25 · Camila
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Camila
Nos quedamos mirándonos en aquella habitación de muerto, con el Rojo entre los dos y un reloj corriendo, y por primera vez en mi vida no supe qué iba a hacer mi propio cuerpo.
Porque mi cuerpo sabe matar. Lo tengo entrenado para eso.
Doce años diciéndole "ese de ahí es un obstáculo" y mi cuerpo respondiendo sin preguntar.
Tenía a Adrián delante, desarmado a medias, distraído por el peso del libro, en la peor posición de la noche para defenderse de mí.
Si había un momento para cumplir la orden, para hacer lo que doce años de entrenamiento y dos agencias y toda mi vida me decían que hiciera, era ese.
Y mi cuerpo, por primera vez, no se movió hacia él. Se puso delante de él.
No lo decidí. Eso es lo que más me asustó, a mí, que lo decido todo, que mido los ángulos de una habitación antes de quitarme el abrigo.
El cuerpo se me adelantó a la cabeza y eligió por su cuenta, y lo que eligió fue ponerme entre Adrián y la puerta, entre Adrián y el mundo, como si llevara años esperando la orden contraria a todas las que me habían dado.
—No voy a hacerlo —dije. En voz alta, para los dos, porque hay cosas que hay que decir en voz alta para que sean verdad—.
No voy a matarte. Y no porque no pueda. Quiero que lo sepas.
Podría. Ahora mismo, en dos segundos, podría.
No lo voy a hacer porque no quiero, que es la única razón que de verdad sirve para algo.
Adrián no dijo "yo tampoco", como diría un hombre en una película. Dijo algo mejor, algo nuestro, algo que pesaba más:
—Entonces estamos los dos muertos —dijo—. Lo sabes, ¿verdad? En cuanto no nos matemos el uno al otro, nos matan ellos. Las dos. Acabamos de pasar de tener una agencia detrás cada uno a tener dos delante los dos.
—Lo sé.
—No hay vuelta de esto, Camila. No es "huimos un tiempo y se olvidan". Tenemos en la mano la lista que las dos llevan años queriendo. No nos van a dejar en paz nunca.
—Lo sé. —Y entonces dije la frase que llevaba toda la noche, toda la misión, toda mi vida, formándose en algún sitio donde no me atrevía a mirar—: Por eso no huimos. Por eso usamos esto.
Levanté el libro.
—Esto no es lo que nos mandaron a robar.
Esto es lo único en el mundo que nos puede mantener vivos.
Aquí dentro están los nombres de toda la gente peligrosa de un país y los secretos por los que esa gente mata.
Meridian lo quiere. Sabre lo quiere. Y lo tenemos nosotros.
—Lo miré—. No se lo damos a ninguna de las dos.
Nos lo quedamos. Y les dejamos muy claro, a las dos, que como nos toquen un pelo, la lista entera sale a la luz, y con ella se cae todo el mundo al que esas agencias protegen, deben favores o tienen comprado.
Dejamos de ser dos operativos a los que se borra.
Pasamos a ser el botón que nadie se puede permitir pulsar.
—¿Y si lo pulsan igual? —dijo él, en voz baja—. ¿Si alguna de las dos prefiere arder a dejarse chantajear por dos críos con un cuaderno?
—Entonces ardemos todos juntos. Pero no lo van a hacer. La gente que tiene mucho que perder es la más fácil de tener cogida. Y nosotros, esta noche, hemos dejado de tener nada que perder menos una cosa. —Lo miré—. Y esa cosa está de mi lado de la habitación.
Adrián me miró un segundo largo, y vi en su cara la cosa que llevaba toda la noche sin permitirse: esperanza. Peligrosa, mal calculada, imposible. La misma que sentía yo.
—Eso es una guerra contra dos agencias enteras —dijo.
—Sí.
—Solos los dos.
—Sí. —Y por una vez fui yo la que sonrió, aunque no era momento de sonreír—. Pero por primera vez en toda esta historia, en el mismo bando.
Y entonces el reloj volvió a la habitación.
De los cuatro minutos y medio nos quedaban menos de tres.
En alguna parte de aquella casa, subiendo escaleras, había un hombre con orden de matarnos a los dos, y ya no quedaba tiempo de filosofar sobre nuestra condena.
Había que sobrevivir a esta noche antes de empezar la guerra de las demás.
—El limpiador —dije, ya en otra voz, la de trabajar, la de Lince, solo que por primera vez Lince trabajaba para Lince—. ¿Sabes quién manda un limpiador a una casa así, con la familia despierta y la seguridad en alerta?
—Alguien que no improvisa —dijo Adrián, entendiéndome ya, poniéndose de pie—. Va a entrar por donde entramos nosotros. Por la de servicio.
—Por la de servicio. —Me metí el Rojo en el cuerpo, pegado a la piel, donde nadie me lo quitaba sin matarme antes—. Entonces no lo esperamos aquí, encerrados con un muerto. Lo esperamos nosotros a él.
—¿Armas? —dije.
—Una. La tuya. La mía la dejé en la entrada, como buena esposa que viene a una cena. —Adrián comprobó el cargador con un gesto rápido, de memoria muscular—. Una pistola, dos blancos posibles y un pasillo a oscuras. He trabajado con menos.
—Tú nunca has trabajado conmigo.
—No. Y mira que llevaba años con ganas.
Dos personas que una hora antes tenían orden de matarse, saliendo juntas al pasillo a tenderle una emboscada al hombre que venía a matarlas a las dos. Bajé la voz, no sé por qué; quizá porque era lo más parecido a una promesa que iba a hacer en mi vida.
—Pase lo que pase esta noche, Adrián, no te separes de mí.
—No pensaba hacerlo.
Y salimos al pasillo, juntos, condenados, vivos, con el secreto de Manhattan escondido contra mis costillas y, por primera vez, un solo enemigo para los dos en lugar de ser el enemigo el uno del otro.
El mundo entero, a partir de esa noche, iba a querernos muertos.
Era la peor situación táctica de mi carrera: sin agencia, sin red, sin refuerzos, con un objetivo de valor incalculable pegado a las costillas y la lista entera de enemigos posibles que existe. Cualquier instructor que hubiera tenido me habría dado por muerta antes del amanecer.
Pero ninguno de mis instructores había salido nunca a un pasillo con alguien por quien mereciera la pena no morir.
Que se pusieran a la cola.