37 · Camila
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Camila
Después de la conversación de la cocina, trabajamos.
Es lo que sabemos hacer cuando lo de querernos se pone demasiado difícil de mirar de frente: bajamos la cabeza y trabajamos, hombro con hombro, dejando que el plan ocupe el sitio de las cosas que ya no nos atrevíamos a seguir diciéndonos.
La cicatriz seguía ahí, entre los dos, en cada silencio un grado más frío de lo normal.
Pero también seguía el reloj de Bianca, y un reloj corriendo es muy bueno para que dos personas dejen de hurgarse las heridas y se pongan a salvarse la vida.
La tercera vía de Adrián tenía un problema de origen: para hacerle a Bianca lo que le habíamos hecho a Lucca —destruirla con lo que sabíamos—, necesitábamos algo sobre ella.
Y sobre ella no había nada. El Rojo, que tenía una página para medio país, no tenía ni una línea de Bianca Marchetti.
Así que Adrián, una noche, dejó el libro en la mesa y dijo la frase que le dio la vuelta a todo.
—Estamos buscando en el sitio equivocado —dijo—. No hay nada sobre Bianca porque Bianca es demasiado lista para dejar rastro. Pero no necesitamos algo sobre ella. Necesitamos algo sobre alguien que esté por encima de ella.
Y ahí, en el Rojo, encontramos al monstruo mayor. No fue difícil, porque era el único nombre del libro que Aurelio Marchetti no se había atrevido a escribir entero.
En todas las demás páginas, el viejo apuntaba nombres y apellidos, fechas, cifras, pecados con pelos y señales.
En una sola, recurrente, atada a las operaciones más grandes y a las muertes más limpias, Aurelio no escribía un nombre.
Escribía dos palabras, siempre las mismas, con una letra que en él era casi miedo: el Cardenal.
—Sabía quién era —dijo Adrián, pasando el dedo por encima de las dos palabras—.
Aurelio sabía de sobra quién era el Cardenal.
Y aun así no se atrevió a escribirlo. El hombre que apuntaba los secretos de todo el mundo para tenerlos cogidos, con este se guardaba el nombre.
Eso te dice todo lo que necesitas saber.
—Que el Cardenal es a Aurelio lo que Aurelio era a los demás —dije, y se me puso la piel fría de decirlo—. El que tiene a todos cogidos. Incluida la familia Marchetti. Incluida Bianca.
—Entonces la palanca no es algo que tengamos contra Bianca —dijo Adrián—. Es él.
—Él.
—El Cardenal. Si la tiene cogida como Aurelio tenía cogido a todo el mundo, no necesitamos nada de ella. Necesitamos que él decida que le estorba.
Esa era. No sobre Bianca: por encima de ella.
Si conseguíamos que el Cardenal viera a Bianca como una amenaza —que creyera que la nueva cabeza de los Marchetti tenía algo suyo, o iba a por algo suyo, o sabía demasiado—, no tendríamos que matarla nosotros.
La quitaría de en medio él, con la misma facilidad con que Bianca había quitado a Lucca.
Y nosotros nos quedaríamos fuera, mirando, vivos.
—Es elegante —admití, y no era un cumplido del todo—. Hacerle a Bianca lo que ella le hizo a su hermano, pero con un pez mucho más gordo. El problema, Adrián, es el pez gordo.
—El problema siempre es el pez gordo —dijo.
—No me refiero a eso. Me refiero a que para soltarle el Cardenal a Bianca, hay que llamar a la puerta del Cardenal.
Hay que ponerse en su radar. Y un hombre al que Aurelio Marchetti tenía demasiado miedo para escribir su nombre no es un hombre al que tú quieras que sepa que existes, que tienes el libro donde está su página, y que andas jugando con su mundo.
—Cerré el Rojo—. La tercera vía no es matar a Bianca.
Es invocar a algo peor que Bianca y rezar para que, cuando termine de comérsela, no tenga todavía hambre.
Adrián se quedó callado, y en ese silencio volvió a colarse la cicatriz de la cocina, porque los dos sabíamos lo que yo no estaba diciendo: que la tercera vía, su tercera vía, la que él había peleado para no tener que matar a nadie a sangre fría, consistía en poner en marcha algo mucho más grande y mucho menos controlable que una bala.
A veces la salida limpia ensucia más que el disparo.
Pero no lo dije. Ya nos habíamos dicho bastante esa semana.
—¿Quieres seguir adelante? —le pregunté en cambio—. Es tu plan. Tu manera. Pero si lo hacemos, le abrimos la puerta de nuestra casa a un monstruo del que no sabemos casi nada. Tú decides.
Adrián miró el libro un buen rato. Sé lo que estaba pesando: que su alternativa a convertirse en el Cuervo era esta, despertar a un demonio para no tener que ser uno. No era una elección bonita. En este oficio no las hay.
—Adelante —dijo al fin—. Pero con cuidado. Primero leemos todo lo que Aurelio dejó del Cardenal antes de acercarnos. Quiero saber a qué estamos invitando a cenar.
Y eso hicimos. Pasamos dos noches enteras desenterrando del Rojo cada mención, cada operación, cada muerte limpia atada a esas dos palabras.
Y cuanto más leíamos, peor. El Cardenal no era un mafioso, ni un banquero, ni un político.
Era las tres cosas a la vez y ninguna del todo; era el hombre al que llamaban los que tenían un problema que el dinero no arreglaba; era, según una de las pocas notas largas que Aurelio se atrevió a dejar, "el único hombre de esta ciudad que nunca ha perdido, porque hace tiempo que dejó de jugar partidas que pudiera perder".
—Cuanto más leo, menos me gusta —dije la segunda noche, dejando el libro—. Este hombre no tiene una debilidad apuntada. Ni una. Aurelio le encontró el punto flaco a media humanidad, y al Cardenal no le encontró ninguno.
—Todo el mundo tiene uno.
—Puede. Pero el de este no está en el libro. Y nosotros contábamos con el libro.
Y entonces, en la última anotación, encontré lo que me heló de verdad.
—Adrián —dije, y algo en mi voz lo hizo levantarse y venir—. Aurelio dejó una última nota sobre el Cardenal. De hace tres meses. Justo antes de que la enfermedad lo dejara fuera de juego.
—¿Qué dice?
Le señalé la línea. La leyó por encima de mi hombro, despacio, y noté el momento exacto en que entendió lo mismo que yo y se quedó sin aire.
Porque Aurelio, el viejo que lo apuntaba todo, había dedicado su última nota al hombre que más miedo le daba, y la nota no hablaba del Cardenal.
Hablaba de su hija. Decía, con una letra ya temblona de enfermo: "Bianca ha ido a ver al Cardenal. Que Dios nos ayude a todos".
No estábamos a punto de soltarle a Bianca un monstruo que no conocía.
Bianca y el Cardenal ya se habían sentado a la misma mesa, hacía meses, a espaldas de su padre y de su hermano.
Y nosotros, que creíamos estar montando la última jugada, acabábamos de descubrir que a lo mejor llevábamos toda la partida jugando dentro de la de otro.