23 · Camila
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Camila
Yo estaba abajo, llevando del brazo a un guardia que se creía mi salvador, cuando la voz de Adrián me llegó al oído por el pinganillo. Una sola palabra, en un susurro que conocía bien: el que usa cuando algo se ha ido al infierno y no quiere que se le note.
—Niko.
Y luego nada. Silencio. El silencio de un hombre que deja de hablar porque al otro lado de una puerta hay alguien que no puede oírle.
Hice las cuentas en medio segundo, que es lo que tardo. Adrián, arriba, a las puertas del cuarto de Aurelio. Niko, dentro, justo donde estaba la caja. El viejo muriéndose, la ventana cerrándose minuto a minuto. Y entre Adrián y yo, un guardia de ochenta kilos enseñándome dónde estaban los aseos.
Lo siento por él. Era un buen hombre haciendo un trabajo aburrido. Pero esa noche todo el mundo estaba entre algo y yo, y yo llevaba doce años quitando de en medio lo que se pone entre algo y yo.
—¿Sabe una cosa? —le dije, parándome, poniéndole una mano en el brazo como quien va a confiarle un secreto—. Creo que me voy a desmayar.
—Señora, ¿quiere que avise a…?
—No, no. Solo sosténgame un segundo.
Se acercó, solícito, bajando la guardia.
Le di lo que no esperaba. No diré qué, porque no es bonito y porque fue rápido y silencioso, que es como tiene que ser.
Digamos que el guardia se echó una siesta no prevista en un cuartito de la limpieza, y que al despertar le dolería la cabeza pero seguiría vivo, que esa noche, para alguien que se cruzó conmigo, era mucho decir.
Subí los cinco pisos por la escalera de servicio sin encender una luz, de dos en dos, descalza como había subido él, con el pulso plano y el reloj sonándome dentro: cada escalón, un segundo menos de Aurelio vivo, un segundo menos de huella que valiera.
Cuando llegué a la quinta, Adrián seguía donde lo había dejado mi imaginación: pegado a la pared, junto a la puerta entornada, inmóvil, con la cara de quien lleva tres minutos escuchando morir a un hombre mientras otro le habla.
Me pegué a él.
—¿Cuánto lleva ahí dentro? —le soplé al oído.
—Lo suficiente para que el viejo no aguante mucho. No se va, Camila. Le tiene cogida la mano como si rezara.
Por la rendija vi lo que él llevaba un rato viendo: a Aurelio Marchetti en la cama, más muerto que vivo, y a Niko sentado a su lado en una silla, inclinado, hablándole en voz baja en italiano, cogiéndole la mano.
El jefe de seguridad más temido de Manhattan, velando a su jefe como un hijo vela a un padre.
A medio metro de la caja que los dos habíamos venido a robar.
Adrián me buscó los ojos. La pregunta estaba clara: ¿esperamos a que se vaya? Y la respuesta también, porque Aurelio podía morirse en cualquier momento, y con él se iba la única huella del mundo que abría esa caja. No teníamos tiempo de esperar a que un hombre terminara de despedirse.
Teníamos que entrar y quitar a Niko de en medio. Al mejor de todos ellos. En silencio. Sin pistola, porque un disparo en aquella casa nos enterraba a los dos. Con las manos.
—No puedo con él yo solo —susurró Adrián, lo único que dijo.
—No vas a estar solo.
Entramos juntos, rápidos, descalzos sobre la moqueta, y por un segundo creí que lo teníamos.
Solo por un segundo. Porque Niko Vargas no llevaba treinta años sobreviviendo en este mundo por ser fácil de sorprender, y antes de que Adrián le rodeara el cuello con el brazo ya se había girado, ya nos había olido, ya estaba de pie.
Lo que vino después no fue una pelea de película.
Fue lo otro: rápido, sucio, callado, tres personas haciéndose mucho daño sin hacer apenas ruido, porque hacer ruido era perderlo todo.
Niko me lanzó contra la cómoda y el golpe me cortó la respiración; un codazo mío que iba para él acabó en las costillas de Adrián; y por un instante de verdad pensé que aquel hombre, él solo, iba a poder con Lince y con Cuervo a la vez, y a callar, y a ganar.
Nos salvó ser dos. Solo eso. Un hombre como Niko puede con uno de nosotros; con los dos, coordinados sin hablar y dispuestos a todo, no.
Adrián le buscó las piernas, yo le busqué el cuello, y entre los dos lo bajamos al suelo y lo sostuvimos ahí, retorciéndose, fuerte como un animal, hasta que el aire dejó de llegarle al cerebro y se quedó quieto.
No muerto. Dormido, como el guardia, aunque a este lo habíamos tenido más cerca de lo otro de lo que ninguno iba a admitir.
Me quedé un segundo de rodillas a su lado, con el pulso por fin desbocado —ahora me lo permitía— y la oreja puesta en la casa.
Seguía en silencio. No nos había oído nadie.
Aurelio, a un metro, respiraba todavía, ajeno a que en su última noche dos desconocidos acababan de estrangular a su hombre más fiel a los pies de su cama.
Adrián cerró la puerta del cuarto con el pie, despacio, y por fin estábamos donde habíamos querido estar toda la noche: dentro, solos —si es que un moribundo cuenta como soledad—, con Niko fuera de combate, con la casa entera ajena debajo de nosotros, y con la caja, la caja de verdad, el Rojo, a tres pasos.
Lo habíamos conseguido. Casi. Solo quedaba lo más fácil técnicamente y lo más difícil de todo lo demás: levantar el pulgar de un hombre que se moría, abrir la caja, sacar la lista.
Y después.
Después venía la otra parte. La que ninguno de los dos había contestado.
La que ya no tenía días por delante, ni horas: tenía minutos.
En cuanto esa lista saliera de esa caja, las dos agencias iban a querer a su único superviviente, y uno de los dos, en aquella habitación que olía a muerte, iba a tener que decidir si era capaz de matar al otro.
Miré a Adrián, arrodillado junto a la caja. Vivo. Mío. Condenado. Él me miró a mí.
Y ninguno de los dos, todavía, sabía la respuesta.