Rojo Manhattan 43 · Camila
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43 · Camila

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Camila

Llevábamos meses siendo la presa. Corriendo, escondiéndonos, reaccionando al golpe del otro, encendiendo guerras ajenas para ganar un día más.

Y la mañana después de encontrar la segunda tarjeta del Cardenal, mirándola sobre la mesa al lado de la primera, decidí que se había acabado.

No porque tuviéramos una opción mejor. Porque ya no quedaban opciones, y cuando no quedan opciones, lo único digno que se puede hacer es elegir cómo termina.

—No vamos a esperar al viernes —le dije a Adrián—.

No vamos a quedarnos aquí sentados a que un viejo educado mande a alguien a matarnos mientras dormimos.

Eso es morir como mueren los conejos. Si esto se acaba el viernes, se acaba en una habitación elegida por nosotros, con una jugada nuestra, mirándolo a la cara.

No vamos a reaccionar más. Vamos a tenderle nosotros la trampa a él.

Adrián me miró un rato largo. Y entonces, en vez de discutir, sonrió, una sonrisa cansada y feroz a la vez, la de un hombre que llevaba demasiado tiempo esperando que yo dijera eso.

—Por fin —dijo—. Ya pensaba que no ibas a proponerlo nunca. Estoy harto de huir, Camila. Si vamos a perder, prefiero perder de cara.

El problema de tenderle una trampa al Cardenal era el mismo de siempre, multiplicado: no viene en persona a nada.

Manda. Mira desde lejos. Si le ofrecíamos una reunión, mandaría a diez hombres y se quedaría en casa con su copa de vino imposible de pronunciar.

Para que la trampa funcionara, necesitábamos lo único capaz de mover de su silla a un hombre que nunca se mueve: necesitábamos que viniera él, en persona, sin delegar.

Y solo había una cosa en el mundo que el Cardenal no le confiaría a nadie. Su página.

—Le vamos a ofrecer el libro —dije, con el plan tomando forma tan deprisa que casi me daba vértigo seguirlo—. Rendición total. Le decimos que ha ganado, que no podemos con él, que le entregamos el Rojo a cambio de que nos deje vivir.

—Eso es lo que quiere oír. ¿Dónde está la trampa?

—En una condición que va a parecer un capricho nuestro. El libro contiene los secretos de todos, también de la gente que él mandaría a recogerlo. Nadie en su organización puede hojear ese libro sin convertirse, en ese mismo segundo, en el hombre más peligroso para el Cardenal.

—Así que no puede mandar a nadie a por su página.

—Tiene que verla con sus propios ojos. Tiene que venir él.

—¿Y cuando venga? —preguntó Adrián, que ya veía por dónde iba pero quería oírmelo decir—. Es el hombre más protegido del país. No va a venir solo, ni desarmado, ni a un sitio que no controle.

—No. Vendrá con gente, vendrá con cuidado, vendrá tres pasos por delante, como siempre.

Por eso no vamos a intentar ganarle por fuerza, porque no se puede.

Vamos a ganarle en el único sitio donde un hombre que lo controla todo baja la guardia un segundo: en el momento exacto en que tenga su secreto entre las manos y crea, por fin, que ha ganado.

No le conté a Adrián cada paso del plan ahí mismo, porque algunos los fuimos montando esa noche y otros me los guardé hasta tenerlos cerrados.

Pero le conté lo esencial. Le conté dónde, le conté cómo, y le conté la parte que de verdad importaba, la que no era de táctica sino de nosotros.

Me senté frente a él, le cogí las dos manos, y se lo dije mirándolo a los ojos, porque algunas cosas no se dicen de otra manera.

—Para que esto funcione, los dos tenemos que estar dispuestos a llegar hasta el final.

No "a medias". No "a ver si hay otra salida".

Hasta el final, Adrián. Si llega el momento, y va a llegar, no va a haber tiempo para dudar, ni para una tercera vía bonita, ni para que a ninguno de los dos le tiemble la mano.

Llevas todo este tiempo sin querer ser el Cuervo.

Necesito saber, esta noche, que el viernes vas a poder serlo. Una última vez. Conmigo.

Adrián no contestó enseguida. Me apretó las manos, miró nuestros dedos entrelazados un rato largo, y cuando levantó la vista, ya no quedaba en su cara la duda de la cocina. Quedaba otra cosa. Una tristeza tranquila, la de quien ha hecho las paces con algo que le costaba.

—El hombre que quería un después —dijo despacio— era el hombre que todavía creía que se podía ganar limpio.

Tú me has enseñado que no. Y resulta que entre el después y tú, te elijo a ti, aunque para quedarme contigo tenga que ser, el viernes, justo lo que llevo toda la vida huyendo de ser.

—Me besó las manos, una y otra, con una ternura que me dolió—.

El viernes seré el Cuervo, Camila. Una última vez.

Y rezo para que sea la última de verdad, porque no quiero saber en quién me convierto si lo hago dos.

Esa noche no preparamos el plan hasta tarde.

Lo dejamos a medias, las armas sin limpiar, los detalles sin cerrar, porque los dos sabíamos, sin decirlo, que aquella podía ser la última noche, y que había cosas más urgentes que un plan.

Nos quedamos en aquel piso de mala muerte que había sido nuestra casa, nuestra trinchera y nuestro escondite, y por una vez no hablamos de Marchettis, ni de Cardenales, ni de libros rojos.

Hablamos de nosotros. De Viena, de la primera vez que estuvimos a punto de matarnos y no pudimos.

De lo absurdo que era que dos personas entrenadas para no sentir nada hubieran ido a encontrar, justo en el otro lado de una pistola, la única cosa por la que merecía la pena dejar de obedecer.

Por la mañana, terminamos el plan. Limpiamos las armas.

Cerramos los detalles que faltaban, los míos incluidos, hasta que la trampa quedó montada, tan buena como la sabíamos hacer, que no es poco, y aun así con ese agujero que tienen todos los planes de verdad: el de que el otro, el que nunca pierde, podía tener uno mejor.

No teníamos forma de saber si iba a funcionar.

Eso es lo que nadie te cuenta de los finales: que se entra en ellos a ciegas, igual que en todo lo demás.

Mandé el mensaje al Cardenal a mediodía.

La rendición. La oferta de su página, con la condición envenenada de que viniera él.

Y mientras le daba a enviar, con Adrián a mi lado, con el Rojo sobre la mesa por última vez antes de convertirlo en cebo, sentí una calma extraña, la misma calma fría que sentía antes de cada trabajo en mi otra vida, solo que esta vez no iba sola.

Esta vez, al lado del filo, había una mano que conocía.

—Ya está —dije—. Si responde, es el viernes. En nuestro sitio. A nuestra manera.

—Responderá —dijo Adrián—. Un hombre que nunca pierde no se resiste a una partida que cree ganada. Es su única debilidad, y la hemos convertido en nuestra única bala.

Y tenía razón. El Cardenal respondió en una hora. Dos palabras, en su letra vieja y elegante, que cerraban el círculo de todo esto y abrían la puerta del final:

"Allí estaré."