Rojo Manhattan 44 · Adrián
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44 · Adrián

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Adrián

El sitio lo elegimos nosotros: un teatro viejo y cerrado, en una parte de la ciudad que el dinero había olvidado, con el patio de butacas a oscuras y un escenario al que llegaba, desde una claraboya rota, una sola columna de luz gris.

Lo elegimos por tres razones. Porque era nuestro, lo habíamos preparado durante dos días.

Porque tenía una sola entrada buena y tres malas que controlábamos.

Y porque a un hombre que se cree el dueño del mundo le gustan los escenarios; va a creerse, hasta el último segundo, que es él quien dirige la función.

Llegamos una hora antes. Camila colocó lo que teníamos que colocar, yo comprobé lo que teníamos que comprobar, y luego nos quedamos quietos en aquel teatro muerto, esperando, con el Rojo en una bolsa y la trampa montada a su alrededor como una telaraña que solo nosotros podíamos ver.

No hablamos mucho. Ya nos lo habíamos dicho todo la noche anterior.

Solo, justo antes de que llegara, Camila me buscó la mano en la oscuridad y me la apretó una vez.

Yo se la apreté de vuelta. Era nuestra forma de decir lo que no se puede decir en voz alta tres minutos antes de algo así.

El Cardenal llegó puntual, porque la gente que controla el tiempo de los demás nunca llega tarde.

Y no llegó solo, claro. Lo precedieron cuatro hombres que barrieron el teatro con la pericia aburrida de quien lo ha hecho mil veces, comprobando las salidas, los palcos, las sombras.

Encontraron casi todo lo que habíamos dejado para que encontraran, y no encontraron lo único que importaba, porque lo único que importaba no era una cosa: éramos nosotros, y la forma en que pensábamos usar los diez segundos que sabíamos que íbamos a tener.

Cuando sus hombres dieron el visto bueno, entró él.

Andando despacio por el pasillo central, entre las butacas vacías, hacia la luz del escenario, con su traje gris y su calma de catedral.

Subió los escalones. Se paró a una distancia estudiada: lo bastante cerca para hablar, lo bastante lejos para que cualquier movimiento brusco nuestro le diera a sus hombres tiempo de sobra para matarnos.

Tres pasos por delante, como siempre. Lo tenía todo pensado.

Casi todo.

—Han elegido un sitio con sentido del humor —dijo, mirando el teatro alrededor—. Me gusta. La mayoría de la gente, para morir, elige un sótano. Ustedes eligen un escenario. —Sonrió—. ¿Lo tienen?

—¿Habría venido si no? —dije.

—No. Y, aun así, aquí está la duda que me ha traído: por qué dos personas que llevan meses sin cometer un error me ofrecen de pronto la victoria en bandeja. Convénzanme de que es rendición y no otra cosa.

—Lo tenemos —dije, y levanté la bolsa. Era toda la respuesta que un hombre como él iba a aceptar, y lo sabíamos: a quien lo sospecha todo no se le convence con palabras, se le convence enseñándole lo que más desea.

—Enséñenmelo.

Aquí empezaba el teatro de verdad. Camila sacó el Rojo de la bolsa, despacio, con las dos manos a la vista, y lo sostuvo en alto bajo la columna de luz, para que él lo viera y para que sus hombres lo vieran, y nadie pensara en otra cosa que en el libro.

El Cardenal lo miró como un hombre mira lo único que ha deseado en cuarenta años.

Y por un instante, un instante de nada, la calma de catedral tembló.

Codicia. Pura, vieja, humana codicia. La grieta por la que se cuela la muerte de los hombres que se creen dioses.

—¿Saben qué es lo único que no he podido comprar en cuarenta años? —dijo, sin apartar los ojos del libro—. Una noche de sueño sin pensar en ese cuaderno. Me lo devuelven ustedes esta noche.

—O se lo quitamos para siempre —dijo Camila—. Según cómo salga.

—Según cómo salga. —Sonrió, y su voz salió un grado menos tranquila que antes—. Acérquenlo. Despacio.

Y ahí llegó el momento para el que lo habíamos preparado todo.

El único error que un hombre que nunca pierde podía cometer, y solo porque era humano: querer tener su secreto en las manos.

Mandó a uno de sus hombres a recoger el libro.

Yo conté con eso. Lo que el Cardenal no podía permitir era que ese hombre lo abriera, lo hojeara, viera lo que había dentro.

Así que, como yo sabía que haría, en cuanto su hombre tuvo el libro, el Cardenal alargó la mano y se lo quitó.

Para verlo él. Con sus propios ojos. Sin intermediarios.

Diez segundos. Eso era todo lo que necesitábamos, y todo lo que íbamos a tener: los diez segundos en que el hombre más peligroso del país, en vez de mirarnos a nosotros, bajaría la vista para mirar su página y comprobar que era de verdad.

Diez segundos en que dejaría de ser el cazador para ser, por primera vez en cuarenta años, un viejo distraído leyendo un libro.

Bajó la vista.

Y se disparó todo a la vez.

No voy a contar cada movimiento, porque pasaron en menos tiempo del que se tarda en leerlos, y porque algunos todavía me despiertan por las noches sin querer recordarlos.

Lo esencial es esto. La columna de luz que iluminaba el escenario, la única luz del teatro, la habíamos preparado para apagarse en el segundo que eligiéramos, y la apagó Camila desde un interruptor que sus hombres habían comprobado sin entender lo que comprobaban.

El teatro entero se quedó a oscuras de golpe, con el Cardenal en el centro, ciego, con su libro en las manos y la guardia bajada por primera y última vez.

Yo no estaba donde sus hombres creían que estaba.

Me había movido en cuanto bajó la vista, despacio, hacia el ángulo que llevaba dos días midiendo.

Y cuando se hizo la oscuridad, ya estaba a su lado.

Lo demás fue el oficio. El oficio para el que me entrenaron desde los diecinueve años, el que llevaba todo este libro intentando no volver a ser, y que aquella noche, en aquel teatro a oscuras, fui una última vez, por ella, por nosotros, por el después que un hombre nos había prometido y que pensábamos arrancarle con las manos. Fui el Cuervo. Y el Cuervo no falla.

Pero el Cardenal había venido con cuatro hombres, y los cuatro hombres tenían armas, y la oscuridad que nos dio la ventaja también los volvió locos.

Empezaron a disparar hacia el escenario, hacia donde había estado la luz, hacia donde sabían que estábamos nosotros.

Fue un caos de fogonazos y de gritos y de madera vieja saltando en astillas, y en mitad de ese caos, mientras yo terminaba lo que había venido a hacer, oí a Camila gritar mi nombre, y oí, justo después, el sonido que llevaba toda la vida temiendo sin saber que lo temía: el de una bala encontrando a la única persona del mundo que me importaba.

La encontré en el suelo, detrás de una butaca, apretándose el costado con las dos manos y con esa cara de sorpresa fría que ponen hasta los profesionales cuando les toca a ellos. Había sangre. Demasiada, demasiado deprisa.

—Estoy bien —dijo, que es lo que dice todo el mundo justo antes de no estarlo—. Termina. Termina, Adrián.

—Tú aguanta —dije.

Y terminé. No sé contarlo de otra forma.

Saqué a los cuatro hombres de aquel teatro de la única manera en que se saca a cuatro hombres armados en la oscuridad cuando la mujer que quieres se está desangrando a tus pies y ya no te queda dentro nada que no sea el arma que te hicieron.

Cuando volvió a haber silencio, el teatro estaba lleno de gente que no se iba a levantar, y en el centro del escenario, bajo la claraboya rota, el hombre que nunca perdía estaba caído sobre su página, perdiendo por fin, perdiéndolo todo, con cara de no terminar de creérselo.

El enemigo más poderoso al que nos habíamos enfrentado en la vida estaba muerto, y la trampa había funcionado, y habíamos ganado.

Pero aquello no me supo a victoria. No se puede sentir eso con las manos llenas de la sangre de la persona por la que lo has hecho todo.

Me arrodillé al lado de Camila, le aparté las manos del costado para ver lo que no quería ver, y me quité la chaqueta para apretársela contra la herida, hablándole, diciéndole tonterías, diciéndole que se quedara conmigo, que no habíamos sobrevivido a dos agencias y a una familia y a un dios viejo y educado para que ella se me fuera en el suelo de un teatro de mala muerte.

—Eh —murmuró ella, con la voz cada vez más lejos, intentando sonreír—. Lo hemos conseguido. Lo del después. Te lo dije.

—Todavía no —dije, levantándola del suelo, apretándola contra mí, echando a andar hacia la salida que habíamos dejado preparada, rezándole por primera vez en mi vida a algo, a lo que fuera, a quien me escuchara—.

El después no es esto. El después es contigo viva.

Así que ni se te ocurra. ¿Me oyes, Camila?

Ni se te ocurra dejarme ahora que por fin hemos ganado.

Y salí de aquel teatro con ella en brazos, con el Rojo olvidado sobre el cadáver de su último dueño, dejando atrás el final de una guerra y cargando lo único que de aquella guerra me importaba sacar con vida.

No sabía si iba a conseguirlo. Esa es la verdad con la que se cierra esta parte de la historia.

Habíamos matado al hombre que nunca pierde.

Y mientras corría hacia el coche con la mujer que quería desangrándose entre los brazos, no tenía ni idea de si, al final, no habría perdido yo.