Rojo Manhattan 27 · Camila
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27 · Camila

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Camila

El primer escondite de nuestra nueva vida fue un piso de paso en Queens que Adrián tenía guardado para una emergencia y que olía a humedad y a nadie.

Cuatro paredes, una cama, una ventana con vistas a otra ventana.

Para las cinco de la mañana estábamos dentro, con la puerta cerrada con tres cosas distintas, y por primera vez en toda la noche pudimos parar.

Parar es lo peor. Mientras te mueves, no piensas.

Cuando paras, llega todo de golpe: la adrenalina bajando como una marea que se retira y deja la playa llena de cosas muertas.

Me senté en el borde de la cama y, durante un minuto, no fui Lince, ni Elena, ni nadie.

Fui una mujer de treinta y cuatro años que esa noche había matado a un hombre, robado a otro mientras se moría, traicionado a la gente para la que llevaba doce años trabajando, y que no podía volver atrás aunque quisiera.

Y no quería. Esa era la otra cosa que llegaba con la calma: que no me arrepentía, y que tendría que aprender a vivir con eso.

Adrián se arrodilló delante de mí con el botiquín de la casa —cada uno de nuestros escondites tiene uno, es lo primero que se monta— y me subió la manga rota para verme el brazo. La bala me había abierto un surco largo en el antebrazo, feo y poco profundo, de los que asustan más de lo que valen.

—Te toca a ti hacer de enfermera por una vez —dije, porque la última vez había sido al revés, en otra vida, hace un millón de años y tres semanas.

—Calla y aguanta. —Pero lo dijo suave, limpiándome el surco con un cuidado que no le hacía falta poner—. Lo tuyo es peor que un arañazo. Esto va a dejar marca.

—Bien. Me gustan las marcas que cuentan algo.

Y entonces caí en lo que estaba pasando, y se me cerró la garganta un segundo.

Porque aquello —él de rodillas, curándome, los dos medio rotos, el silencio del piso— ya no tenía ninguna excusa.

Ni tapadera, ni misión, ni guardia al que engañar, ni Marchetti que nos viera.

No estábamos haciendo esto para nadie. No había informe que lo justificara.

Era solo él y yo, en una habitación fea, sin más razón para estar pegados que el hecho de querer estarlo.

Y resulta que eso, querer algo sin más razón que quererlo, era lo único para lo que doce años de entrenamiento no me habían preparado. Daba más miedo que cualquier pistola. Era lo más desnudo que había estado en mi vida, y eso que iba vestida.

—¿En qué piensas? —dijo él, sin levantar la vista del vendaje.

Le habría mentido a cualquier otra persona del mundo. A él, esa noche, en aquel piso, decidí no mentirle. Iba a ser una novedad para los dos.

—En que ya no tengo dónde esconderme —dije—.

De ti, quiero decir. Antes podía decirme que era la misión.

Que te besaba por la tapadera, que dormía en tu cama por la leyenda, que me importabas porque me convenía que me importaras.

Ya no me queda ninguna de esas mentiras.

—Tragué—. Solo me quedas tú. Y me da un miedo de muerte.

Adrián terminó el nudo del vendaje. Me cogió la mano vendada entre las suyas, con cuidado, como se sostiene algo que te han confiado.

—A mí también —dijo—. Bienvenida al sitio donde yo vivo desde hace semanas.

Nos quedamos un rato así, en silencio, dejando que la verdad se asentara, hasta que lo que llevo dentro y no se apaga nunca —la operativa, la que sigue calculando aunque el resto del cuerpo se quiera morir— volvió a encenderse.

—No nos podemos quedar aquí —dije—. Esto sirve para esta noche. Mañana, no. En cuanto amanezca, las dos agencias van a poner en la calle a toda la gente que tienen, y los Marchetti otro tanto, y todos van a buscar lo mismo.

—Lo sé. —Adrián se sentó a mi lado—. Pero buscar y encontrar no son lo mismo. Llevamos toda la vida siendo de los que encuentran. Ahora nos toca ser de los que no se dejan encontrar. Sabemos cómo se hace, porque se lo hemos hecho a otros.

—No basta con escondernos. —Saqué el Rojo de donde lo llevaba, contra el cuerpo, y lo dejé entre los dos, sobre la cama, pequeño y terrible—. Escondidos nos pasamos la vida corriendo hasta que un día nos cansamos y nos cogen. Esto nos compra algo más que una huida. Pero solo si lo usamos bien.

—¿Cómo de bien?

—Mañana hago copias. Varias. Las repartimos en sitios que solo conocemos nosotros, con instrucciones de que se hagan públicas si nos pasa algo.

Y luego les mandamos a las dos agencias un mensaje muy corto y muy claro: estamos vivos, tenemos la lista, y si nos tocáis, todo el mundo al que protegéis amanece en los periódicos.

—Lo miré—. No les pedimos que nos perdonen.

Les explicamos por qué les sale más barato dejarnos en paz.

—Chantaje a dos agencias de inteligencia. —Adrián casi sonrió—. Mi madre estaría orgullosa, si hubiera tenido madre.

—¿Y crees que va a funcionar? —preguntó Adrián. No lo preguntaba como quien duda del plan. Lo preguntaba como quien pregunta otra cosa.

—No lo sé —dije, porque seguíamos en la noche de no mentirnos—.

Creo que nos compra tiempo. Meses. Puede que años, con cuidado y suerte.

Lo que no nos compra es una vida normal.

Eso no lo vamos a tener, Adrián. Nunca. Da igual lo bien que juguemos esto: nos vamos a pasar lo que nos quede mirando por encima del hombro.

Casas de paso. Nombres falsos. Maletas hechas.

Esa es la mejor versión de nuestro futuro. La que ganamos esta noche.

No dijo nada durante un rato. Fuera empezaba a clarear, una luz sucia de ciudad que se colaba por la ventana y nos encontraba a los dos sentados en una cama prestada, heridos, buscados, sin un solo lugar en el mundo que fuera nuestro.

Y entonces hizo lo último que esperaba. Sonrió. Una sonrisa cansada, de verdad, la primera de toda la noche.

—Maletas hechas y nombres falsos —dijo—. Contigo. —Se encogió de hombros, como quien acepta el mejor trato malo de su vida—. He tenido futuros peores, Camila. Y todos los tuve solo.

Y por primera vez desde que tengo memoria, la idea de un futuro entero huyendo no me pareció una condena. Me pareció lo único que de verdad había elegido yo en toda mi vida.

Fuera, la ciudad se despertaba para empezar a buscarnos. Dentro, por una hora más, éramos solo dos personas en una cama, ganándole al mundo el único trozo de paz que el mundo nos iba a dejar tener.

Una hora. Aprendí, esa madrugada, que a veces una hora es todo.