Rojo Manhattan 35 · Camila
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35 · Camila

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Camila

La noticia llegó un martes, a las siete y diez de la mañana, en forma de notificación en el móvil de Adrián.

Lucca Marchetti, heredero del imperio financiero Marchetti, había aparecido muerto en su despacho de la torre del banco.

Paro cardíaco, decía la nota oficial. Una tragedia para la familia, decía el comunicado de la familia.

Yo leí entre líneas, como leo siempre, y lo que decía entre líneas era otra cosa: que Bianca había movido ficha, que el hombre encerrado en una fortaleza con un coche blindado y un ejército de Niko se había muerto de repente en el sitio más seguro del mundo, y que solo hay una clase de gente que puede matarte dentro de tu propia caja fuerte. La tuya.

—Ha sido ella —dijo Adrián, leyendo por encima de mi hombro—. Limpio. Dentro de casa. Ni un disparo, ni un escándalo. Lucca vendió a la familia, la familia lo ha cobrado, y Bianca sale en las fotos llorando a su hermano.

—Y nadie va a investigar un paro cardíaco en un hombre de cuarenta años con ese apellido —dije—. Es perfecto. Da hasta miedo lo perfecto que es.

Porque eso era lo que de verdad me helaba: no que Lucca estuviera muerto. Que lo hubiera matado Bianca, así, sin despeinarse, demostrando en un solo movimiento que era todo lo que habíamos temido y un poco más.

No tardó en venir a cobrarnos a nosotros. La cuenta atrás que llevábamos semanas temiendo empezó a correr esa misma tarde, con un mensaje en un teléfono que solo Bianca tenía. Cuatro palabras, sin firma, porque no le hacía falta firmar.

"El luto dura poco. Hablemos."

—Ya está —le dije a Adrián, enseñándole la pantalla—. Lucca está enterrado, o lo va a estar el viernes, y Bianca ya quiere hablar de lo único que le queda pendiente en este mundo. Nosotros. El Rojo. El después del que tú no querías hablar ha llegado, y tiene prisa.

Teníamos una carta. Una sola, porque la página de Bianca en el Rojo Adrián todavía no la había encontrado —el viejo Aurelio había escrito mucho de todos menos, qué casualidad, de su hija pequeña, como si Bianca hubiera sido siempre demasiado lista para dejarse apuntar en un libro—.

Así que íbamos a esa conversación sin la mejor de nuestras armas. Íbamos con la otra.

—No subes tú sola esta vez —dijo Adrián, y no era una sugerencia—. Lucca ha caído. Las reglas viejas se han caído con él. Si Bianca decide que ya no le vales más viva, no quiero que pase contigo en una habitación a la que yo no puedo entrar.

Discutimos. Ganó él, en parte, que con nosotros es como se gana: a medias. Yo entré a ver a Bianca. Él se quedó cerca, más cerca que otras veces, con una línea abierta y una decisión tomada de que, si aquello se torcía, dejaba de ser un plan y se convertía en un tiroteo.

Bianca me recibió de negro, preciosa, con una pena de viuda que se le caía de la cara en cuanto cerraba la puerta. Por una vez, no había vino.

—Ya está hecho —dijo—. Lucca era un problema, y los problemas se solucionan.

Ahora solo quedáis vosotros, que sois el otro problema.

Así que vamos a solucionaros también. Dame el Rojo, Elena.

Es mío. Era de mi padre, y mi padre está muerto, y yo soy la familia.

Dámelo y a lo mejor me da por dejaros vivir.

—No —dije.

A Bianca se le escapó media sonrisa.

—Es una palabra valiente para decírmela el día que he enterrado a mi hermano por menos.

—Es la única palabra que me mantiene viva, así que la voy a usar bien.

—Di un paso, tranquila, como si la que tuviera el poder en esa habitación fuera yo—.

Escúchame, porque esto lo he preparado con cariño.

El Rojo no te lo voy a dar, por una razón muy simple: es lo único que hace que no me mates.

El día que ese libro salga de mis manos, soy una mujer que sabe demasiado y no le sirve a nadie para nada.

Así que no. Pero te voy a explicar lo que sí va a pasar.

—Soy toda oídos.

—Si me matas, o me desapareces, o intentas sacarme el Rojo por las malas, el libro entero, los nombres, los secretos, todas y cada una de las páginas que mantienen a media docena de gobiernos y a cien familias como la tuya con el cuello en una soga, se publica solo.

Está preparado para soltarse el día que yo deje de impedirlo, en sitios que tú no vas a encontrar a tiempo, porque llevo en esto tanto como tú y soy igual de buena.

Tú acabas de heredar un imperio, Bianca.

Sería una pena que el primer regalo de tu reinado fuera que el mundo entero descubra todo lo que los Marchetti tenéis escondido. Empezando por cómo murió tu hermano.

Bianca me miró un rato muy largo. Y entonces hizo lo que la convierte en la persona más peligrosa que he conocido: no se enfadó. Sonrió, despacio, como quien reconoce una buena jugada del otro lado del tablero.

—Vaya —dijo—. Has venido con los deberes hechos.

—Se sirvió, por fin, una copa, una sola, para ella—.

Tienes razón en todo. Si te mato hoy, pierdo.

Lo sé. Por eso no te voy a matar hoy. —Bebió—.

Pero ahora te explico yo a ti una cosa, ya que estamos.

Un interruptor de hombre muerto necesita una mano viva que lo sujete.

Y las manos, querida, se cansan. Se distraen.

Cometen un error en seis meses, o en un año, o en cinco.

Yo tengo un imperio, paciencia de sobra y a la mejor gente del mundo buscando dónde escondes esas copias.

Tú tienes un piso de mala muerte y un hombre al que dormir.

No te voy a matar hoy. Te voy a esperar. Y soy muy buena esperando.

Salí del ático de Bianca viva, que era lo máximo que se podía sacar de aquella conversación, y con una verdad nueva pudriéndome por dentro mientras bajaba en el ascensor: que la carta que habíamos preparado funcionaba justo lo suficiente para no morir hoy y nada para vivir mañana.

Habíamos comprado un empate. Y un empate, contra una mujer con un imperio y todo el tiempo del mundo, no es un empate. Es una derrota lenta.

Adrián me esperaba en el coche. Me vio la cara y no preguntó "¿cómo ha ido?". Preguntó lo que de verdad importaba.

—¿Estás viva y seguimos teniendo el libro?

—Sí a las dos cosas.

—Entonces, de momento, hemos ganado.

—No, Adrián. —Arranqué, me metí en el tráfico, y le dije en voz alta lo que llevaba pensando desde el ascensor, lo que él no quería oír y yo ya no podía callarme—.

De momento no nos han matado, que no es lo mismo.

Bianca nos va a esperar hasta que cometamos un error, y los dos sabemos que tarde o temprano se comete.

Un interruptor de hombre muerto nos mantiene vivos justo hasta el día que deje de funcionar.

—Lo miré en un semáforo—. No quiero pasarme la vida durmiendo vestida y mirando el móvil cada mañana.

Y solo hay una forma de que esto se termine de verdad.

Tú sabes cuál es. Y sé que no quieres ni oírla.

Pero el reloj ya ha empezado a correr, y se nos acaba el sitio donde escondernos de esa conversación.