30 · Adrián
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Adrián
La euforia de Red Hook nos duró hasta el café de la mañana siguiente, que es más o menos lo que duran las euforias en este oficio. Después llegó la aritmética, que no perdona.
—Media docena —dije, mirando el techo del piso, tumbado en el colchón con Camila al lado—. Marcus dijo media docena. Y algunos mejores que él.
—Lo sé.
—No podemos con seis. No así, de uno en uno, esperando a que aparezcan. Cogimos a Marcus porque tuvo prisa y porque no sabía que íbamos a por él. El segundo ya sabrá lo de Marcus. El tercero vendrá con más cuidado. Es cuestión de tiempo que uno tenga suerte, o que vengan dos a la vez.
Camila se incorporó sobre un codo y me miró, y supe que llevaba pensándolo desde antes que yo, porque ella siempre llega antes a los sitios feos.
—Entonces dejamos de contar cazadores —dijo— y vamos a por la mano que firma los cheques.
—Lucca.
—Lucca. Si Lucca deja de pagar, los seis se van a casa el mismo día. No tenemos un problema de seis hombres. Tenemos un problema de uno.
Hasta ahí, de acuerdo. Los dos. Es lo que tiene trabajar con alguien que piensa como tú: las decisiones grandes salen solas. El problema no era la decisión. El problema fue la palabra que vino después.
—¿Y cuando lleguemos a él? —pregunté—. ¿Qué le hacemos?
—Lo que se le hace a una mano que quiere matarte. —Camila lo dijo sin levantar la voz, sin maldad, como quien recita una tabla de multiplicar—. Se la corta.
—Lo matamos.
—Lo matamos. Es la única solución que no se puede comprar de vuelta, Adrián. A un hombre vivo lo amenazas, lo chantajeas, le ofreces dinero, y cualquiera de esas cosas se deshace mañana. Un hombre muerto deja de pagar para siempre. Es geometría. No hay línea más corta entre nosotros y vivir.
Y tenía razón en la geometría. Ese es el problema con Camila: casi siempre tiene razón en la geometría. Pero yo llevaba un par de semanas pensando en otra cosa, en una cosa que ella todavía no se permitía pensar, y se lo dije.
—Lucca Marchetti tiene una hermana —dije—.
Y un padre al que acabamos de enterrar. Y un apellido que, según el propio Lucca, tiene memoria.
Si lo matamos, no apagamos la guerra. La heredamos entera.
Bianca no va a mandar media docena de autónomos: va a mandar todo lo que tiene, y va a tener tiempo y dinero el resto de su vida.
Matar a Lucca no nos saca de esto. Nos mete más adentro.
Camila se quedó callada un momento. No porque no tuviera respuesta —siempre tiene respuesta—, sino porque, creo, le molestó que yo la tuviera primero.
—¿Y qué propones? —dijo, y había un filo nuevo en su voz—. ¿Le mandamos una carta? ¿Le pedimos por favor que nos deje en paz? Esa gente no entiende otra cosa que la fuerza, Adrián. Lo sabes mejor que yo.
—Propongo no matar a la única persona cuyo cadáver convierte a su hermana en nuestra enemiga eterna.
Propongo usar lo que tenemos. —Saqué el Rojo del bolsillo interior de la chaqueta, ese libro pequeño de tapas gastadas por el que se mataba medio mundo, y lo puse entre los dos—.
Aquí dentro hay nombres. Secretos. De gente más poderosa que Lucca.
A lo mejor hay una forma de que Lucca tenga más miedo de que este libro hable que de que nosotros sigamos vivos.
A lo mejor podemos hacer que nos necesite vivos. Eso no se hereda, Camila. Eso se acaba.
—O a lo mejor lo intentamos, nos sale mal, y nos mata mientras tú buscas una solución elegante.
—Se levantó del colchón, y eso, en ella, ya sabes lo que significa—.
Esto es lo que me da miedo de ti. Que en el fondo todavía crees que esto se puede arreglar sin ensuciarte del todo.
Y un día esa idea bonita nos va a costar la vida a los dos.
No le contesté enseguida, porque lo que decía me dolía por una razón sencilla: tenía parte de razón.
Yo seguía creyendo en el después. En una versión de esto que terminara con nosotros vivos en algún sitio sin habernos convertido del todo en lo que las agencias hicieron de nosotros.
Camila había enterrado esa esperanza hacía mucho, o no la había tenido nunca.
Yo no. Y puede que esa fuera, justo, la grieta que un día nos saliera cara: que yo todavía quería un final limpio en un trabajo donde los finales limpios no existen.
—No vamos a resolver esto ahora —dije al fin, porque era verdad y porque seguir tirando de la cuerda solo iba a romperla—.
No tenemos que decidir hoy cómo termina Lucca.
Tenemos que llegar hasta él primero, y eso, te lo aseguro, va a costarnos tanto que a lo mejor, cuando lo tengamos delante, el cómo se decide solo.
Eso sí lo aceptó, porque era cierto. Llegar a Lucca no era llegar a Marcus. Marcus era un autónomo en un almacén. Lucca era un Marchetti en su torre: el banco, una casa que era una fortaleza, y un perro guardián que ya nos había costado sangre una vez.
—Niko —dijo Camila, leyéndome el pensamiento, como hacía cada vez más.
—Niko. Sigue vivo. Y después de la noche del robo, nos odia con motivo. Para llegar a Lucca hay que pasar por Niko otra vez, y Niko ya no nos va a subestimar.
Así que empezamos por donde se empieza siempre: mirando. Dos días de reconocimiento, a distancia, con los métodos que prefiero no detallar, para entender cómo se movía Lucca Marchetti por el mundo ahora que su padre estaba muerto y él era, de hecho, el rey. Y lo que encontramos no me gustó nada.
Lucca casi no salía. Desde la muerte de Aurelio se había encerrado entre la torre del banco y la casa, y se movía de una a otra en un coche blindado con una rutina que cambiaba cada día, rodeado de gente de Niko.
No era un hombre asustado. Era un hombre que sabía de sobra que dos personas con un libro robado lo querían muerto, y que había convertido su vida en una caja fuerte con patas.
—No tiene grietas —dije la segunda noche, dejando los prismáticos—. No bebe en sitios públicos, no tiene una amante a la que visite, no tiene una sola costumbre que podamos usar. Se ha blindado. Es como intentar llegar al fondo de una caja fuerte por la puerta.
—Las cajas fuertes no se abren por la puerta —dijo Camila, y por primera vez en dos días algo en su cara se parecía a una sonrisa—. Se abren por dentro. Si no podemos llegar a Lucca desde fuera… habrá que conseguir que alguien de dentro nos abra.
Y los dos pensamos en lo mismo a la vez, en el mismo nombre, en la única persona del mundo Marchetti que odiaba a Lucca casi tanto como nosotros y que, además, una vez, había mirado a Elena Sinclair como se mira algo que se quiere tener.
Bianca.
Camila lo dijo en voz alta antes que yo, como casi todo.
—Bianca nos abre la puerta de Lucca sin saberlo —dijo—. Si Elena vuelve.
Y ahí estaba otra vez el oficio, metiéndose donde más duele: porque para llegar al rey teníamos que mandar a Camila de vuelta a la boca del lobo, sola, a hacerle creer a una mujer peligrosa que la quería.
Y porque, por mucho que los dos supiéramos que era la mejor jugada, ninguno de los dos dijo en voz alta lo que pensábamos los dos a la vez: que no me gustaba un pelo, y que a ella tampoco.