41 · Camila
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Camila
Cinco días. Esa era toda la vida que nos quedaba, salvo que encontráramos una sexta opción, porque las cinco que teníamos eran todas malas.
Una: dárselo todo al Cardenal y rezar para que un hombre que nunca deja cabos sueltos hiciera con nosotros la excepción de su vida.
Dos: la mía, la bala, intentar matar a un hombre intocable y, casi seguro, morir en el intento.
Tres, cuatro y cinco eran variantes de huir, y huir ya no servía, porque el Cardenal había demostrado que sabía entrar en nuestra casa mientras dormíamos.
No había sexta opción. Así que, como siempre que no hay una salida, me senté a fabricar una.
—Tiene que haber algo —le dije a Adrián, con el Rojo abierto entre los dos y un mapa mental de toda esta pesadilla extendido en mi cabeza—.
Llevamos toda la noche mirando esto como dos ratones mirando dos trampas.
Ratón muerto si vamos a por el queso del Cardenal, ratón muerto si vamos a por el de Bianca.
Pero hay una cosa que los ratones listos hacen cuando los rodean dos gatos.
—¿Cuál?
—Que los gatos se peleen entre ellos.
Me levanté, porque las ideas grandes no me caben sentada.
—Piénsalo. ¿Qué tenemos a favor? Una sola cosa, pero es buena.
El Cardenal y Bianca quieren lo mismo, el Rojo, pero por motivos distintos, y no se fían el uno del otro.
No pueden fiarse. Bianca le prometió el libro al Cardenal a cambio del trono.
Pero Bianca no tiene el libro. Lo tenemos nosotros.
Y el Cardenal, en vez de esperar a que su recadera le cumpla, ¿qué ha hecho?
Ha venido a negociar con nosotros en persona. A espaldas de ella.
—Está cortando a Bianca —dijo Adrián, entendiéndolo—. Si consigue el Rojo por su cuenta, de nosotros, ya no necesita a Bianca para nada.
—Exacto. Y Bianca, ¿qué vale para el Cardenal el día que él tiene el libro sin ella?
Nada. Menos que nada: vale lo que vale una mujer que sabe demasiado y ya no sirve.
—Lo miré—. Bianca acaba de heredar un imperio creyéndose la reina.
Y no sabe que el hombre que se lo dio ya está negociando para quedarse con lo único que la hacía indispensable. No lo sabe. Pero podría saberlo.
Ahí estaba la jugada. Tan sencilla de decir y tan difícil de hacer que casi me dio vértigo.
—Le contamos a Bianca lo que el Cardenal está haciendo —dije—.
Le demostramos que su socio la está vendiendo, que el viejo va a quedarse el Rojo por su cuenta y a ella le va a dar el mismo final que ella le dio a Lucca.
Y entonces Bianca, que es lista, orgullosa y peligrosa, deja de ser un peón del Cardenal y se convierte en lo único capaz de hacerle daño desde dentro: una Marchetti traicionada, con recursos, con gente, y con un motivo.
No tenemos que matar al Cardenal nosotros.
Tenemos que ponerle enfrente a la única persona del país con ganas y con medios de intentarlo.
Y quitarnos de en medio mientras chocan.
Adrián se quedó callado un momento, sopesándolo, y cuando habló, le salió la voz del hombre que todavía cargaba con la conversación de la cocina.
—Estás hablando de provocar una guerra entre dos personas que van a llenar la ciudad de cadáveres —dijo—. Gente de Bianca. Gente del Cardenal. Puede que inocentes en medio. Nosotros no apretamos el gatillo, pero encendemos la mecha.
—Sí —dije, sin suavizarlo, porque se lo debía—.
Eso es lo que estoy diciendo. Y sé que es justo la línea de la que hablamos en la cocina.
Tú no querías volverte el Cuervo apretando un gatillo a sangre fría.
Esto es peor en un sentido y mejor en otro: no matamos a nadie con nuestras manos, pero provocamos que se maten muchos.
Es la jugada más sucia que se me ha ocurrido en la vida.
Y es la única que nos deja vivos a los dos sin vendernos.
Así que necesito saber si puedes vivir con ella.
Porque si no puedes, busco otra. Pero no hay otra, Adrián. Llevo tres días buscándola.
Adrián miró el Rojo un buen rato. Yo lo dejé mirar, porque era su grieta y le tocaba a él decidir de qué lado de ella se ponía. Y cuando levantó la vista, algo se había asentado en su cara, una calma nueva que no era rendición sino decisión, que en él es lo más parecido que tiene a la paz.
—Puedo vivir con encender la mecha —dijo despacio— mejor que con vendernos al diablo, y mucho mejor que con verte morir intentando pegarle un tiro a un fantasma.
No es la salida limpia que yo quería. Pero llevo todo el libro descubriendo que la salida limpia no existe.
Si la única forma de quedarnos vivos y nuestros es que dos monstruos se coman entre ellos, entonces que se lo coman.
—Me sostuvo la mirada—. Pero lo hacemos bien.
Con cabeza. Y si en algún momento la mecha se nos vuelve en contra, no te quedas tú a apagarla sola. Eso sí que no.
—Trato —dije. Y por primera vez en días, la grieta de la cocina, sin cerrarse del todo, dejó de doler. La habíamos cruzado los dos juntos, hacia el mismo lado, que era lo único que yo necesitaba.
Esa misma madrugada dimos el primer paso.
Porque cinco días no son nada, y porque para que dos gatos se peleen hay que tirar la primera piedra antes de que se den cuenta de quién la ha tirado.
Preparé el primer mensaje para Bianca: no una acusación, que no se la creería, sino una migaja, una sola, calculada para que su propia cabeza desconfiada hiciera el resto.
Una prueba pequeña de que el Cardenal y nosotros habíamos cenado juntos.
Bianca era demasiado lista para necesitar que se lo explicáramos.
En cuanto supiera que su socio había negociado a sus espaldas con los ladrones del libro que ella le había prometido, el veneno trabajaría solo.
Le di a enviar. Y en la oscuridad de aquel piso de mala muerte, con el reloj corriendo y la jugada más peligrosa de mi vida ya en marcha, miré a Adrián y supe que solo había dos finales posibles a partir de esa madrugada: o salíamos los dos, juntos, al otro lado de esto, o no salía ninguno.
El término medio se había acabado. Cinco días.
Que empezara la guerra de otros, para que la nuestra, por fin, pudiera terminar.