24 · Adrián
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Adrián
Coger la mano de un hombre que se muere para robarle es una de esas cosas que no aparecen en ningún manual, porque ningún manual quiere admitir que las hacemos.
La mano de Aurelio Marchetti pesaba poco.
Estaba caliente todavía, pero era el calor que se va, no el que se queda.
Le levanté el brazo con cuidado —con un cuidado absurdo, como si pudiera hacerle daño a un hombre al que le quedaban minutos— y le apoyé el pulgar en el lector de la caja.
Camila, a mi lado, no respiraba. Yo tampoco.
La habitación olía a desinfectante y a algo más viejo debajo, el olor dulzón que sueltan los cuerpos cuando empiezan a rendirse.
En la mesilla, una máquina marcaba el pulso de Aurelio con un pitido lento, cada vez más espaciado, como una cuenta atrás que nadie había programado pero que iba a llegar a cero igual.
Fuera, en alguna parte de aquella casa enorme y dormida, un reloj de pared dio una hora que no conté.
Apoyé el pulgar del viejo en el cristal y recé, yo que no rezo, para que aquella huella todavía contara como la huella de un vivo.
El lector parpadeó en verde. La caja hizo un clic pequeño, doméstico, ridículo para lo que guardaba. Y se abrió.
Y en ese momento exacto —no antes, no después, en ese, como si solo hubiera estado esperando a que alguien le quitara de las manos lo único que aún lo ataba al mundo— Aurelio Marchetti soltó el aire por última vez y no volvió a cogerlo.
Sin drama. Sin estertor. Un hombre que daba tanto miedo a una ciudad entera, apagándose como una vela a la que le falta cera, en el segundo justo en que su secreto cambiaba de manos.
Dentro de la caja había un solo objeto. No oro, no fajos, no joyas.
Un libro. Pequeño, de tapas gastadas, lleno de la letra apretada de un hombre que llevaba cincuenta años anotando de quién era dueño.
El Rojo. La razón de todo. Lo cogí. Pesaba lo que pesa un libro y, a la vez, lo que pesa la vida de toda la gente cuyos nombres tenía dentro.
Lo abrí un segundo, solo uno. Páginas y páginas de una letra minúscula: nombres, cifras, fechas, una contabilidad del miedo de medio mundo llevada a mano por un hombre que ya no respiraba.
Lo cerré. Había gente capaz de matar por leer una sola de aquellas líneas, y yo tenía el libro entero en la palma, en una habitación de la que a lo mejor no salía vivo.
—Lo tenemos —dije, y la voz me salió rara, porque "lo tenemos" tendría que haber sido la mejor frase de la noche y sonó a punto final.
Tendría que haber durado más. El triunfo. Toda una misión, semanas de mentiras, una pelea a muerte con el mejor hombre de Niko, un viejo recién muerto a nuestros pies, y al final teníamos lo que habíamos venido a buscar. Tendría que haber durado más de un segundo.
Duró un segundo.
Porque en el segundo siguiente, los dos pinganillos —el mío y el de Camila, los de nuestras dos agencias, callados toda la noche— se encendieron a la vez.
En el mío, la voz de Hale, tranquila, como si comentara el tiempo:
—Buen trabajo, Cuervo. Tenéis el paquete. Ahora la segunda parte. Ya sabes cuál.
No contesté.
—Cuervo. ¿Me recibes?
—Te recibo.
—Entonces ya sabes lo que toca. La chica. Ahora, que la tienes cerca y de espaldas a todo lo que ha pasado. No se va a poner más fácil que esto.
Miré a Camila. Tenía el pinganillo puesto y la cara blanca, y supe, sin oír una palabra, que al otro lado del suyo Renata le estaba diciendo justo lo mismo con otra voz: hazlo, ahora, mátalo.
Fue un segundo extraño, de los que se quedan.
Los dos de pie sobre el mismo muerto, con el mismo libro entre nosotros, cada uno con una voz distinta en el oído ordenándole que matara al otro.
Si alguien hubiera abierto la puerta en ese instante, habría visto a un matrimonio perfecto.
Y habría estado, a la vez, lo más lejos y lo más cerca de la verdad que se puede estar.
Las dos agencias habían esperado. No eran tontas.
Sabían que dos operativos encerrados meses pueden ablandarse, así que nos habían dejado hacer juntos la parte difícil —el robo— y habían guardado la orden para el único momento en que ya no nos necesitaban juntos: este.
Con el Rojo en mi mano y la lista a salvo, Camila y yo dejábamos de ser un equipo y volvíamos a ser lo que siempre habíamos sido sobre el papel. Cada uno, el último obstáculo del otro.
—¿Y si no? —dije, muy bajo, aunque Camila lo oía todo.
—¿Cómo que "y si no"? —Hale casi se rio—. No hay "y si no", Cuervo. Pero ya que preguntas, hay un detalle. No estás solo en esa casa. Por si las moscas, hemos metido a alguien. Si en cinco minutos no sales tú con el paquete, sale él. Y él tiene órdenes sobre los dos.
—¿Sobre los dos?
—Sobre los dos. Si sales tú, vives tú. Si sale él, no sale nadie. Tú eliges quién respira al amanecer. Cuatro minutos y medio.
—Hale —dije.
—¿Qué.
—Nada. —Porque no había nada que decirle a un hombre que acababa de ponerle un cronómetro a la única cosa de mi vida que había empezado a importarme—. Cuatro minutos y medio. Recibido.
Colgué. No porque tuviera nada que decir, sino porque no quería que Hale oyera lo que estaba a punto de no decidir.
Camila se quitó el pinganillo despacio y lo dejó sobre la mesilla, al lado del muerto, como quien deja un arma.
Me miró. Y en aquella habitación que olía a Aurelio Marchetti recién muerto, con el Rojo en mi mano, con cinco minutos corriendo y un asesino subiendo escaleras en alguna parte de la casa, llegamos por fin, los dos a la vez, al momento que llevábamos toda la misión esquivando.
El momento en que uno de los dos tenía que matar al otro. O elegir no hacerlo, y morir.
Nos miramos. Llevábamos meses leyéndonos la cara —es parte del oficio, adivinarle a un compañero la próxima mentira antes de que la diga—, y por una vez no encontré nada que leer en la suya, porque no había decisión todavía, ni en ella ni en mí.
Solo dos personas en una habitación con un muerto, un reloj y un libro, esperando a ver qué hacía su propio cuerpo cuando llegara el momento.
Y por primera vez en toda la noche, ninguno de los dos tenía un plan.