29 · Camila
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Camila
Pasamos dos días escondidos, y me bastaron dos días para saber que no íbamos a poder vivir así. No por el miedo. Por el aburrimiento del miedo, que es peor. Estar quieta esperando a que venga alguien a matarte va contra todo lo que soy. Yo no espero. Yo voy.
Así que la tercera mañana, mientras Adrián vigilaba la calle desde la ventana como llevaba haciendo desde el amanecer, le dije lo que llevaba toda la noche pensando.
—Lo estamos haciendo mal —dije—. Llevamos dos días jugando a su juego: escondernos, correr, esperar el siguiente golpe. Y en ese juego ganan ellos siempre, porque son más y tienen más tiempo. Hay que cambiar de juego.
—¿A cuál?
—Al nuestro. —Me levanté—. Dejamos de ser la presa. El que nos tendió la trampa en lo de Béla tiene prisa, y la prisa comete errores. Vamos a encontrarlo nosotros a él antes de que nos encuentre. Y vamos a hacerle algunas preguntas.
Esperé el "no". El Adrián de hacía una semana habría dicho que era una locura o, peor, habría asentido y luego se habría ido a hacerlo solo. Este no hizo ninguna de las dos cosas.
—Vale —dijo—. ¿Por dónde empezamos?
Y esa pregunta —ese plural, ese "empezamos"— era todo lo que yo necesitaba oír.
Y aquí es donde, por primera vez, hicimos lo que el desastre de Béla nos había enseñado: pensar juntos. No yo dándole órdenes, no él yéndose por su cuenta. Los dos, sobre la mesa de la cocina, con un café malo, montando el puzle a cuatro manos.
—La trampa de Béla la montó alguien que sabía que Béla era mi contacto —dijo Adrián—. Eso no lo sabe cualquiera. Esa información solo la tienen tres o cuatro personas vivas, y todas son de Sabre.
—Sabre está esperando. Hale fue claro: no tendrían prisa. —Negué con la cabeza—. Esto no es Sabre. Es alguien que le compró esa información a Sabre. O a un Marchetti. Alguien de fuera, contratado, al que le pagan por resultados y rápido.
—Un cazarrecompensas.
—Un cazarrecompensas bueno, además, porque encontró a Béla en tres días. —Di un golpecito en la mesa—. Y los cazarrecompensas, a diferencia de las agencias, tienen una debilidad preciosa: trabajan por dinero. Y al dinero se le sigue el rastro.
—El rastro del dinero tarda. —Adrián se inclinó sobre la mesa—. No tenemos semanas para seguir una transferencia. Hace falta algo más rápido.
—Entonces no le seguimos el rastro a él. —Lo miré—. Hacemos que venga él a nosotros.
No voy a contar todos los pasos, porque algunos son trucos del oficio que prefiero no regalar, y porque el cómo importa menos que el qué. Pero, en resumen: si quieres encontrar a un cazarrecompensas que te busca, no te escondes mejor. Te pones a la venta.
Filtramos, por los canales sucios donde se mueve esa gente, un rumor pequeño y delicioso: que los dos fugitivos que todo el mundo buscaba iban a intentar vender una copia del Rojo, en persona, a un comprador, en un sitio y a una hora.
Un cebo perfecto, porque un cazarrecompensas con prisa no podía permitirse no aparecer: si era verdad, era la ocasión de cogernos a los dos juntos y quietos.
Y si no aparecía él, aparecería quien lo había contratado, que también nos servía.
Apareció él.
El sitio lo elegimos nosotros: un almacén vacío en Red Hook, con tres salidas que controlábamos y una sola entrada que él no sabía que era una ratonera.
Yo fui el cebo. Visible, sola en apariencia, con un maletín que no llevaba dentro lo que él creía.
Adrián fue lo que de verdad importaba: el que no se veía, colocado donde un hombre que entra a cazarme no mira, porque cuando entras a por una mujer sola con un maletín, el cerebro te dice que ya has ganado, y un cerebro que cree que ha ganado deja de mirar las esquinas.
Entró. Bueno, de verdad bueno: barrió la sala con los ojos, me localizó, calculó.
Lo que no calculó, porque no podía, era que la mujer del maletín no estaba ni sola ni asustada, sino esperándolo, y que el ángulo muerto de la sala tenía dentro a la otra mitad de un equipo que llevaba semanas aprendiendo a no fallar cuando trabajaba junto.
No hubo tiroteo. Esa es la parte de la que estoy orgullosa.
Entre los dos, sin un disparo, en cuestión de segundos, lo tuvimos contra el suelo, desarmado, inmovilizado y muy sorprendido.
La caza más rápida de mi carrera. Y la primera que hice sin tener que vigilar a mi propio compañero, porque mi compañero, por primera vez, estaba de mi lado de verdad.
Se llamaba —dijo que se llamaba— Marcus, y era justo lo que habíamos pensado: un autónomo, sin agencia, sin bando, contratado por resultados.
No le hicimos daño. No hizo falta; la gente que trabaja por dinero entiende muy bien una conversación sobre dinero, y nosotros teníamos en la mano la única cosa de este mundo que valía más que cualquier contrato que le hubieran ofrecido.
—¿Quién paga? —pregunté.
Me miró, calculando, y vi el momento justo en que decidió que esa noche le convenía más hablar que callar.
—Un Marchetti. Lucca.
—¿Cuánto?
—Dos millones. Por la lista y por que no salga ninguno de los dos vivo.
Detrás de mí, Adrián silbó por lo bajo.
—¿Solo a ti? —dijo.
—No. —Marcus casi se rió, ahí tirado en el suelo—. No soy el único al que ha llamado. Sois el trabajo más caro de la costa este ahora mismo. Hay media docena como yo buscándoos. Algunos, mejores que yo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Marcus—. ¿Me matáis?
—No. —Me agaché a su altura—. Te dejamos vivo y atado. Y cuando te suelten tus amigos, les das un recado: que los dos del Rojo no son dos corderos a los que recoger. Que muerden. Y que el que venga a por nosotros, que venga sabiendo que a lo mejor no vuelve.
—Se lo diré.
—Sé que sí.
A veces, la mejor defensa es que se corra la voz de que muerdes.
Salimos de Red Hook al amanecer, y por primera vez desde la noche del robo no íbamos huyendo de nada.
Íbamos volviendo. A casa, si es que aquel piso de mala muerte podía llamarse así.
A planear el siguiente golpe, porque ahora sabíamos que habría un siguiente golpe, y que esta vez lo daríamos nosotros.
—Dos millones —dijo Adrián en el coche, casi divertido—. Es halagador. Nunca había valido tanto.
—Vales el doble —dije—. Yo soy la mitad cara del paquete.
Se rio. Y me di cuenta, oyéndolo reír en aquel coche robado a las seis de la mañana, con media docena de asesinos buscándonos y dos agencias esperando a que muriéramos de cansancio, de que era feliz.
Feliz de una forma rara, peligrosa, que no se parecía a nada de lo que me habían enseñado que era la felicidad. Pero feliz.
Porque por fin habíamos dejado de correr. Y porque, fuera lo que fuera lo que viniera a por nosotros a partir de esa mañana, iba a tener que vérselas con los dos. Juntos. De caza.
Que vinieran.