Rojo Manhattan 26 · Adrián
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26 · Adrián

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Adrián

Nos colocamos en el rellano de la cuarta como dos personas que llevan toda la vida colocándose juntas, aunque era la primera vez: Camila a un lado de la puerta de la escalera de servicio, yo al otro, los dos en la sombra, los dos sin respirar más de lo justo.

No hizo falta repartir papeles. Cada uno sabía dónde ponerse, igual que dos manos saben cerrarse sin que el cerebro se lo diga.

El limpiador subió rápido y callado, profesional, esperando encontrarse a dos tórtolos despistados a los que sorprender. Se encontró otra cosa.

Camila lo dejó pasar dos pasos. Yo le cerré la puerta a la espalda. El limpiador entendió en medio segundo que la emboscada era al revés —que los cazadores eran la presa—, y un profesional así no se paraliza: se revolvió, sacó el arma, y la noche dejó de ser silenciosa.

El primer disparo se fue al techo porque Camila le subió el brazo con las dos manos en el momento justo.

El segundo no llegó a salir porque yo le metí el codo en la garganta.

Pero el primero bastó. Un disparo en una casa así, a esas horas, con cuarenta personas despiertas, no es un disparo: es un despertador.

Oí, en alguna parte por debajo de nosotros, a la casa entera cambiar de estado: voces, pasos, órdenes a gritos. Se acabó el sigilo. Empezaba lo otro.

El limpiador era bueno. Mejor que el guardia, mejor que casi todos.

Pero peleaba contra dos personas que, por primera vez en su vida, no tenían que vigilarse el uno al otro mientras peleaban, y eso —tener la espalda cubierta de verdad, por alguien que no te la va a clavar— duplica a cualquiera.

Camila lo desarmó, yo lo bajé, ella terminó lo que había que terminar con una eficacia que prefiero no contar en detalle.

No era un buen hombre velando a su jefe.

Era un asesino que venía a por nosotros.

Esa diferencia me dejó dormir esa noche, las pocas horas que dormí.

—Arriba viene gente —dije, asomándome al hueco de la escalera, viendo subir linternas dos pisos más abajo—. Mucha.

—¿Cuántos?

—Demasiados para contarlos. Y armados.

—Pues no subimos. —Camila ya tenía su arma en la mano, tranquila, transformada—. Bajamos. A través de ellos.

—La principal está vigilada.

—Todo está vigilado esta noche. Elige por dónde prefieres que nos disparen.

Lo que pasó en los cuatro minutos siguientes no lo voy a saber contar nunca del todo, porque la acción de verdad no tiene la cortesía de ir despacio para que la cuentes.

Bajamos. Por la escalera principal, ancha, de mármol, la que estaba vigilada, porque la de servicio ya no era opción y porque a veces el camino más rápido es por delante.

Y por primera vez en toda mi vida de oficio, peleé sin mirar atrás.

No tuve que comprobar dónde estaba ella. Sabía dónde estaba. Cuando yo me agachaba, ella disparaba por encima. Cuando ella recargaba, yo cubría.

—¡Dos a tu izquierda! —me gritó.

—Los veo.

—Juntos o nada. Esa es la regla nueva.

—Esa es la única regla —dije, y disparé.

Bajamos un tramo entero con dos guardias delante y tres detrás, espalda contra espalda, girando como una sola cosa de dos cabezas y cuatro manos, y juro que en mitad de aquel desastre, con las balas comiéndose el mármol a nuestro lado, sentí algo que no tenía ningún derecho a sentir en ese momento: lo bien que encajábamos.

Lo letales que éramos juntos. Todo lo que habíamos desperdiciado siendo enemigos.

No salimos limpios. Nadie sale limpio de algo así.

A ella una bala le rozó el brazo y le abrió la manga y la piel; a mí un guardia me alcanzó con algo que no era una bala pero que dolía igual, y bajé el último tramo medio cojo.

Y en el vestíbulo, junto a la puerta por la que habíamos entrado tres horas antes como dos amigos de luto, nos esperaba Lucca Marchetti.

Sin guardias. Blanco de ira. Con una pistola que sostenía como un hombre que no las usa a menudo pero que esa noche estaba dispuesto a aprender.

—Mi padre está muerto —dijo. No era pregunta. Lo sabía. Lo veía en nuestras caras, en la prisa, en la sangre—. Y vosotros tenéis algo que es mío.

—Tuyo no —dijo Camila—. De tu padre. Y tu padre ya no lo necesita.

—Entonces es mío por herencia.

—Es de quien sepa abrirlo. Y tú no sabes.

—Le apuntaba sin que le temblara el brazo herido—.

Lo que tienes que decidir, Lucca, es si quieres morir esta noche por un libro que ni siquiera puedes abrir.

Porque nosotros sí. Y si nos disparas, ese libro arde, con todos los nombres de toda la gente que tu padre tenía cogida por el cuello.

La gente que se te va a echar encima en cuanto sepa que el viejo ha muerto.

—Os mato y se lo quito al cadáver.

—Y mañana estás muerto, sin lista y sin padre. —No parpadeó—. ¿De verdad quieres empezar tu reinado así?

—¿Y qué garantía tengo de que no la uséis igual contra mí?

—Ninguna. Pero muerto no tienes ninguna; vivo, al menos tienes mañana. —Bajé yo la voz, la del marido que ya no fingía—. Aprende de tu hermana, Lucca. Bianca habría bajado el arma hace un minuto.

Lucca era muchas cosas malas, pero tonto no. Vi la cuenta hacerse detrás de sus ojos, la misma que se habría hecho su hermana: que un Marchetti vivo sin la lista tenía más futuro que un Marchetti muerto con ella. Bajó el arma un centímetro. Un centímetro bastó.

No lo matamos. No hizo falta, y a esas alturas de la noche habíamos hecho ya bastante. Pasamos por su lado despacio, sin darle la espalda del todo.

—Esto no se acaba aquí —dijo a nuestra espalda—. Mi familia tiene memoria.

—Todas la tienen —dijo Camila sin volverse.

Y salimos por la puerta a la madrugada de Manhattan, a la calle fría, al coche, mientras detrás de nosotros una casa entera empezaba a entender que su rey había muerto y que dos fantasmas se habían llevado su corazón metido en un libro.

En el coche, arrancando, con el motor rugiendo y la mansión encendiéndose entera por el retrovisor, Camila se apretó el brazo herido con una mano y, con la otra, sin mirarme, buscó la mía sobre la palanca de cambios. Se la di.

No dijimos nada en diez manzanas. No hacía falta. Habíamos salido. Estábamos vivos. Teníamos el Rojo.

Y también teníamos, a partir de esa madrugada, a dos agencias de inteligencia, una familia mafiosa entera y una lista de los hombres más peligrosos del país, todos con el mismo plan para nosotros.

Pero teníamos una cosa con la que ninguno de ellos contaba.

Nos teníamos el uno al otro. Y, por primera vez, en el mismo lado de la pistola.