada que perder, y un hombre sin nada que perder es la herramienta perfecta.
—Me senté frente a ella, en el suelo, para mirarla desde abajo, como se mira lo que importa—.
Y entonces apareciste tú al otro lado de una pistola, en Viena, y por primera vez en mi vida tuve algo que perder.
Y no me convirtió en peor operativo. Me convirtió en una persona. Tarde, mal, a tiros, pero una persona.
—Yo te mandé al teatro —dijo ella entonces, y por fin me miró, y tenía los ojos brillantes de una manera que no le había visto nunca—.
Te pedí que volvieras a ser el Cuervo. Sabía lo que te costaba, lo que llevabas todo este tiempo huyendo de eso, y aun así te lo pedí, porque te necesitaba para vivir.
Llevo tres semanas con miedo de haberte roto.
De haberme quedado contigo a cambio de romperte.
Ahí estaba. El miedo de ella y el mío, el mismo, mirándose por fin a la cara.
—No me rompiste —dije—. Escúchame, porque esto necesito que lo entiendas.
Yo tenía miedo de no poder volver. De que, si volvía a ser el Cuervo una vez más, ya no supiera ser otra cosa, y me quedara así para siempre, y te arrastrara conmigo.
Pero ¿sabes qué pasó cuando salí de aquel teatro contigo en brazos?
Que no quería volver a disparar nunca más.
Por primera vez en mi vida, el Cuervo no quería seguir cazando.
Quería llevarte a un médico y que vivieras.
Eso es lo que tú me has dado. No me has roto.
Me has dado una razón para colgar el arma que es más fuerte que todas las razones que me dieron para usarla.
Camila se bajó del alféizar, despacio, con cuidado de su costado, y se sentó en el suelo conmigo, frente a frente, las rodillas tocándose, como dos críos que se cuentan un secreto.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, y por primera vez no lo preguntaba con miedo. Lo preguntaba con algo que tardé en reconocer porque no se lo había oído nunca: ganas.
—Lo que no nos han dejado hacer nunca —dije—.
Elegir. Nos han dado por muertos, Camila.
Dos veces. Lince y Cuervo están enterrados, Elena y Julian Sinclair nunca existieron.
Por primera vez en nuestra vida, no hay ninguna ficha con nuestra cara, ninguna agencia, ninguna orden, ningún nombre que no hayamos elegido nosotros.
Estamos muertos para todo el mundo. —Le cogí la mano—.
Y los muertos, resulta, son la gente más libre del planeta.
Podemos ser quien queramos. Lo único que tenemos que decidir es quién.
—¿Y si no sabemos? —dijo—. ¿Y si llevamos tanto tiempo siendo armas que ya no sabemos ser personas?
—Entonces lo aprendemos. Despacio. Es un oficio nuevo, como cualquier otro. Y los dos siempre hemos sido muy buenos aprendiendo oficios difíciles.
No voy a contar cómo desaparecimos, porque desaparecer bien es lo único que de verdad sabíamos hacer y sería de mal gusto presumir.
Solo diré que un hombre y una mujer que llevan toda la vida construyendo identidades falsas para otros saben construirse, cuando quieren, dos que no se caen nunca.
Nos fuimos lejos. Cambiamos de nombre, otra vez, pero por última vez, y esta vez los elegimos nosotros, que no es lo mismo.
El después, el famoso después, resultó no parecerse en nada a lo que yo me había imaginado todos aquellos años, esperándolo como se espera una recompensa.
No fue una playa, ni una mansión, ni el descanso del guerrero.
Fue una casa pequeña en un sitio donde llueve mucho, con una cocina en la que Camila sigue haciendo un café horrible que yo me bebo igual.
Fue aprender a dormir sin el arma debajo de la almohada, que nos costó más de un año a los dos, y que algunas noches todavía no conseguimos.
Fue ir al mercado un sábado y discutir por el precio de los tomates como si fuera lo más importante del mundo, porque por una vez no había nada más importante del mundo, y eso, después de una vida en la que cada día podía ser el último, era un milagro tan grande que a veces me paraba en mitad de la calle, con la bolsa de los tomates en la mano, y me tenía que aguantar las ganas de llorar.
Seguimos siendo quienes somos. Eso no se cura, ni quiero que se cure.
Camila sigue colocándose de espaldas a la pared en los restaurantes.
Yo sigo contando las salidas de cualquier sitio en el que entro.
Los dos seguimos durmiendo con un oído puesto en la puerta, y en algún lugar del mundo sigue habiendo una copia de un libro rojo que nos mantiene a salvo y que es nuestra forma, un poco retorcida, de seguir cuidándonos el uno al otro incluso muertos.
No nos hemos vuelto personas normales. Solo hemos dejado de ser armas. Es distinto. Y es suficiente.
Hace dos meses, por su cumpleaños, la llevé a Viena.
No se lo dije hasta que estuvimos en el avión. Ella miró el billete, miró por la ventanilla, y luego me miró a mí con esa cara suya de operativa que calcula un riesgo.
—Viena —dijo—. ¿Sabes lo que pasó la última vez que los dos estuvimos en Viena?
—Lo sé mejor que nadie —dije—. Me apuntaste a la cabeza y no disparaste. Llevo tres años dándole vueltas a por qué.
—¿Y ya lo sabes?
—Creo que sí. —Le cogí la mano sobre el reposabrazos—.
Creo que no disparaste por lo mismo que yo no disparé al día siguiente, cuando me tocó a mí y tampoco pude.
Porque los dos vimos, en el otro, la única persona del mundo que entendía de verdad lo que era estar tan solo.
Y resulta que eso, sin saberlo, ya era esto. Ya era el principio de esto.
Camila no contestó. Pero giró la mano debajo de la mía y entrelazó los dedos, y se quedó mirando por la ventanilla las nubes que nos llevaban al sitio donde, sin querer, sin saberlo, todo había empezado con un disparo que ninguno de los dos fue capaz de hacer.
Aquella tarde, en Viena, paseamos por la misma calle donde una vez yo había sido un blanco y ella una asesina, cogidos de la mano, dos turistas cualesquiera, dos muertos felices, y nadie en el mundo, mirándonos, podría haber adivinado de dónde veníamos.
Y en algún momento, delante del mismo café en el que tres años atrás yo había notado por la espalda el frío de su mirada antes de saber siquiera que existía, Camila se paró, me miró, y dijo la única frase que de verdad cierra esta historia:
—Oye, Cuervo.
—Dime, Lince.
—Lo conseguimos. El después. Estamos en él.
Y lo estábamos. Después de dos agencias, de una familia de lobos, de un dios viejo y educado, de una orden que decía que teníamos que matarnos y de toda una vida obedeciendo, lo estábamos.
Habíamos hecho la cosa más difícil que pueden hacer dos personas a las que entrenaron para no sentir nada.
No habíamos sobrevivido al otro. Nos habíamos quedado.
Y en una calle de Viena, bajo una lluvia fina, dos armas que un día se negaron a dispararse aprendieron por fin, agarradas de la mano, el único oficio que de verdad importa, que no es matar, ni espiar, ni obedecer, sino quedarse.
Quedarse. A pesar de todo, quedarse.