Rojo Manhattan 34 · Adrián
74%

34 · Adrián

❖

Adrián

Camila volvió del ático de Bianca con la noticia envuelta en esa calma suya que yo ya sabía leer como una alarma. Cuando Camila está muy tranquila contando algo muy malo, es que lo malo es de verdad muy malo.

—Bianca lo sabía todo —dijo, quitándose el abrigo—. Que somos espías. Que tenemos el Rojo. Lo sabía desde el principio y dejó que la cortejara igual, porque quería que la llevara hasta el libro.

—¿Y aun así no te entregó?

—Aún peor. —Colgó el abrigo con un cuidado que no le pega, que es lo que hace con las manos cuando la cabeza le va a mil—.

Va a enterrar a Lucca. Eso lo tenemos. Pero el día que Lucca esté enterrado, viene a por nosotros.

No piensa dejar dos espías sueltos con el libro que controla a medio país. Me lo ha dicho a la cara. Brindando.

Me senté. Tardé un momento en encontrar la voz, y cuando la encontré, lo que dije fue lo más honesto y lo más inútil que se puede decir.

—O sea que mi plan limpio nos ha conseguido un enemigo nuevo, peor que el de antes.

—Tu plan limpio funciona —dijo Camila—. Lucca va a caer sin que tengamos que tocarlo. Lo que pasa es que aquí no hay planes que terminen. Solo planes que cambian a quién tienes enfrente.

Y esa es la parte que me quitó el suelo de debajo de los pies.

No el peligro nuevo —en este oficio el peligro nuevo es lunes por la mañana—.

Lo otro. Que hasta esa noche, por jodida que estuviera la situación, el reloj lo habíamos llevado nosotros.

Nosotros decidíamos cuándo nos movíamos, cuándo golpeábamos, cuándo desaparecíamos.

A partir de ese trato, el reloj lo llevaba Bianca.

Ella decidía cuándo caía Lucca. Y el día que cayera —un día que ella elegiría y nosotros no— se abría la veda contra nosotros.

—No me gusta —dije—. No me gusta nada. Hemos atado nuestra supervivencia al reloj de otra persona. Y no a una persona cualquiera: a una que ya nos ha dicho la hora a la que piensa matarnos.

—A mí tampoco me gusta. Pero dime qué alternativa había en ese ático.

—Camila se sentó enfrente de mí—. Yo subí con una sola carta, el secreto de Lucca, y resultó que ella ya tenía esa carta y tres más.

Podía haberme entregado. Podía haber llamado a Niko.

No lo hizo, porque le valgo más viva. Acepté el único trato que me mantenía respirando para poder tener esta conversación contigo.

Si querías que negociara mejor, haber subido tú a seducir a la psicópata.

Casi sonreí. Hasta peleándonos éramos un equipo.

—No te estoy echando nada en cara —dije—. Estoy asustado, que es distinto, y cuando me asusto me pongo tonto. Hiciste lo correcto. Las dos cartas que teníamos eran malas y elegiste la menos mala. —Me froté la cara—. El problema es el después. Otra vez el maldito después.

Ahí estaba, en el centro de la habitación, la grieta de siempre, solo que más grande.

Yo había peleado por la salida limpia. La salida limpia nos había dejado vivos, sí, pero atados a una mujer que nos mataría en cuanto dejáramos de serle útiles.

Y la única herramienta que me quedaba para arreglar eso era la misma que nos había metido aquí: buscar una palanca, ahora contra Bianca, hacerle a ella lo que le habíamos hecho a Lucca.

Mi forma de hacer las cosas se mordía la cola.

—Solo hay una manera de sobrevivir a una socia que te va a traicionar —dijo Camila, despacio, midiéndome, porque sabía que lo que venía me iba a doler—. Traicionarla tú primero.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Tener lista una carta para el día que caiga Lucca, y, llegado el caso, usarla del todo. Sin medias tintas. Sin salida elegante. —Se inclinó hacia mí—. Necesito saber que esta vez, si hay que llegar hasta el final con Bianca, vas a llegar.

—¿Y si te digo que todavía no lo sé?

—Entonces tenemos un problema. Porque la última vez que dejamos a alguien vivo por no ensuciarnos, ese alguien era Lucca. Y mira dónde estamos.

Y esa fue la primera vez que no supe qué contestarle.

Porque me estaba pidiendo algo concreto: que le prometiera que, llegado el momento, mataría a Bianca sin dudar, sin buscarle una tercera vía, sin esa esperanza mía de que todo se arregle sin un último cadáver.

Y yo, que mato desde los diecinueve años, que he hecho cosas que no le cuento ni a ella, descubrí que esa promesa no me salía.

No porque Bianca no se lo mereciera. Porque empezaba a entender que el día que dijera esa promesa en voz alta y la cumpliera, ya no quedaría dentro de mí nada de la persona que quería el después.

Solo quedaría el Cuervo. Y yo había aguantado vivo todos estos años justo por no ser solo el Cuervo.

—Te prometo que voy a tener la carta lista —dije al fin, que era verdad—.

Voy a buscar en el Rojo algo contra Bianca, como lo busqué contra Lucca, y lo voy a encontrar, porque todo el mundo tiene una página en ese libro.

Lo del final… —La miré—. Lo del final lo decidiré con la pistola en la mano, Camila.

Es lo único que puedo prometerte sin mentirte.

Y tú me has enseñado que prefieres que no te mienta.

Camila me sostuvo la mirada un rato largo. No le gustó la respuesta. Pero la creyó, que con nosotros es más importante.

Así que ese fue el plan, en la medida en que se puede llamar plan a algo que dependía del reloj de otra: buscarle a Bianca su página en el Rojo, tener la carta cargada, y estar listos para el día —el día de Bianca, no el nuestro— en que Lucca cayera y empezara la cuenta atrás de verdad.

El problema de planear cuando no controlas el tiempo es que no puedes prepararte para una fecha; tienes que estar preparado para todas.

Dormíamos vestidos. Teníamos una bolsa hecha junto a la puerta.

Cada mañana, lo primero que hacía Camila al despertarse era mirar el móvil a ver si la noticia ya había llegado, si Lucca ya era pasado y el plazo ya corría.

No llegó esa semana. Ni la siguiente. Y la espera tenía algo peor que el miedo: tenía paz.

Robábamos días. Días raros, prestados, en un piso de mala muerte, esperando una llamada que iba a romperlo todo, y aun así días.

Camila descifrando conmigo el Rojo a la luz de la lámpara mala, buscándole la página a Bianca.

Yo limpiando armas que esperaba no tener que usar.

Los dos sabiendo que aquello era el silencio antes de algo, y aprovechando el silencio igual, porque cuando vives así aprendes a querer en los huecos, a robarle ratos de felicidad a un reloj que no es tuyo.

Sabíamos que Lucca iba a caer. Sabíamos que el día que cayera empezaría lo peor.

Y mientras tanto, contra todo pronóstico y contra todo sentido común, fuimos casi felices, esperando el disparo de salida de la última carrera, con la mano del otro siempre cerca y una bolsa hecha junto a la puerta.