Rojo Manhattan 42 · Adrián
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42 · Adrián

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Adrián

La migaja prendió en menos de un día. Lo supimos porque la ciudad, que tiene su propia forma de avisar, empezó a hacer ruido.

Camila tenía oídos en sitios donde la gente como Bianca y la gente como el Cardenal hacen negocios, y esos oídos empezaron a contarnos cosas.

Una reunión cancelada de golpe. Un par de hombres del Cardenal que dejaron de aparecer por sus sitios de siempre.

Una tensión nueva, eléctrica, en los bajos fondos de la ciudad, como el aire antes de una tormenta de las que parten árboles.

—Ha mordido —me dijo Camila la segunda mañana, dejando el móvil—.

Bianca sabe que el Cardenal cenó con nosotros.

Y una mujer que mató a su propio hermano por menos no se queda quieta cuando descubre que el hombre que la coronó la está vendiendo.

Está moviendo gente. Despacio, con cuidado, pero la está moviendo. Contra él.

—Entonces ya está —dije, y no sentí el alivio que esperaba. Sentí lo otro. El vértigo del que enciende una mecha y se da cuenta, tarde, de lo largo que es el barril de pólvora.

Lo que vino después fue, durante tres días, una guerra que casi nadie vio y que llenó la ciudad de cadáveres educados.

No salió en las noticias, porque la gente como ellos no sale en las noticias.

Pero pasó. Un contable del Cardenal apareció ahogado en su piscina.

Dos hombres de Bianca no volvieron a casa.

Un almacén del puerto ardió una noche, sin que los bomberos encontraran nunca la causa.

Bianca y el Cardenal se estaban midiendo a navajazos en la oscuridad, cada uno convencido de que el otro había dado el primer golpe, y ninguno de los dos sabía que el primer golpe lo habíamos dado nosotros, con un mensaje de seis palabras.

Nuestro trabajo, en esos tres días, fue el más delicado de mi vida: mantener la pelea encendida sin que se nos viera la mano.

—Se está enfriando —me decía Camila algunas noches, leyendo el pulso de la guerra como otros leen el parte del tiempo—. Hay que echarle algo más.

—¿Sin que huela a nuestro?

—Una prueba de una traición que solo el bando contrario podría haber filtrado. Que se lo crean el uno del otro. Nosotros no existimos en esta guerra; esa es la única regla.

Y eso hacíamos: cuando un bando empezaba a sospechar que lo manipulaban, lo desviábamos hacia el otro.

Éramos los dos tramoyistas de una obra en la que los actores se mataban de verdad, moviéndonos por detrás del decorado, rezando para que ninguno corriera la cortina y nos viera ahí, tirando de los hilos.

El momento en que casi se nos cae todo encima fue la tercera noche. Para que la guerra siguiera escalando, necesitábamos que un mensaje concreto llegara a manos de Niko, el perro de Bianca, en persona, en un sitio donde no podíamos confiar en intermediarios.

—Voy yo —dije.

—Vamos los dos —dijo Camila—. Lo hablamos: no más solos. Y un mensaje a Niko en persona es justo la clase de noche en que hacen falta dos pares de ojos.

Así que fuimos los dos. A un aparcamiento subterráneo, a dejar un sobre en un coche, en medio del territorio de una mujer que nos quería muertos y de un viejo que nos quería vivos, pero solo hasta el viernes.

Salió casi bien. Casi. Dejamos el sobre.

Y cuando volvíamos al coche, dos hombres aparecieron en la rampa.

No de Bianca. Del Cardenal. Vigilando el mismo sitio, porque resulta que el Cardenal también tenía ojos ahí, porque el Cardenal tiene ojos en todas partes, y nosotros, tan listos, no lo habíamos contado.

Lo que pasó en los treinta segundos siguientes lo hicimos sin una palabra, porque llevábamos toda la vida ensayándolo sin saberlo.

Camila se giró hacia mí y me besó contra el coche, tapándome la cara, convirtiéndonos en dos cualquiera que se enrollan en un aparcamiento.

Los hombres del Cardenal pasaron a un metro.

Uno nos miró. El otro le dijo algo y se rio.

Y siguieron, porque dos amantes manoseándose en un sótano no son una amenaza para nadie, y porque a veces la mejor arma de un espía no es la pistola, es no parecerlo.

Cuando se fueron, Camila se separó de mí despacio, con la respiración un poco rota, y no del beso.

—Un metro —murmuró—. Nos lo hemos jugado todo a un metro.

—No vuelvas a hacer eso —dije, todavía con el pulso en las orejas.

—¿El qué? ¿Salvarte la cara?

—Decidir tú sola cómo. Avísame antes de besarme para que no nos maten. Es lo educado.

Camila casi se rió, y eso, después de un metro, era casi un milagro.

—Apuntado —dijo.

Esa noche volvimos al piso con la sensación de haber salido vivos de algo que no deberíamos haber sobrevivido, y con la guerra de los dos monstruos ardiendo más alta que nunca.

Por los oídos de Camila supimos que el Cardenal había perdido a tres hombres más, que Bianca había tenido que cambiar de escondite dos veces, que los dos imperios estaban sangrando.

—Está funcionando —dije, casi sin creérmelo—. Se están destrozando el uno al otro.

—Justo como temías tú y planeé yo. —Camila no sonaba triunfal; sonaba cansada—. Ahora solo hay que mantener la mecha y ver cuál de los dos cae primero.

Eso creíamos.

Y entonces, la cuarta mañana, encontramos el segundo sobre.

Igual que el primero. Crema. Caro. Encima de la mesa de la cocina, al lado del Rojo, en un piso al que habíamos cambiado todas las cerraduras después de la última visita. Lo abrió Camila, con los dedos firmes y la cara blanca. Dentro, la misma letra vieja y elegante. Esta vez, tres líneas:

"Una guerra que estalla justo cuando a ustedes les conviene no es una casualidad. Es un talento. Casi me engañan; hacía veinte años que nadie lo conseguía. Pero las mechas, como saben, se pueden seguir hasta la mano que las enciende. El viernes sigue en pie. Y ahora ya no es una oferta."

Me quedé mirando esas tres líneas, y noté cómo el suelo, otra vez, se movía.

Habíamos provocado la guerra perfecta entre dos monstruos.

Habíamos pilotado la colisión sin que nos vieran.

Lo habíamos hecho todo bien. Y no había servido de nada, porque el único de los dos que nunca pierde había mirado el incendio, había olido nuestra mano en la gasolina, y en vez de morir en él como Bianca, había levantado la vista del fuego y nos había mirado a nosotros, sin más.

—Lo sabe —dije.

—Lo sabe. —Camila dejó la tarjeta en la mesa, al lado de la otra, las dos invitaciones de un hombre que coleccionaba nuestras vidas—. Y le da igual Bianca. Le dan igual los muertos. Para él, esto siempre fuimos nosotros y él. Bianca era ruido.

—¿Y la guerra que hemos montado?

—Se la va a comer en cuanto se aburra de mirarla. Y entonces vendrá a por nosotros con las dos manos libres.

—Entonces se nos ha acabado la guerra de otros —dije.

—Y empieza la nuestra.

El viernes era dentro de dos días. Y acababa de dejar de ser una fecha en la que negociar.

Era la fecha en la que el hombre que nunca pierde iba a venir a cobrarse la única partida en la que alguien se había atrevido a hacerle trampas.

Habíamos encendido el volcán. Y el volcán, resulta, sabía nuestro nombre.