39 · Camila
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Camila
Hay un problema técnico, antes que ningún otro, en decidir cazar a un rey al que no le sabes ni la cara: que no puedes llamar a una puerta si no sabes dónde está la puerta.
El Cardenal no tenía nombre en el Rojo, ni dirección, ni una foto, ni una rutina.
No tenía nada de lo que un espía usa para acercarse a un objetivo.
Era, en términos prácticos, un rumor con poder.
Y a un rumor no se le tiende una emboscada.
A un rumor hay que hacer que se acerque él.
—No vamos a encontrarlo —le dije a Adrián la mañana que empezamos a montar la jugada—.
Olvídate de encontrarlo. La gente que lleva treinta años sin que nadie sepa su nombre no se deja encontrar por dos fugitivos con un piso de mala muerte.
Así que cambiamos la pregunta. No es cómo lo encontramos.
Es cómo hacemos que él quiera encontrarnos a nosotros.
—Con lo único que tenemos que él quiere.
—Con lo único que hay en este mundo por lo que un hombre así se molestaría en mirar hacia abajo. Su página. —Puse el Rojo sobre la mesa—. Vamos a hacernos ver. Pero solo por él, y solo lo justo.
El plan, como todos los buenos planes, era simple de decir y aterrador de hacer.
Un hombre invisible sigue siendo invisible porque tiene un sistema para enterarse de todo sin que nadie lo vea enterarse.
Tiene ojos. Tiene oídos. Tiene una red. Y el Rojo, que era el mapa de toda la gente peligrosa del país, también era el mapa de esa red: los nombres que tocaban al Cardenal por arriba y por abajo, los que le hacían recados sin saber del todo para quién.
No teníamos que llegar al Cardenal. Teníamos que dejar un mensaje en un sitio donde solo su gente mirara, escrito en un idioma que solo él entendiera, y esperar a que el mensaje subiera solo hasta arriba.
—Le mandamos una página —dijo Adrián, cuando lo tuvo claro—. No la suya entera. Un trozo. Lo justo para que sepa que tenemos el libro y que sabemos lo que vale. Y una línea que diga lo que de verdad importa: que no lo hemos publicado.
—Que no lo hemos publicado —repetí, porque ahí estaba el filo de toda la jugada—.
Un hombre con su secreto en manos enemigas espera dos cosas: que lo chantajeen o que lo destruyan.
Nosotros vamos a hacer la tercera, la que no espera.
Vamos a demostrarle que podríamos haberlo hundido y no lo hemos hecho.
Eso no lo asusta. Eso lo intriga. Y a un hombre que nunca pierde, lo único que se le puede ofrecer que no tenga ya es una sorpresa.
Lo montamos durante tres días, con un cuidado de cirujano, porque cada paso tenía una forma distinta de matarnos.
—El nodo tiene que estar cerca de él, pero no tanto que parezca una trampa —dije.
—Hay uno a dos saltos. Un intermediario al que el Rojo coloca haciéndole recados sin saber del todo para quién. Ese sube el mensaje sin olerlo.
—¿Y cuánto le mandamos? ¿La página entera?
—Tres líneas. Ni una más. Lo justo para que sepa que el resto existe y que no somos aficionados.
Elegimos el nodo, copiamos a mano las tres líneas de la página del Cardenal y escribimos el mensaje, que después de tres días de discutir cada palabra se quedó en dos frases:
"Tenemos el libro entero. Podríamos haberlo abierto y no lo hemos hecho. Si quiere que siga cerrado, hay una conversación que le interesa tener."
Sin firma. Sin sitio. Sin teléfono. Si el Cardenal era la mitad de lo que el Rojo decía, no necesitaría ninguna de esas cosas para encontrarnos cuando quisiera. Y esa era, claro, la parte que me quitaba el sueño.
—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo?
—le dije a Adrián la noche que dejamos el mensaje en el sitio—.
Le estamos diciendo al hombre más peligroso del país "aquí estamos".
Hemos pasado meses escondiéndonos de gente mucho menos terrible que él, y ahora vamos y levantamos la mano.
Si responde con una mesa, ganamos tiempo.
Si responde con un coche lleno de hombres, no nos enteramos ni de quién nos mató.
—Lo sé —dijo Adrián—. Pero llevábamos meses dejando que el reloj lo llevaran otros. Por una vez, el que mueve somos nosotros. Aunque sea un movimiento que da pánico.
Y entonces esperamos. Es lo peor de este oficio, esperar, porque la cabeza te llena los silencios con todas las formas en que puede salir mal.
Pasó un día. Pasaron dos. Al tercero yo ya había empezado a pensar que el mensaje no había subido, o que había subido y al Cardenal no le había parecido digno de respuesta, lo cual en cierto modo era la peor de las respuestas.
La respuesta llegó la cuarta noche. Y llegó de una forma que me dejó claro, de golpe y para siempre, en qué liga estábamos jugando.
No vino por el nodo. No subió por la red por la que habíamos mandado nosotros el mensaje, despacio, de mano en mano.
Apareció en nuestra casa. En el piso de paso del que no le habíamos dado la dirección a nadie, en el que dormíamos vestidos justo porque nadie debía saber dónde estaba.
Sobre la mesa de la cocina, al lado del Rojo, donde por la mañana no había nada, esa noche había un sobre. Crema. Caro. Sin una palabra fuera.
Adrián y yo nos quedamos mirándolo desde la puerta sin atrevernos a tocarlo.
—No lo toques todavía —dije, aunque él no se había movido.
—No pensaba. —Su voz estaba muy quieta—. Camila. Ha estado dentro. De pie donde estoy yo ahora.
—Lo sé.
—Y no se ha llevado el libro, teniéndolo a un palmo.
—Lo sé. Eso es lo que más miedo me da.
Porque los dos entendimos lo mismo a la vez: que alguien había entrado en nuestro refugio, había estado a un metro de donde dormíamos, había dejado ese sobre al lado de lo único que nos mantenía vivos sin llevárselo, y se había ido sin que ninguno de los dos —dos profesionales, dos personas que duermen con un ojo abierto— se enterara de nada.
Lo abrí yo, porque Adrián fue a comprobar puertas y ventanas que ya sabíamos que no iban a tener nada, y porque alguien tenía que abrirlo.
Dentro había una sola tarjeta, de cartulina gruesa, con dos líneas escritas a mano con una letra elegante y vieja, de hombre que aprendió a escribir cuando escribir todavía importaba:
"Han hecho lo único interesante que ha hecho nadie con mi nombre en veinte años: no usarlo. Tienen mi atención, y mi atención es algo que muy poca gente sobrevive. Cenaremos el jueves. Yo invito. Sé dónde encontrarles."
No había dirección, claro. No le hacía falta.
Acababa de demostrarnos que sabía muy bien dónde encontrarnos, que podía entrar y salir de nuestra vida cuando le diera la gana, y que la única razón por la que seguíamos respirando esa noche era que él, por ahora, prefería la conversación a los funerales.
Dejé la tarjeta en la mesa, al lado del Rojo y del sobre, y miré a Adrián, que volvía del pasillo con la cara de quien ya sabe que no va a encontrar nada.
—Hemos conseguido lo que queríamos —dije—. Nos va a recibir.
—Sí —dijo Adrián, mirando la tarjeta, mirando la cocina por la que había pasado un fantasma sin despertarnos—. El problema es que acabamos de descubrir que pedir cita con el diablo es fácil. Lo difícil va a ser levantarnos de esa mesa.
Y por primera vez desde que empezó todo esto, en la última carrera, jugando por fin nosotros la mano contra el rey de verdad, supe con una certeza fría que íbamos a una cena de la que a lo mejor solo volvía uno. O ninguno. El jueves. Él invitaba.