Rojo Manhattan 20 · Adrián
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20 · Adrián

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Adrián

Camila me lo contó en el coche, de vuelta, con la voz plana que usa para las cosas que no soporta sentir: la caja, la huella, el viejo que se moría despacio porque nadie sabía abrirla sin él.

Para cuando llegamos al ático, los dos sabíamos lo mismo, y lo que sabíamos se sentó con nosotros en el salón como un tercero al que no habíamos invitado.

Porque hasta esa noche, el plan había sido una cosa abstracta. Conseguir el Rojo. Sacar la lista. Palabras de informe. Esa noche el plan tenía una cara: la de un anciano con tubos en los brazos. Y tenía una forma: la de lo que había que hacerle para abrir una caja.

Camila se quitó los tacones en mitad del salón, sin sentarse, que es lo que hace cuando algo le pesa y no quiere que se le note: se ocupa las manos.

Yo me serví un dedo de algo y no me lo bebí.

Llevábamos meses fingiendo un matrimonio, y aquella iba a ser la primera conversación de verdad que teníamos, y las dos cosas —lo falso de todo lo anterior y lo cierto de lo que venía— estaban en la misma habitación, mirándose sin saludarse.

—Hay que decirlo en voz alta —dijo ella, sirviéndose algo fuerte, dándome la espalda—. Una vez. Y luego no lo volvemos a decir.

—Vale.

—Para abrir esa caja, Aurelio Marchetti tiene que morir. O perder un dedo, que para el caso es lo mismo, porque a un Marchetti al que le cortas un dedo lo manda matar a uno aunque esté muerto. Así que tiene que morir. —Bebió—. Alguien va a tener que matarlo. Uno de nosotros, lo más probable.

—Lo sé.

—¿Y quién lo mata? —dije—. De los dos.

—El plan dice que yo. Soy la que entra en esa planta. —Bebió—. El plan no sabe que ya no estoy segura de poder.

—No es por él —dije—. Por el viejo. Los dos hemos matado a gente peor que Aurelio Marchetti y hemos dormido mejor que un cura.

—No es por él —confirmó—. Es por lo que dice de nosotros que ya nos cueste.

Antes esto era una puerta con una cerradura rara y una mano que la abría.

Ahora es un hombre. Y si un hombre que se muere solo, con tubos en los brazos, ha empezado a pesarme, Adrián, es que algo se me ha estropeado por dentro este invierno. Y los dos sabemos qué ha sido.

—Y cuando lo tengamos, cuando la lista esté fuera y el trabajo hecho… —Se giró. Me miró—. Dilo tú. Que parezca que a mí no me cuesta decirlo.

—Cuando el trabajo esté hecho —dije—, tú tienes orden de matarme y yo tengo orden de matarte. El mismo día. Las dos agencias quieren un solo superviviente: prefieren que seas tú, o que sea yo, pero no los dos. Eso es lo que firmamos antes de conocernos. Y sigue en pie.

Lo dije entero, sin tropezar, como ella me había pedido. Y por dentro, mientras lo decía, esperaba —idiota, civil, esperanzado— que me interrumpiera. Que dijera no. Que dijera "eso ya no".

No me interrumpió. Dejó que lo dijera entero. Esa fue la primera grieta.

—Así que la pregunta —dije, y se me secó la boca, a mí, que negocio con la vida y la muerte de otros sin pestañear— es muy sencilla. ¿Qué vas a hacer tú? Cuando llegue el día. ¿Vas a cumplir tu orden?

Camila no contestó deprisa. Eso fue lo peor: que se lo pensó. Que una mujer capaz de mentir más rápido de lo que la gente respira se tomara su tiempo, porque la única respuesta que yo quería oír era una mentira fácil, y ella estaba demasiado limpia conmigo esa noche para regalármela.

—No lo sé —dijo.

—No lo sé —repitió—, y voy a decirte algo peor, porque te lo debo.

Aunque ahora mismo te jurara que no, aunque me arrodillara y te lo jurara por lo que tú quisieras, no deberías creerme.

¿Sabes por qué? Porque hace dos días le juré a mi manejadora, con esta misma boca, que iba a matarte el día acordado.

Y me creyó. Y mentía. Soy igual de buena mintiéndote a ti.

—Lo sé —dije, y me oí decirlo con una calma que no sentía—. Porque yo también te juré lo mismo. A mi gente. Que el día acordado te metía una bala y me iba a dormir tranquilo. Y también mentía. Estamos iguales: los dos sabemos jurar cosas que no pensamos cumplir, y los dos sabemos olerlo en el otro.

—En eso no —dijo ella—. En lo que nos parecemos es en que es la primera vez que el otro nos importa lo bastante como para que la mentira nos dé asco.

Ahí estaba. La herida de verdad, la que ningún cuchillo de aquella casa podía hacer.

No era que pudiéramos matarnos. Era que nos queríamos —porque a esas alturas era eso, y los dos lo sabíamos, y ninguno había sido tan cobarde como para decir la palabra— y que éramos, en todo el planeta, las dos personas que menos podían permitirse creerse la una a la otra.

—Entonces estamos jodidos —dije.

—Estamos jodidos —dijo ella.

Y aquí es donde, en otra historia, dos personas se gritan, o se separan, o una hace las maletas.

Nosotros no. Nos quedamos en aquel salón, callados, con la verdad sentada entre los dos, y al rato —no sé cuál de los dos se movió primero, nunca lo sé— acabé con ella entre los brazos.

No en la cama. De pie, abrazados como dos personas que se agarran a un saliente.

No nos besamos enseguida. Primero nos quedamos así, su cara en mi cuello, mi mano en su nuca, dos profesionales del desapego aprendiendo, tarde y mal, lo que era necesitar que el otro siguiera respirando.

Tenía el pulso disparado contra mi clavícula, y me gustó saber que ella tampoco lo llevaba bajo control, que por una vez los dos estábamos fuera de nuestra propia guardia.

Porque era lo único que nos quedaba. No nos podíamos prometer nada. No nos podíamos fiar. No podíamos parar la maquinaria que nos había juntado para que uno enterrara al otro. Lo único que podíamos hacer era eso: estar, esa noche, antes del día. Sabiendo que venía. Sabiendo lo que pedía.

La quise más que nunca esa noche. Y por primera vez entendí, con una claridad que me dejó frío, que quererla no iba a salvar a ninguno de los dos.

El amor no detiene una bala. Yo, que me gano la vida con balas, debería haberlo sabido antes.