Rojo Manhattan 21 · Camila
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21 · Camila

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Camila

Pasamos dos días en una especie de tregua.

No hablamos más de lo que habíamos dicho aquella noche —lo de matarnos, lo de que no podíamos prometernos nada— porque no quedaba nada más que decir y sí mucho que callar.

Seguimos con la rutina. Seguimos durmiendo en la misma cama.

Seguimos fingiendo, para todo el mundo y un poco para nosotros, que teníamos tiempo.

No teníamos tiempo. El miércoles por la noche, a las once y veinte, el teléfono de Elena se iluminó, y se acabó la tregua, y se acabó el tiempo, y empezó la cuenta atrás de todo.

Era Bianca.

—Elena. —La voz le venía rota, y por primera vez desde que la conocía no había en ella ni seducción ni juego, solo una niña asustada dentro de una mujer peligrosa—. Mi padre se muere. Esta noche. Los médicos dicen que no llega a mañana.

—Bianca, lo siento mucho. —Y lo sentía de verdad, lo cual ya era un problema—. ¿Quieres que vaya?

—No. Sí. No sé. —Respiró—. No te llamo por eso.

Te llamo porque… esta familia se va a volver loca en cuanto él cierre los ojos.

Lucca ya está aquí, con sus abogados, como un buitre.

Y yo necesito a alguien en esta casa que no quiera nada de mí.

—Una pausa—. Eres la única persona que conozco que no quiere nada de mí.

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja y los ojos cerrados, porque esa frase —eres la única que no quiere nada de mí— era, palabra por palabra, justo lo contrario de la verdad. Yo era la única persona de su vida que esa noche iba a su casa a robarle lo único que de verdad le importaba.

—Voy para allá —dije, y colgué antes de que la voz me delatara.

Me quedé un segundo con el teléfono apagado en la mano.

Bianca Marchetti, que mataba con la misma elegancia con que servía el vino, acababa de llamarme llorando para pedirme compañía mientras se le moría el padre.

Y yo iba a ir. Iba a sentarme con ella, a cogerle la mano si hacía falta, a ser la única persona de su vida que no quería nada de ella, mientras un piso más arriba mi marido falso y yo le abríamos la caja de su padre y le robábamos lo único por lo que esa familia mataba.

En doce años de oficio había hecho cosas feas.

Aquella, por algún motivo que no me convenía mirar de frente, me sentó distinto.

Adrián ya estaba de pie. Había oído lo suficiente. Tenía en la cara la misma cuenta que se me estaba haciendo a mí.

—Esta noche —dije.

—Esta noche no vamos listos.

—Esta noche es la única noche que hay. —Me oí decirlo y supe que era verdad—.

Aurelio vivo es la única llave de esa caja.

En cuanto se muera, su pulgar es un trozo de carne fría que abre la caja unas horas y luego la familia la blinda, la mueve o la vacía.

Si queremos el Rojo, lo cogemos esta noche, mientras el viejo respira o recién deja de respirar, con la casa llena de Marchettis volviéndose locos. —Cogí aire—. O no lo cogemos nunca.

—No tenemos la ventana de extracción de Renata. No tenemos vía de escape ensayada. No tenemos ni la mitad de lo que un trabajo así pide.

—No.

—Si entramos esta noche y algo se tuerce, no hay plan B. Hay tiroteo, y cárcel o caja de pino.

—Lo sé. ¿Y? —Lo miré—. ¿Te ha frenado eso alguna vez?

—Nunca. Solo quería oírlo en voz alta antes de hacerlo.

Pero no era el tiroteo lo que le preocupaba. Lo conocía ya lo suficiente para saberlo. A Adrián los tiroteos le daban igual, como me daban igual a mí. Lo que le pesaba era lo de después del tiroteo, y por una vez yo no tenía ninguna frase fría con la que taparlo.

Adrián no discutió la lógica. No había nada que discutir. Discutió la otra cosa, la que llevábamos dos días sin nombrar, la que ahora venía con nosotros a la quinta planta nos gustara o no.

—Camila. —Lo dijo despacio—. Si esta noche cogemos el Rojo, esta noche se acaba la misión. Y cuando se acaba la misión…

—Lo sé.

—Esta noche es también la noche en que se supone que tú y yo… —No terminó. No hizo falta.

Ahí estaba, otra vez, la pregunta de aquella noche, la que ninguno de los dos había contestado: ¿qué vas a hacer tú?

Solo que ya no era para algún día lejano.

Era para dentro de unas horas. Sacábamos la lista y, esa misma noche, según nuestras órdenes, uno de los dos tenía que ponerle una bala al otro.

—No tenemos tiempo de contestar a eso —dije, y fue lo más cobarde y lo más honesto que dije en toda la noche—. Tenemos tiempo de hacer el trabajo o de perderlo. Elige.

—El trabajo —dijo, sin pensarlo, porque era la respuesta fácil, la profesional, la que nos dejaba a los dos seguir sin mirar la otra—. Hacemos el trabajo.

—El trabajo —repetí.

Lo eligió. Claro que lo eligió. Somos lo que somos antes de ser lo que sentimos, y cuando suena el reloj los dos volvemos al oficio como el agua vuelve a su sitio.

Y debajo de la eficiencia, en un sitio que ninguno de los dos nombró, corría la otra cuenta, la de verdad: cada minuto que nos acercaba al Rojo nos acercaba también al final de la única razón que teníamos para seguir juntos.

La misión era lo que nos había unido. Terminar la misión era, sobre el papel, la orden de separarnos con una bala.

En veinte minutos la casa cambió. Desapareció la pareja que dormía en la misma cama y aparecieron Lince y Cuervo: planos sobre la mesa, armas que esta vez sí se cargaron, la ruta de entrada, la coartada, los tiempos.

Bianca nos abría la puerta de la quinta planta sin saberlo, igual que llevaba semanas abriéndonos puertas sin saberlo.

El caos de un viejo muriéndose era la mejor tapadera que íbamos a tener nunca.

Todo encajaba con una facilidad que daba miedo.

Todo menos una cosa. La única que importaba. La que ninguno de los dos miró a la cara mientras nos vestíamos de negro y nos colgábamos del cinturón las herramientas del trabajo:

que íbamos juntos a robar una caja, sí. Y que, si las órdenes mandaban, uno de los dos no volvía de allí. No a manos de los Marchetti.

A manos del otro.