Rojo Manhattan 22 · Adrián
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22 · Adrián

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Adrián

A una casa donde se está muriendo un rey se entra fácil y se sale imposible.

Lo sabíamos al cruzar la verja a la una de la madrugada, con Elena del brazo y la cara de dos amigos que vienen a acompañar en la peor noche.

Nos dejaron pasar sin registrarnos. La gente no registra a los que vienen a llorar.

Dentro, la casa era otra. Las luces bajas, la familia despierta, abogados en el salón con carpetas, susurros por los pasillos, ese duelo a medio empezar que tienen los ricos cuando lo que de verdad velan no es al muerto, sino lo que va a pasar con su dinero.

Y, por todas partes, hombres de Niko. Más que nunca.

Un rey que se muere es una casa que se blinda.

Conté ocho solo en la planta baja, y esos eran los que querían que se vieran.

Por cada guardia visible hay dos que no lo están, esa es la regla, así que multipliqué por tres y me salió un número que no me gustó.

Entrar había sido fácil, como siempre lo es entrar.

Lo que íbamos a tener que negociar era la otra mitad del refrán: la parte de salir.

Bianca nos recibió hecha un desastre precioso, los ojos rojos, y se abrazó a Elena como quien se agarra a lo único que no le pide nada.

Por encima de su hombro, Camila me buscó los ojos un segundo.

Un segundo bastó. Los dos pensábamos lo mismo: que estábamos abrazando a la hija del hombre al que íbamos a robar mientras se moría, y que eso, en la lista larga de cosas feas que habíamos hecho, ocupaba un puesto alto.

—Quédate conmigo —le dijo Bianca a Elena—. No te vayas.

—No me voy a ninguna parte. —Elena me miró, y en esa mirada me dijo lo contrario: que en cuanto pudiera, se iba derecha a donde no debía.

—Todos están esperando a que cierre los ojos para empezar a repartírselo —dijo Bianca, bajito, mirando hacia donde Lucca ya juntaba a los abogados—. Tú eres la única que ha venido por él.

—He venido por ti.

—Mentira preciosa. —Bianca casi sonrió—. Pero hoy me vale.

Si ella supiera lo cierto que era lo de la mentira.

La oportunidad llegó cuarenta minutos después, cuando Lucca convocó a Bianca y a los abogados a una sala a discutir, ya, con el padre todavía respirando, lo que no podía esperar a que dejara de respirar.

La familia se replegó a pelearse. Los pasillos se quedaron en manos de la seguridad y de nosotros.

Nos movimos. No juntos: yo delante, ella treinta segundos detrás, los dos con el plano de la casa metido en la cabeza desde el martes.

La escalera principal estaba vigilada. Subimos por la de servicio, la que Camila había contado en su visita, peldaño a peldaño, pegados a la pared, parando en cada rellano a escuchar.

Procedimiento. Lo aburrido y lo que te mantiene vivo.

Cada planta tenía más cámaras y menos gente, hasta que por encima de la cuarta el aire ya olía a lo de arriba: a medicinas, a flores, a final.

—Cuarta despejada —dije al pinganillo, en un hilo de voz.

—Voy detrás de ti. —La respiración de Camila en el oído, a treinta segundos de mis pasos.

En el rellano de la cuarta, donde la escalera de servicio moría y había que cruzar a la principal para subir el último tramo, había un guardia.

Quieto. Aburrido. De los que llevan toda la noche de pie y ya no esperan que pase nada.

Justo el tipo de guardia que te mata, porque a uno alerta lo engañas con un plan, y a uno aburrido te lo encuentras de cara sin avisar.

No podíamos pasar con él ahí. Y Aurelio se moría arriba, y cada minuto que perdíamos era un minuto menos de pulgar caliente.

Camila no esperó a que yo decidiera. Hizo lo único que un hombre escondido no podía hacer: apareció. Salió al rellano por el lado de la escalera principal, no por el nuestro, descompuesta, con los ojos de Bianca contagiados, una invitada perdida en una casa enorme en plena noche.

—Perdone. —La voz le temblaba—. Me he perdido. Subí a tomar el aire y ya no encuentro la escalera. ¿Por dónde se baja al salón?

—Señora, esta zona no es para los invitados —dijo el guardia, pero dudó, porque la estaba mirando.

—Lo sé, lo sé, perdóneme. Es que necesitaba respirar. La pobre Bianca, su padre… —Se le quebró la voz, de verdad o de mentira, que con ella ya nunca lo sé—. ¿Me acompaña? No quiero volver a perderme.

—Claro. Por aquí, no se preocupe.

Era buena. Lo había visto muchas veces ya y todavía me sorprendía: cómo se ponía y se quitaba a la gente como quien se cambia de guantes.

El temblor de la voz, la barbilla baja, el brillo de una mujer al borde de las lágrimas.

Nada de eso era verdad y todo era perfecto.

Un minuto antes había sido Lince, fría como el filo de un cuchillo; ahora era una invitada frágil y perdida, y el guardia, que se había pasado la vida desarmando a hombres sin pestañear, no tenía ninguna defensa contra una mujer que parecía necesitarlo.

Y dio los dos pasos que yo necesitaba. Dos pasos, los justos para dejar libre el hueco por el que crucé, descalzo, con los zapatos en la mano, a su espalda, hacia el último tramo.

—Estoy en el último tramo —susurré—. Entretenlo.

—Tú sube. De este me encargo yo. —Y por el pinganillo la oí pedirle al guardia que la acompañara despacio, que le temblaban las piernas.

Subí solo, con el pulso en calma y todo lo demás en alerta, y llegué a la quinta planta, la de la sangre, la que Camila había visto y yo no.

Era tal como me la había descrito. El pasillo en penumbra. El olor a final.

Avancé pegado a la pared, contando puertas, midiendo el silencio.

Cada casa tiene su sonido, y el de aquella quinta planta era el de una máquina respirando por un hombre que ya casi no respiraba solo: un pitido lento, regular, paciente, contando hacia atrás.

Era el único ruido de la planta, y aquel silencio de hospital me dio, por un segundo, más miedo que cualquier tiroteo.

Y al fondo, la puerta doble, entornada, con la luz tenue de una lámpara colándose por la rendija.

Detrás de esa puerta estaba Aurelio Marchetti, respirando todavía.

Y a un metro de su cama, atornillada a la mesilla, una caja de acero con un lector de huella y, dentro, la lista que dos agencias y una familia entera querían.

A treinta metros. Dos puertas. Lo tenía.

Y detrás de la lista venía todo lo demás: la huida que no habíamos ensayado, la orden que no habíamos contestado, el día. Pero eso era para dentro de un rato. Ahora solo existía la caja.

Me llevé la mano al pinganillo para decirle a Camila que subiera, que estábamos dentro, que lo habíamos conseguido.

Y entonces, desde la habitación de Aurelio, desde detrás de aquella puerta entornada, oí una voz que no debería haber estado allí. Una voz de hombre, baja, tranquila, hablándole a un moribundo en la oscuridad.

La voz de Niko.