40 · Adrián
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Adrián
El coche que mandó a recogernos era negro, silencioso y conducido por un hombre que no dijo una palabra en cuarenta minutos.
Nos llevó fuera de la ciudad, a una casa que no salía en ningún mapa, rodeada de árboles viejos y de una calma que costaba dinero.
Ni un guardia visible. Esa fue la primera lección de la noche: el Cardenal no necesitaba enseñar músculo.
La gente que de verdad manda no pone hombres con metralletas en la puerta.
Pone la certeza de que, si haces una tontería, no vas a llegar ni a arrepentirte.
Camila me apretó la mano una vez, en la oscuridad del coche, antes de bajar.
No fue un gesto romántico. Fue un "sigo aquí, sigamos vivos".
Llevábamos el Rojo encima, porque dejarlo en casa habría sido peor, y llevábamos también la única regla que habíamos acordado: escuchar mucho, prometer poco, no entregar nada esa noche.
El Cardenal nos esperaba en un comedor pequeño, con una mesa puesta para tres y una chimenea encendida, como si fuéramos viejos amigos que vienen a cenar.
Era un hombre mayor. Setenta y tantos, traje gris perfecto, manos cuidadas, una cara amable de abuelo de anuncio.
Si te lo cruzas por la calle, le ayudas a cruzar.
Esa es justo la cara que pone el peligro de verdad.
La gente da por hecho que el mal es feo y ruidoso.
El mal de verdad te ofrece una copa de un vino que no puedes pronunciar y te pregunta por el viaje.
—Por fin —dijo, levantándose con una sonrisa que parecía sincera, que era lo más inquietante de todo—.
Las dos personas que han tenido en jaque a una familia, a dos agencias y a media docena de profesionales, y que encima han tenido el detalle de no arruinarme.
Siéntense, por favor. La sopa se enfría, y odio el desperdicio.
Nos sentamos. Porque no había otra cosa que hacer, y porque hasta el miedo tiene modales.
No voy a transcribir la cena entera, porque duró dos horas y porque la mitad fue teatro: vino, comida que estaba demasiado buena, conversación sobre arte, sobre la ciudad, sobre lo difícil que es encontrar gente competente.
El Cardenal hablaba despacio, sin prisa, como un hombre que tiene todo el tiempo del mundo porque, en cierto sentido, era el dueño del reloj de todos los demás.
Y debajo de la charla, los tres estábamos haciendo lo único que importaba: medirnos.
Fue él quien dejó de fingir primero, entre el segundo plato y el postre, cuando le pareció que ya nos había mareado bastante.
—Hablemos del libro —dijo, dejando los cubiertos con cuidado—.
Ustedes tienen una cosa que es mía. No por dinero; el dinero lo tengo.
Es mía porque en ese libro hay una página que es lo único en este mundo que podría hacerme daño.
Llevo cuarenta años siendo un hombre al que no se le puede hacer daño.
Comprenderán que me incomode la excepción.
—Lo comprendemos —dijo Camila—. También comprenderá usted por qué no pensamos dársela.
—Por supuesto. Es su seguro de vida. —Sonrió—.
Y aquí es donde la mayoría de la gente, en su lugar, cometería el error de pensar que estamos en un punto muerto.
No lo estamos. Y voy a explicarles por qué, porque me caen bien y porque prefiero un trato a un entierro, aunque tenga gente de sobra para las dos cosas.
Y entonces el Cardenal hizo lo que hace un hombre que nunca pierde: nos enseñó las cartas que no sabíamos que tenía.
—Su seguro de vida es ese libro repartido en copias, listo para salir si ustedes desaparecen —dijo—. Una jugada elegante. La usaron con Bianca y funcionó.
—Y funcionará con usted —dijo Camila.
—No. Y esa es la diferencia entre Bianca y yo. Bianca es joven, y los jóvenes creen que el tiempo está de su parte. Yo llevo cuarenta años. —Bebió, sin prisa—. ¿Saben cuántas de esas copias he localizado ya, mientras ustedes cenaban conmigo?
—No me lo diga —dije.
—Tres. De las cuatro. La cuarta la tendré el viernes. Y el día que tenga las cuatro, su seguro de vida será papel mojado, y esta cena, que ahora es una negociación, pasará a ser un trámite.
Se me heló la sangre, porque le creí. No era un farol. Un hombre así no necesita faroles. Y Camila, a mi lado, no movió un músculo, lo cual en ella es la forma más alta de pánico.
—¿Y aun así nos ofrece un trato? —dije—. Si va a tener las copias, si nos puede matar el viernes, ¿para qué la sopa?
—Porque matarlos es aburrido —dijo el Cardenal, y por primera vez algo frío asomó debajo de la cara amable—.
Y porque ustedes son, la verdad, lo más interesante que ha entrado en esta casa en una década.
No quiero su libro a cambio de sus vidas, que es el trato pequeño. Les quiero ofrecer el grande.
—El trato grande es este —dijo, con la tranquilidad de quien ofrece un puesto de trabajo—.
Ustedes me entregan el libro, que era su forma de tenerme controlado a mí igual que ha sido la mía de tenerlos controlados a ustedes.
Y yo, a cambio, no les doy una vida nueva en una playa, que es lo que pide la gente sin imaginación.
Les doy un sitio a mi lado. Trabajar para el único hombre del país al que nadie toca.
Ser, por fin, intocables ustedes también: no escondiéndose del poder, sino formando parte de él.
—Piénsenlo —dijo—. Llevan meses huyendo, durmiendo vestidos, esperando una bala.
Yo les ofrezco el final de todo eso. No la libertad, que es una palabra para gente que no entiende cómo funciona el mundo.
Algo mejor. Pertenencia. Protección. Un lugar donde nadie, nunca, volverá a poder hacerles daño.
—Me miró a mí, solo a mí, como si supiera justo dónde apretar—.
Usted lleva toda la vida queriendo un después, señor Vale.
Yo soy el único hombre vivo que se lo puede dar de verdad.
Y ahí estaba. La trampa más elegante que me han tendido nunca, porque no era una trampa: era una oferta de verdad, y eso la hacía mil veces peor.
Porque algo en mí —lo cansado, lo que llevaba meses sin dormir, lo que quería envejecer al lado de Camila en algún sitio donde nadie nos buscara— quiso decir que sí.
Camila habló antes de que yo dijera ninguna tontería, y le habló al Cardenal con una calma que igualaba la suya, lo cual no es poca cosa.
—Es una oferta generosa —dijo—. Y la respuesta, esta noche, es que nos lo vamos a pensar.
Usted sabe por qué no le decimos que sí ahora mismo.
No es desconfianza. Es aritmética. El día que tenga las cuatro copias y nuestra lealtad, nosotros dejamos de tener nada que le impida cambiar de opinión sobre lo interesantes que somos.
Un hombre que nunca pierde no llega a viejo dejando cabos sueltos. Y nosotros, ahora mismo, somos un cabo.
El Cardenal la miró un largo rato. Y entonces sonrió, de verdad, con un brillo en los ojos que era casi de orgullo, como un viejo maestro de ajedrez al que un crío acaba de hacer una jugada que no esperaba.
—Tiene usted toda la razón —dijo—. Por eso me caen tan bien. Tienen hasta el viernes. Cuando tenga la cuarta copia, este trato deja de existir, y empieza otro mucho menos agradable. Piénsenlo con calma. Pero piénsenlo deprisa.
Nos levantamos de aquella mesa vivos, que era lo máximo que esperábamos, y con el tablero entero del revés otra vez.
Ya no había empate con Bianca: Bianca era un peón al que el Cardenal ni mencionaba.
Ya no había seguro de vida: lo teníamos contado en días.
Y había, encima de todo, una oferta envenenada flotando en el coche negro y silencioso que nos devolvía a la ciudad, una oferta que prometía justo lo que yo más quería en el mundo y que Camila, con razón, no pensaba aceptar jamás.
—No vamos a aceptar —dijo ella en la oscuridad, leyéndome como siempre.
—Lo sé —dije.
Pero los dos oímos lo que no dije, que fue lo más peligroso de toda la noche: que por un segundo, en aquella mesa, con un viejo amable ofreciéndome el final de todos mis miedos, había querido aceptar.
Y que nos quedaban hasta el viernes para encontrar una salida que no fuera ni la bala de Camila ni el paraíso envenenado del Cardenal.
Cinco días. Para ganarle al hombre que nunca pierde.