28 · Adrián
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Adrián
Hicimos lo que Camila había dicho. En tres días montamos un dispositivo de hombre muerto digno de gente que se dedica a esto: copias del Rojo en cuatro sitios, en cuatro países, en manos de cuatro personas que no se conocían entre sí y que tenían instrucciones de soltarlo todo si dejábamos de mandar una señal cada cierto tiempo.
Y entonces mandamos el mensaje. Uno para cada agencia.
Corto. Sin amenazas de las que gritan; las amenazas de verdad se susurran.
La respuesta de Sabre llegó al día siguiente, a un buzón muerto que solo Hale y yo conocíamos. Esperaba un insulto, o un farol, o nada. Lo que llegó fue peor.
"Buena jugada, Cuervo. Te la concedo. De momento ganas.
" Eso decía la primera línea, y si hubiera terminado ahí habría podido dormir.
No terminaba ahí. "Pero piénsalo bien. Te has comprado tiempo, no un indulto.
La gente que chantajea a una agencia se cansa.
O se confía. O se muere de cosas que parecen naturales.
Nosotros no tenemos prisa, y vosotros vais a tener que dormir el resto de vuestra vida con un ojo abierto.
Yo en tu lugar disfrutaría de la luna de miel. No va a durar. H."
Le pasé el papel a Camila sin decir nada. Lo leyó dos veces. Cuando lo dejó, tenía la cara de quien acaba de entender la letra pequeña de un contrato que ya ha firmado.
—No nos van a matar mañana —dijo.
—No. Nos van a esperar. Que es otra forma de matarte, solo que más larga.
—Entonces el plan funciona.
—A medias. Nos compra que no nos disparen hoy; no que dejen de querer hacerlo.
—A medias es más de lo que teníamos ayer. —Camila dobló el papel—. Aprenderemos a vivir en el a medias.
Si íbamos a sobrevivir a esa espera, necesitábamos dejar de ser nosotros.
Identidades nuevas. Pasaportes que aguantaran un control.
Y para eso solo había una persona en la ciudad de la que yo me fiaba: un viejo falsificador húngaro, Béla, que me había sacado de tres países en otras tantas vidas y que tenía una regla de oro: no preguntar.
Fui a verlo. Solo.
Y ese "solo" es la parte que me cuesta contar, porque no fue un descuido.
Fue una costumbre. Llevo veinte años siendo un hombre que va a los sitios solo, que no le debe a nadie la cortesía de avisar, que se mueve mejor sin tener que cuidar de otro.
Salí del piso mientras Camila dormía después de tres noches sin dormir, le dejé una nota y me fui a hacer lo que siempre había hecho como lo había hecho siempre.
No se me pasó por la cabeza que ya no vivía esa vida.
El taller de Béla estaba en un sótano de la calle 38.
Bajé las escaleras como las había bajado una docena de veces.
Y a mitad de la escalera, el instinto —lo único que nunca me ha mentido— me paró en seco.
La puerta del taller estaba entornada. Béla nunca dejaba la puerta entornada.
Béla tenía tres cerraduras y un miedo sano a todo.
No entré. Veinte años de instinto pesan más que veinte años de amistad, y el instinto decía que detrás de esa puerta no estaba Béla esperándome con un café.
Me quedé quieto, escuchando, y oí lo que no quería oír: dentro, alguien se movía.
Despacio. Con cuidado. Como se mueve quien lleva horas esperando a que un hombre baje por unas escaleras.
No bajé el último tramo. Subí. Despacio, sin correr, porque correr es lo que delata, y salí a la calle 38 con la cabeza fría y la certeza caliente de tres cosas: que Béla estaba muerto o vendido, que me habían tendido una trampa usando mi propio pasado de cebo, y que si hubiera entrado, como habría entrado el Cuervo de hacía un mes, ahora estaría en aquel sótano para siempre.
Me habían encontrado. No las agencias, que esperaban. Otro. Alguien con prisa y sin reglas. Y me habían encontrado a través de lo único que un fugitivo no puede cambiar tan rápido como un nombre: su pasado. La gente que conoce. La gente de la que se fía.
Volví al piso por una ruta que tardó dos horas de más, comprobando cien veces que no me seguían.
Cuando entré, Camila estaba despierta, vestida, de pie en el centro de la habitación, con la nota que le había dejado en la mano y una cara que no le había visto nunca. No era miedo. No era alivio. Era furia.
—¿Has ido solo —dijo, muy despacio— a ver a un contacto, el primer día que somos las dos personas más buscadas de la costa este, sin decirme nada, dejándome una nota?
—Era mi contacto. Lo conozco hace veinte años. Pensé que…
—Pensaste como pensabas antes. Cuando el único que se moría si te equivocabas eras tú.
—Tiró la nota al suelo, y eso, en Camila, que no malgasta un solo gesto, era el equivalente a un grito—.
Esa vida se acabó, Adrián. Ya no eres un lobo solo al que solo pueden matar a él.
Si te cogen a ti, me cogen a mí, porque yo no voy a salir corriendo y dejarte, y tú lo sabes.
Así que cada vez que tú te arriesgas solo, me arriesgas a mí sin preguntarme. Y eso no te lo consiento.
—¿Y si te lo hubiera dicho? —Me salió más a la defensiva de lo que quería—. ¿Habrías bajado conmigo a meterte en la misma trampa? ¿Para que nos cogieran a los dos en vez de a uno?
—Para que no te cogieran a ninguno. Dos pares de ojos ven la puerta entornada antes. —Dio un paso hacia mí—. No te pido que me protejas yendo solo. Te pido que dejes de decidir por los dos.
Tenía razón. Otra vez. Empezaba a ser la costumbre de aquellos días: que Camila tuviera razón sobre las cosas que más me dolían.
—Lo siento —dije, y lo decía—. No estoy acostumbrado a… —Busqué la palabra y la encontré, y era una palabra que llevaba veinte años sin usar en serio—. A ser de alguien. A que lo que yo haga te pase a ti. Llevo toda la vida siendo de nadie. Se me va a dar mal una temporada. Ten paciencia.
—No te pido paciencia. —Se acercó—. Te pido que me dejes entrar. En todo. No solo en la cama y en los tiroteos: en las decisiones tontas también. Eso no lo he tenido nunca con nadie, y es lo único que quiero de esto.
—Lo aprenderé.
—Más te vale.
Camila me miró un rato largo. Y la furia se le fue apagando, no del todo, pero sí lo bastante para dejar ver lo que había debajo, que era lo mismo que tenía yo: el susto de descubrir que esto —querernos— venía con una factura que en combate no nos pasaban.
En un tiroteo, el peligro nos hacía mejores.
Fuera del tiroteo, el peligro era nuevo, no sabíamos manejarlo, y por primera vez entendí que ser letal y saber sobrevivir no son la misma cosa.
Que ganar una pelea es fácil. Que lo difícil, lo que no nos habían enseñado ni Sabre ni Meridian ni doce y veinte años de oficio, era lo otro. Quedarse. Depender. Vivir.
—Te doy una semana de paciencia —dijo al fin, y casi sonrió—. Después empiezo a dispararte yo a las piernas cada vez que salgas sin avisar. Por tu bien.
—¿A las piernas?
—A las piernas. Te quiero vivo, no entero.
—Me parece justo.
Fuera, en alguna parte de la ciudad, había un sótano con un hombre muerto y una trampa que no había funcionado, y gente cobrando por encontrarnos, y dos agencias esperando con paciencia a que nos cansáramos.
La guerra había empezado de verdad. Y nosotros, los dos asesinos más eficaces que conozco, acabábamos de descubrir que no teníamos ni idea de lo más difícil de todo: seguir vivos juntos el tiempo suficiente para que mereciera la pena.