33 · Camila
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Camila
Dosificar un secreto es lo más difícil que hay.
Lo sé porque me he pasado la vida haciéndolo conmigo misma.
Le das a alguien lo justo para moverlo en la dirección que quieres, ni una palabra más, porque la palabra de más es la que te delata: la que le hace preguntarse cómo sabes tú eso, y por qué se lo cuentas, y qué ganas.
Subí al ático de Bianca con el secreto de Lucca metido en el pecho como una hoja de afeitar envuelta en seda, decidida a enseñarle solo el filo.
Tenía un plan limpio. Lo de los planes limpios, ya lo dijo Adrián, es que el mundo en que vivimos no los premia.
El plan era sencillo: darle a Bianca la prueba de que Lucca había vendido a la familia, dejar que el odio entre hermanos hiciera el trabajo sucio y quedarnos nosotros mirando desde la barrera mientras los Marchetti se devoraban entre ellos.
Un plan de manual. Limpio, distante, sin que nos salpicara.
La clase de plan que se le ocurre a quien todavía cree que controla la mesa.
Bianca me recibió como las otras veces: vino, cristal, esa sonrisa que era mitad bienvenida y mitad cuchillo.
Dejé que me cortejara un rato, porque el guion lo pedía, y cuando vi el momento —ese instante en que una conversación se ablanda y la otra persona baja un milímetro la guardia— solté la hoja.
—¿Sabías —dije, como quien comenta el tiempo— que tu hermano vendió a tu familia para quedarse el banco?
No fue un farol. Fue una bomba pequeña, colocada con cuidado. Esperaba muchas reacciones: incredulidad, rabia, que me exigiera pruebas. Bianca hizo lo único que yo no había puesto en la lista.
Se rio.
—Pues claro que lo sé —dijo, dejando la copa, todavía con la sonrisa puesta pero con los ojos de otra persona, una a la que no le había visto la cara hasta ese momento—. Lo sé desde hace dos años. ¿Tú qué te crees, que soy la hermana tonta a la que hay que traerle las noticias?
—No.
—Tengo las pruebas guardadas desde antes de que tú supieras que los Marchetti existíamos. —Ladeó la cabeza—. Así que la pregunta interesante no es cómo lo sé yo. Es cómo lo sabes tú. Y por qué me traes justo la única cosa que demuestra que has leído el libro de mi padre.
Y ahí, en una sola frase, Bianca le dio la vuelta a la partida entera.
He estado en muchas habitaciones perdiendo.
Se reconoce el momento: es cuando el suelo que creías firme resulta ser el techo de otro, y la persona que creías estar manejando te estaba dejando creerlo.
Bianca me había abierto la puerta semanas atrás, me había contado intimidades, me había dejado acercarme a su padre y a su caja, y yo había pensado —qué arrogancia— que la estaba seduciendo yo a ella.
En realidad las dos habíamos hecho lo mismo a la vez, y ella lo había hecho mejor, porque ella sabía que las dos jugábamos y yo me había creído la única jugadora en la mesa.
No me molesté en negarlo. Con Bianca, en ese momento, negar habría sido el segundo error, y yo ya había cometido el primero. Así que hice lo único que se puede hacer cuando alguien te ha leído: dejé de fingir.
—Tenemos el Rojo —dije—. Lo sospechabas.
—Acabas de confirmármelo. —No parecía molesta. Parecía una jugadora a la que le sale la carta que esperaba—. Por eso no te he entregado, ladrona. Quería ver si me llevabas hasta él.
—Entonces las dos jugábamos al mismo juego. Yo te usaba para llegar a Lucca. Tú me usabas para llegar al libro.
—Qué bonito. Dos mujeres usándose. Podría enamorarme. —Dejó la copa, y la sonrisa se le enfrió un par de grados—. Pero hablemos del después, que es donde se complican estas cosas.
—El después.
—Cuando Lucca caiga, yo seré la cabeza de esta familia. Y la cabeza de esta familia no puede permitir que dos espías anden sueltos con el libro que controla a medio país. —Ladeó la cabeza—. Sabes lo que vales para mí muerta. Eres demasiado lista para no saberlo.
Era una amenaza de las buenas, dicha con vino en la mano y sonrisa de anfitriona. Pero yo llevo toda la vida en habitaciones donde la gente sonríe mientras calcula cómo matarte, y sé jugar a esto.
—Valgo más viva —dije, con su misma calma—. Muerta, soy un cadáver y un cuaderno cifrado que nadie sabe leer. El Rojo solo lo descifra quien sabe cómo, y ese cómo se muere conmigo.
—Detalle inconveniente.
—Viva, soy la única que puede ponerte ese libro en las manos el día que Lucca ya no esté para reclamarlo. No me necesitas muerta, Bianca. Me necesitas agradecida. Y a la gente agradecida no se la mata: se le paga bien.
Bianca me miró un rato largo, y muy despacio la sonrisa de anfitriona se convirtió en otra cosa, algo más parecido al respeto que le tiene un depredador a otro cuando descubre que no ha entrado en la jaula de un cordero.
—Vas a ser divertidísima de tener cerca —dijo— hasta el día en que tenga que decidir si te mato.
—Lo mismo digo.
—Trato, entonces. —Levantó la copa, como un brindis—. Yo me ocupo de Lucca. Tú y tu marido seguís vivos mientras me seáis más útiles vivos que muertos. Del Rojo hablaremos cuando mi hermano esté criando malvas. ¿Tenemos un acuerdo, ladrona?
Lo teníamos. Era el peor acuerdo que había hecho en mi vida, y el único que había sobre la mesa.
Brindé con una mujer que acababa de prometerme que me mataría el día que dejara de convenirle, y bajé en el ascensor con una certeza nueva y fría asentándose en el estómago: que Adrián tenía razón.
Habíamos entrado en esto para quitarnos a un Marchetti de encima.
Y acabábamos de fabricarnos otro, más listo, más paciente y mucho más difícil de matar.
En el espejo del ascensor me miré la cara que le había puesto a Bianca toda la tarde: serena, divertida, dueña de la situación.
Una cara mentirosa más, de las muchas que sé poner.
Lo que el espejo no enseñaba, porque eso no se enseña, era la otra cosa que bajaba conmigo: que cada movimiento que hacíamos para salir del laberinto añadía un pasillo nuevo, y que empezaba a temerme que de aquel laberinto Adrián y yo no salíamos.
Que solo se elegía en qué esquina te alcanzaban.