Rojo Manhattan 38 · Adrián
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38 · Adrián

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Adrián

Hay noticias que no te hacen daño en el momento, sino tres segundos después, cuando tu cabeza termina de sacar las consecuencias.

La nota de Aurelio —"Bianca ha ido a ver al Cardenal"— era de esas.

La leí, y durante tres segundos solo fue una línea más en un libro lleno de líneas terribles.

Al cuarto segundo, se me cayó el plan entero al suelo.

—Mi tercera vía se acaba de morir —dije, dejando el libro como si quemara—. No puedo soltarle el Cardenal a Bianca si Bianca y el Cardenal ya se conocen. No se suelta a un perro contra su propio dueño. O contra su propio amo, según quién mande a quién.

—Esa es la pregunta —dijo Camila, y la vi pensar a toda velocidad, ordenando el tablero de nuevo en su cabeza—. Quién manda a quién. Porque de eso depende todo lo que hagamos a partir de ahora.

Así que volvimos al libro, pero esta vez con otra pregunta. Ya no buscábamos un secreto del Cardenal para usarlo. Buscábamos entender qué pintaba Bianca en su mundo. Y cuando dejas de leer un libro buscando un arma y empiezas a leerlo buscando una historia, el libro te cuenta cosas distintas.

Lo que nos contó el Rojo, leído así, fue esto: que el poder de los Marchetti nunca fue del todo suyo.

Que Aurelio, el patriarca, el hombre que tenía a medio país cogido por el cuello, le debía a su vez algo al Cardenal.

La nota lo decía entre líneas en una docena de sitios: operaciones que los Marchetti hacían "con permiso", muertes que necesitaban "el visto bueno", una deferencia constante hacia esas dos palabras que no encajaba con un hombre tan soberbio como Aurelio.

Los Marchetti eran reyes. Pero pagaban tributo.

—Aurelio le tenía miedo al Cardenal porque le debía la corona —dije, entendiéndolo según lo decía—. El Cardenal puso a los Marchetti donde están. Y un hombre que te pone en el trono es un hombre que puede quitarte de él.

—Y ahí entra Bianca. —Camila se levantó, empezó a andar, que es lo que hace cuando una idea le crece demasiado para quedarse sentada—.

Piénsalo. Bianca va a ver al Cardenal hace tres meses.

A escondidas de su padre y de su hermano.

¿Para qué va la hija pequeña, la que no iba a heredar nada, a ver al hombre que reparte las coronas?

Y entonces lo dijimos a la vez, porque cuando dos espías llevan el tiempo que llevamos nosotros leyéndose el pensamiento, las conclusiones grandes salen en estéreo.

—Fue a comprar la corona —dije.

—Fue a comprar la corona —dijo ella.

Encajaba todo. Bianca, la hermana lista a la que nadie tomaba en serio, no esperó a que su padre se muriera y la dejara fuera.

Fue al hombre que reparte las coronas y le ofreció un trato: ponme a mí en lugar de Lucca, y a cambio te doy lo único que tú llevas años queriendo.

La única cosa que un hombre como el Cardenal querría por encima del dinero, porque es la única que el dinero no compra.

—Le ofreció el Rojo —dije, y se me secó la boca—.

Bianca le prometió al Cardenal el libro.

Su página. La única prueba en el mundo que demuestra que el Cardenal existe y de qué es capaz.

Por eso lo quería con tantas ganas. Por eso no me mató en el ático aunque podía.

No lo quiere para tenernos cogidos a nosotros.

Lo quiere para pagarle al Cardenal lo que le prometió a cambio del trono.

Camila se quedó muy quieta. Y cuando habló, lo hizo con la voz pequeña que pone cuando el tablero se le acaba de poner del revés.

—Entonces Bianca nunca fue la jefa, Adrián. Bianca es la recadera. La que cobra los muertos de otro y le lleva el paquete a casa. —Me miró—. El enemigo nunca fue Bianca. Llevamos desde el principio jugando contra el Cardenal y sin saberlo.

—Y si nunca fue Bianca —dije, despacio—, entonces todo lo que hemos hecho contra ella era pegarle a la marioneta y dejar tranquilo al titiritero.

—Peor. Le hemos enseñado al titiritero que la marioneta no nos sirve. La próxima vez nos manda algo de su tamaño.

Nos quedamos los dos en silencio, dejando que la idea ocupara la habitación.

Era peor de todas las formas posibles. Habíamos pasado semanas peleando contra Bianca, estudiándola, midiéndola, y resultaba que Bianca era el dedo, no la mano.

Detrás había un hombre del que no sabíamos casi nada, salvo que nunca perdía, que ni Aurelio Marchetti se atrevía a escribir su nombre, y que quería —necesitaba— el libro que teníamos nosotros para volverse de verdad intocable.

Y la grieta de la cocina volvió a abrirse, sin que ninguno la nombrara, porque los dos pensamos lo mismo a la vez.

Si matar a Bianca era cruzar una línea, lo del Cardenal no era ni una línea: era un acantilado.

No puedes "quitarte de encima" a un hombre que reparte coronas como quien va a por el pan.

No tienes palanca contra el dueño de las palancas.

La salida definitiva, la que Camila defendía y yo temía, contra el Cardenal no era solo terrible: era, además, casi seguro imposible.

Por primera vez en todo esto, no teníamos ni una mala opción. No teníamos ninguna.

—Vale —dije, despacio, porque alguien tenía que empezar a pensar antes de que el miedo pensara por nosotros—.

Resumamos lo bueno, que es corto. Tenemos el libro.

El libro es lo único que el Cardenal quiere de verdad en este mundo.

Y mientras nosotros lo tengamos y él no, no estamos muertos, porque matarnos sin recuperarlo sería tirar a la basura lo que lleva años buscando.

—Eso nos compra justo lo de siempre —dijo Camila—.

Tiempo. Estar vivos mientras seamos un problema sin resolver.

Pero hay una diferencia con antes, y es grande.

—Cogió el Rojo de la mesa, lo sopesó en la mano como se sopesa un arma o una bomba—.

Antes teníamos un libro que era nuestra defensa.

Ahora sabemos que ese mismo libro es lo que el hombre más peligroso del país necesita para ser dios.

No es un escudo, Adrián. Es un imán. Y los imanes atraen lo que no quieres que venga.

Tenía razón, como casi siempre, y esta vez su razón daba más miedo que nunca.

Pero en algún punto de aquella noche horrible, mientras los dos mirábamos ese librito de tapas gastadas que se había tragado nuestras vidas, algo cambió en mi forma de mirarlo.

Dejé de verlo como el problema. Empecé a verlo como la única invitación que teníamos a la mesa donde se decidía todo.

—Entonces dejemos de huir del imán —dije—.

Si el Cardenal lo quiere tanto, no nos escondamos de él como nos escondemos de Bianca.

Vayamos nosotros a por él. Que sea él quien tenga que negociar con nosotros, para variar.

Tú llevas semanas diciendo que solo hay una forma de que esto termine de verdad.

A lo mejor tienes razón. Pero no va a terminar con Bianca, porque Bianca nunca fue el final.

Va a terminar con el Cardenal, en una mesa o en un suelo, y va a terminar pronto. Estoy harto de dormir vestido.

Camila me miró un buen rato. Y por primera vez desde la noche de la cocina, en sus ojos no había geometría ni cálculo. Había algo casi parecido al alivio, como si llevara semanas esperando a que yo dijera en voz alta lo que ella ya sabía.

—Bienvenido a la única conversación que importa —dijo—. Vamos a por el rey de verdad.

Y fuera, en alguna torre con vistas a una ciudad que era suya y no lo sabía, el Cardenal seguía sin saber que las dos personas que tenían su secreto acababan de decidir dejar de correr.

Iba a ser interesante. También iba a ser, casi seguro, lo último que hiciéramos.

Las dos cosas a la vez. Como todo, con nosotros.