Rojo Manhattan 32 · Adrián
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32 · Adrián

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Adrián

Hay una clase concreta de infierno que no viene en los manuales, y es este: ver salir por la puerta a la mujer que quieres, vestida para gustarle a otra persona, sabiendo que va a hacerlo bien porque hace bien todo, y haber sido tú el que propuso el plan.

No me puedo ni quejar. La idea de usar a Bianca fue mía.

Me la guardo entera, como un caballero, y me siento a esperar como un idiota.

La primera noche, antes de salir, se paró en la puerta con ese vestido y me miró.

—Puedes decirlo —dijo—. Lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

—Estás pensando tanto que hace ruido. —Se acercó, me dio un beso corto, de los que saben a despedida pequeña—. Voy a mentirle a una mujer para mantenernos vivos. Vuelvo en unas horas. Y por si te sirve mientras esperas: ahí arriba todo es mentira. Aquí abajo no. No te confundas de sitio.

—Nunca —dije.

Y se fue, y yo me quedé con la frase y con el libro.

Las noches que Camila subía al ático de Bianca, yo me quedaba en el piso con el Rojo, una lámpara mala y un café peor, haciendo lo único que podía hacer por ella desde la distancia: buscarle una salida.

El Rojo, de cerca y con tiempo, era menos un libro de cuentas y más un cementerio.

Aurelio Marchetti había pasado cuarenta años apuntando con letra pequeña los pecados de toda la gente que importaba en este país: quién debía qué a quién, quién había matado a quién, qué jueces, qué ministros, qué apellidos respetables tenían un cadáver en el sótano.

Por eso lo querían todos. No por el dinero.

Por el miedo. El que tenía el Rojo tenía a medio país cogido por el cuello.

Yo no buscaba a medio país. Buscaba una sola página. La de Lucca.

Porque Camila tenía razón en su geometría, pero yo seguía convencido de que había otra línea: si en aquel libro había algo sobre Lucca —algo que Lucca no pudiera permitirse que se supiera—, no haría falta matarlo.

Haría falta enseñárselo. A un hombre al que puedes destruir con una página no manda a nadie a matarte; está demasiado ocupado rezando para que no pases esa página.

Camila volvía tarde, siempre, oliendo a un perfume que no era el suyo, con la coraza puesta de una forma que a mí ya no me engañaba porque le había visto la cara de debajo. Las primeras noches no hablábamos de ello.

—¿Cómo ha ido? —preguntaba yo, como quien pregunta por una reunión de trabajo.

—Avanzando —decía ella.

Y los dos fingíamos que esto era normal. La cuarta noche se me acabó el fingir.

—¿Te toca? —pregunté. No quería preguntarlo. Salió solo.

Camila se quedó quieta en la puerta, todavía con el abrigo puesto.

—¿De verdad quieres que tengamos esta conversación?

—No —dije—. Quiero no tener que tenerla. Pero la idea fue mía, y resulta que ser el listo que propone el plan y el tonto que se lo come no es tan fácil de llevar a la vez como yo creía. Así que sí. Dime. ¿Te toca?

Camila cerró la puerta despacio. Cruzó la habitación. Y en vez de contestar a la pregunta que le había hecho, contestó a la de debajo, que es lo que hace la gente que de verdad te conoce.

—A Bianca le dejo que crea que puede —dijo, en voz baja—.

Le dejo la mano en la cara y la sonrisa y el "ven más veces".

Es el precio, y lo pago, y no me tiembla nada mientras lo pago, y eso debería tranquilizarte y sé que es justo lo que te quita el sueño.

—Se sentó a mi lado, delante del libro abierto—.

Pero hay una diferencia que tú sabes y ella no.

A ella le finjo. A ti no te he fingido ni una sola vez, ni cuando se suponía que tenía que matarte.

Esa es la única frontera que no he cruzado en toda mi vida, Adrián. Y no la voy a cruzar por un plan.

La creí. Esa es la parte que no sé explicar: que a una mujer que miente para vivir, yo le creía justo esa.

—Vale —dije—. Pero que conste que esto se me da mal. Lo de prestarte. Por mucho que lo haya propuesto yo.

—Ya lo sé. —Me pasó un dedo por el ceño fruncido, casi con burla—. Se te nota en la cara de mártir que pones cuando salgo por la puerta. Trabájatela. Bianca no puede pensar que tu marido te deja ir de mala gana.

—Tu marido te deja ir de muy mala gana.

—Tu marido es un profesional. Que finja.

Casi me reí.

Esa noche, después de que se durmiera —porque al final se durmió, con la cabeza en mi hombro, que es la clase de cosa por la que un hombre se mete en guerras—, volví al libro.

Y a las tres de la mañana, en una página que Aurelio había escrito con una letra más apretada que las demás, como si le diera vergüenza, lo encontré.

Lucca tenía un secreto. Uno grande. Para hacerse con el banco antes de que su padre muriera, Lucca había hecho un trato a espaldas de la familia con uno de los nombres del propio libro: había vendido información de los Marchetti —de su propia sangre— a cambio de que le aseguraran la sucesión.

En el mundo de Aurelio no hay pecado peor.

Un Marchetti que vende a un Marchetti está muerto el día en que la familia se entera.

Y "la familia", a estos efectos, era una sola persona con poder para hundirlo: Bianca.

Me quedé mirando esa página un buen rato. Había encontrado justo lo que buscaba —y, con la puntería que tiene la vida para estas cosas, justo lo que más me complicaba todo lo demás.

—¿Qué pasa? —La voz de Camila, ronca de sueño, desde la almohada. Me había sentido moverme. Siempre me siente.

—Tenemos a Lucca —dije—. Sin matarlo.

—¿Qué? —Ya se incorporaba, despierta de golpe.

Le pasé el libro y le señalé la página, y la vi leer con esos ojos que pasan de dormida a letal en dos segundos.

—Vendió a su familia para quedarse el banco. Si Bianca lo sabe, Bianca lo entierra. No nos hace falta una bala. Nos hace falta una conversación con la persona a la que ya estás cortejando.

Camila leyó la página dos veces. Y cuando levantó la vista, no había en su cara el alivio que yo esperaba. Había cálculo. El de siempre.

—O —dijo, despacio— le enseñamos esto a Bianca, Bianca usa a Lucca para subir ella, nos quedamos sin la única palanca que teníamos y con una Marchetti nueva en el trono que sabe demasiado de nosotros.

—Me devolvió el libro—. Tu plan limpio tiene un problema, Adrián.

Para que funcione hay que poner en manos de Bianca un arma cargada.

Y todavía no sabemos hacia dónde apunta Bianca cuando deja de mirarme a mí.

—Entonces no se lo damos entero —dije—. Le damos lo justo para que entierre a Lucca y no lo bastante para que nos entierre a nosotros.

—Eso es justo lo difícil. —Camila se incorporó—. Dosificar un secreto es más complicado que apretar un gatillo. Por eso mi plan sigue siendo el más limpio de los dos, por sucio que suene.

Tenía razón. Otra vez. Mi salida limpia no era una salida; era cambiar un Marchetti que nos quería muertos por otro Marchetti que nos debería un trono y que algún día, cuando le conviniera, recordaría que sabíamos demasiado.

La geometría de Camila volvía a ganarle a mi esperanza, no porque la mía fuera mentira, sino porque el mundo en el que vivíamos no premiaba las salidas limpias. Solo las definitivas.

—No tenemos que decidirlo esta noche —dije, que era lo que llevábamos repitiéndonos desde la discusión de la torre y que cada vez sonaba menos a tregua y más a una deuda que se acumulaba.

Camila no discutió. Se volvió a tumbar, me tiró del brazo para que me tumbara con ella, y nos quedamos los dos despiertos en la oscuridad, con el Rojo cerrado sobre la mesa y la decisión sin tomar entre los dos como un tercero en la cama.

Mañana ella volvería a subir al ático de Bianca.

Yo volvería a quedarme abajo, fingiendo que leía.

Y los dos seguiríamos haciendo lo único que sabíamos hacer con esto que nos pasaba y que no teníamos ni idea de cómo se llevaba: aguantarlo juntos.

Querer, descubrí esa noche, a veces no es más que eso.

Las ganas de salir corriendo, y quedarte.

Cada noche. A oscuras. Con el plan entre los dos y la mano del otro en el brazo, aguantando lo que no se puede aguantar porque el otro lo está aguantando contigo.