36 · Adrián
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Adrián
Hay conversaciones que llevas semanas esquivando porque sabes que el día que las tengas algo se va a romper, y no sabes todavía si lo que se rompe es el problema o eres tú.
La conversación que Camila había dejado a medias en el coche era de esas.
La tuvimos esa noche, en el piso, con el Rojo cerrado encima de la mesa como un testigo, y fue la peor que hemos tenido nunca.
También la más honesta. En nosotros, demasiadas veces, es la misma cosa.
—Dilo —le pedí—. Lo del coche. Dilo entero. Ya no nos queda sitio para no decirlo.
—Hay que matar a Bianca.
Lo soltó así, en la mesa de la cocina, con la misma voz con la que otra gente dice que hay que sacar la basura. Y lo peor es que no le faltaba razón.
—Lo sé —dije—. Sé que es lo lógico. Sé que mientras Bianca respire, nosotros dormimos vestidos. Sé hacer las cuentas tan bien como tú, Camila. El problema no es que no entienda tu geometría. El problema es lo que me pides que sea para ejecutarla.
—Te pido que sobrevivas.
—Me pides que entre en una casa y mate a una mujer que en ese momento no me está apuntando con nada. A sangre fría. Porque puede que algún día sea un problema. —Me levanté, porque no podía decir aquello sentado—. Eso no es defenderse, Camila. Eso es ser justo lo que Sabre me entrenó para ser.
—Y seguir vivo.
—Llevo toda la vida matando, sí. Pero siempre me he contado una mentira para poder dormir: que era trabajo, que era el otro o yo, que había una línea.
Lo que me pides cruza esa línea. Y si la cruzo, mañana me levanto siendo solo el Cuervo.
Ya no el hombre que quería una vida contigo. El arma. Sin más.
Camila me miró desde la silla, muy quieta, y cuando habló, su voz tenía un filo que no me había puesto nunca a mí.
—¿Y prefieres ser un cadáver con principios?
Eso me dolió, porque era cruel y porque era verdad, y las dos cosas a la vez son la especialidad de Camila. Pero yo también sé hacer sangre, y esa noche, por primera vez, se la hice.
—¿Sabes lo que pasa, Camila? Que tú no puedes imaginarte una vida que no sea esto. Te entrenaron tan bien que ya no sabes querer sin medir el peligro, ni resolver un problema sin un cadáver.
—Eso es muy injusto.
—Puede. Pero escúchame entero. —No me detuve—.
Me da miedo que dentro de un año, cuando Bianca esté muerta, aparezca otro Bianca, y otro, y otro, porque siempre va a haber un otro, y tú vas a querer matarlos a todos.
Y un día voy a mirarte y no voy a saber si sigo queriendo a una mujer o si estoy compartiendo cama con la máquina perfecta que te hicieron.
—La miré—. Yo no tengo miedo de cruzar la línea por miedo.
Tengo miedo de cruzarla y descubrir que del otro lado tú me estás esperando, y que estás en casa.
Se hizo un silencio de los que pesan. Camila no me gritó. Habría sido más fácil que me gritara. Se quedó mirando la mesa, y por un segundo —solo uno— le vi en la cara que le había dado donde vive.
Y entonces, en vez de defenderse, hizo lo más valiente que le he visto hacer, que fue darme la razón.
—A lo mejor tienes razón —dijo, en voz muy baja, sin levantar los ojos de la mesa—.
A lo mejor ya no sé querer de otra forma.
A lo mejor me hicieron así y no hay arreglo.
—Por fin me miró, y tenía los ojos secos, porque Camila no llora, pero detrás de los ojos secos había algo roto—.
Pero te voy a decir lo único que sé con seguridad en toda esta mierda.
Cuando se suponía que tenía que matarte, no pude.
Toda mi vida obedeciendo, toda mi vida sin fallar un encargo, y contigo fallé, porque resultó que había una persona en el mundo a la que la máquina perfecta no era capaz de hacer daño.
Esa persona eres tú. Así que no me digas que soy una máquina, Adrián.
Tú eres la prueba de que no lo soy. Eres lo único que tengo que demuestra que todavía quedaba alguien dentro.
Y ahí se me cayó toda la rabia de golpe, porque me di cuenta de lo que estábamos haciendo: dos personas a las que habían roto de niños, echándose en cara las roturas, como si fuera culpa del otro lo que les habían hecho.
No era culpa suya ser geométrica. No era culpa mía querer el después.
Eran las cicatrices de dos guerras distintas, chocando en una cocina.
No lo arreglamos esa noche. Eso es lo que quiero que se entienda.
No hubo un abrazo que lo curara, ni una frase bonita que cerrara la grieta.
Algo se había dicho que no se puede des-decir; los dos sabíamos ahora qué pensaba el otro en el fondo del fondo, y eso deja marca.
Pero llegamos a un sitio. No a un acuerdo feliz. A un sitio.
—Voy a intentarlo a mi manera primero —dije—.
Una última vez. Voy a buscar una forma de quitarnos a Bianca de encima que no sea meterle una bala mientras duerme.
Me das hasta que se me acaben las ideas.
Y si se me acaban, si llega el día y no hay otra salida…
—Me costó decirlo. Lo dije—. Lo hago yo.
No tú. Si hay que cruzar esa línea, la cruzo yo, y cargo yo con lo que eso me convierta.
No voy a dejar que seas tú otra vez la que aprieta el gatillo por los dos.
Camila se levantó. Vino hasta donde yo estaba. Y no me abrazó como se abraza para consolar, sino como se agarra alguien a lo único sólido que le queda en una casa que se está cayendo.
—Trato —dijo contra mi cuello—. Tú lo intentas a tu manera. Y si no funciona, lo cruzamos juntos. No tú solo. Eso no te lo consiento. Si te vas a romper, me rompo contigo. Es lo justo.
No era un final feliz. Era una promesa de dos personas rotas de cargar juntas con la siguiente rotura.
En el mundo en el que vivíamos, era lo más parecido al amor que sabíamos hacer.
Y fuera, en algún despacho con vistas, Bianca esperaba, paciente, a que se nos acabara el tiempo o las ideas, lo que llegara antes.
A mí se me estaban acabando las dos cosas a la vez.