Rojo Manhattan 31 · Camila
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31 · Camila

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Camila

Volver a ser Elena Sinclair fue como ponerme un vestido que ya no me estaba.

Me lo puse igual, porque el oficio es eso: meterte en una piel que te aprieta y sonreír como si te sobrara sitio.

Pero esta vez había una diferencia que lo cambiaba todo, y la diferencia tenía nombre: ellos sabían.

Lucca le había contado a su familia que el matrimonio Sinclair se había llevado el Rojo la noche en que murió su padre.

Elena Sinclair ya no era una invitada elegante.

Elena Sinclair era una ladrona con cara conocida que volvía, sola, al sitio donde más ganas tenían de verla muerta.

Adrián no quería que fuera. Lo discutimos hasta las tres de la mañana.

—Es una locura —dijo—. Saben quién eres. Bianca sabe quién eres. Vas a meterte en su terreno, sin mí, donde con que descuelgue un teléfono y llame a Niko estás muerta.

—Bianca no va a descolgar ningún teléfono.

—No lo sabes.

—Lo sé. —Y lo sabía, aunque no podía explicárselo del todo, porque la razón era una de esas cosas que sé leer en la gente y no sé demostrar—.

Bianca tuvo la ocasión de entregarme cien veces antes de la noche del robo y no lo hizo.

Una mujer que te mira como me miraba ella no te entrega a su hermano.

Te quiere para ella. Y a la gente que te quiere para sí, se la maneja. Es lo único que sé hacer mejor que tú.

Bianca me citó en su sitio, no en el de la familia, lo cual era media buena noticia: significaba que no me llevaba directa a la boca de Niko.

La otra media era que me llevaba a su terreno, a su juego, con sus reglas.

Un ático en el centro, todo cristal y silencio, con una sola persona dentro y una botella de vino ya abierta, como si llevara esperándome desde antes de que yo decidiera venir.

—La ladrona —dijo Bianca, sin levantarse del sofá, mirándome por encima de la copa—.

La mujer que entró en mi casa, se sentó a mi mesa, dejó que me encariñara con ella y se largó con lo único que mantenía vivo a mi padre.

—Bebió—. Tienes un par de cosas que la mayoría de la gente que me ha traicionado no tiene.

Una es valor. La otra es que sigues estando guapísima. Siéntate.

No me senté enseguida. En estos juegos, el que tiene prisa pierde.

—Podrías haber llamado a Niko —dije.

—Podría. —Ladeó la cabeza—. ¿Por qué crees que no lo he hecho?

—Porque te aburres. Y porque la última cosa interesante que te ha pasado en años entró por esa puerta hace un momento.

Bianca sonrió, despacio, y en esa sonrisa había deseo y advertencia a partes iguales, que en ella eran la misma cosa.

—Sigue —dijo—. Me encanta cuando me explican por qué hago lo que hago. Casi siempre se equivocan. A ver tú.

Así que se lo expliqué. No la verdad —la verdad nunca—, pero sí lo bastante de verdad para que mordiera, porque las mejores mentiras son casi todo verdad con una astilla envenenada en el centro.

—Tu hermano ha puesto dos millones por mi cabeza —dije—. Lucca me quiere muerta. Y yo, en vez de salir corriendo del país, que es lo que haría cualquiera con dos dedos de frente, he venido aquí. A tu ático. Sola. A ponerme a tiro. —Di un paso hacia ella—. Pregúntate por qué.

—Dímelo tú. Se te da bien.

—Porque tu hermano y yo queremos la misma cosa, que es que el otro desaparezca.

Y porque tú —otro paso— llevas toda la vida queriendo lo mismo que yo quiero ahora: que Lucca deje de ser el que manda en esta familia.

Yo puedo darte eso, Bianca. No vengo a pedirte que me perdones lo del Rojo.

Vengo a ofrecerte un trato que termina con tu hermano fuera y contigo en la silla que siempre debió ser tuya.

Bianca dejó la copa en la mesa. Por primera vez desde que entré, no parecía divertida. Parecía interesada, que es mucho más peligroso.

—Y a cambio —dijo.

—A cambio me ayudas a llegar a él.

Lo que pasó después es la parte que no le conté a Adrián con todas sus letras.

No porque hiciera nada que tuviera que esconder, sino por lo otro: por lo bien que se me daba.

Bianca se levantó. Acortó la distancia que yo había ido abriendo paso a paso, hasta ponerse lo bastante cerca para que yo oliera su perfume y ella oliera mi mentira, si supiera olerla.

Me puso una mano en la cara. Y yo no me aparté, porque Elena Sinclair no se apartaría, porque el plan necesitaba que no me apartara, y porque —esta es la astilla que llevo clavada desde siempre— sé hacer esto sin que me tiemble nada por dentro.

Querer me da miedo. Fingir que quiero no me cuesta nada.

Y hay noches en que no sé cuál de las dos cosas debería asustarme más.

—Lo pensaré —dijo Bianca al fin, con los labios a un palmo de los míos, disfrutando del poder de hacerme esperar—.

Tu trato. Lo pensaré. Pero las cosas que valen la pena no se deciden en una noche, Elena, y yo soy una mujer a la que le gusta que la cortejen.

Si quieres mi ayuda para acabar con mi hermano, vas a tener que venir más veces.

A dejarte ver. A convencerme de a poquitos.

—Sonrió—. Considéralo el precio. A mí me divierte, y a ti te mantiene viva, que en tu situación no es poco.

Era un sí disfrazado de quizá, que es la única clase de sí que da la gente como Bianca.

Y era también una correa: me ataba a volver, una y otra vez, a meterme en la boca del lobo, a jugar este juego hasta que ella decidiera que ya me había cortejado bastante.

Acepté con la barbilla. No tenía otra carta.

Y entonces, justo cuando me iba, llegó el recordatorio de lo fino que era el hielo sobre el que bailaba.

Al salir, en el ascensor, las puertas se abrieron en un piso intermedio y entró un hombre.

Traje oscuro, hombros de los que abren puertas a la fuerza, un auricular en la oreja.

Gente de Niko. Me miró. Me miró de esa forma en que mira la gente entrenada para recordar caras, y por un segundo de hielo puro pensé que se había acabado, que me había visto en la quinta planta la noche del robo, que iba a hablar por ese auricular y a llenar el ascensor de hombres armados.

No dijo nada. Salió en el siguiente piso. A lo mejor no me reconoció. A lo mejor sí, y solo era un peón sin órdenes sobre mí. No lo supe, y esa es la cuestión: en la boca del lobo, nunca sabes si el lobo te ha visto o solo está esperando a tener hambre.

Salí a la calle, me metí entre la gente, di tres rodeos para asegurarme de que nadie me seguía, y cuando por fin me subí al coche donde Adrián esperaba con las manos blancas de tanto apretar el volante, lo único que dije fue:

—Está dentro. A medias. Y voy a tener que volver.

Lo que no dije, lo que me guardé mirando por la ventanilla mientras arrancábamos, fue la pregunta que Bianca me había dejado clavada sin saberlo, la misma que Adrián me había hecho dos noches antes y que yo seguía sin poder contestar: hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Con Bianca. Con Lucca. Con todo. Porque cuanto más fácil me salía mentir y seducir y sonreír con una mano peligrosa en la cara, más me costaba acordarme de dónde terminaba Elena Sinclair y empezaba la única persona a la que de verdad no le mentía nunca, que me esperaba en un coche robado con cara de haber muerto un poco cada minuto que yo había estado ahí arriba.