Rojo Manhattan 19 · Camila
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19 · Camila

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Camila

Llegué sola a la casa de los Marchetti un martes a las cinco, sin pinganillo, sin pistola, sin Adrián. Eran las condiciones de Bianca y las acepté, porque cuando el enemigo te abre la puerta de su casa no discutes la invitación: entras y rezas por salir.

Lo del pinganillo era de manual. Lo que no era de manual fue lo que noté al dejar a Adrián en el coche, tres calles más allá, con la cara de quien finge que no le importa quedarse fuera: que por primera vez en mi vida entrar sola a un sitio peligroso me supo a algo que no tenía nombre profesional. Me supo a que faltaba alguien.

Bianca me recibió ella misma, sin servicio, lo que ya era un mensaje: esto es entre tú y yo. Llevaba un vestido de estar en casa que costaba más que un coche y una copa de vino a las cinco de la tarde, y me miró de arriba abajo despacio, sin disimular, como se mira algo que te vas a quedar.

—Ha venido —dijo—. No estaba segura de que fuera a venir.

—Me invitó usted.

—Invito a mucha gente. Casi nadie tiene el valor de aparecer sin su marido. —Me tendió la copa que traía en la otra mano, ya servida, como si supiera lo que bebo—. Tutéame. Aquí dentro lo de "usted" lo dejamos para los empleados y para mi hermano.

—¿Y yo qué soy, ni empleada ni hermana?

—Tú eres la razón por la que esta tarde valía la pena. —Echó a andar—. Ven, que la casa es grande y tú y yo tenemos prisa por aburrirnos juntas.

La seguí por la casa con la copa en la mano y los ojos en todo. A una mujer a la que le enseñan una casa, le enseñan los cuadros. Una espía cuenta puertas. Yo hice las dos cosas a la vez, que es el truco: fascinarte por fuera mientras por dentro levantas el plano.

Bianca enseñaba la casa como quien enseña un cuerpo: despacio, disfrutando de mi mirada. El salón de su padre. La biblioteca. La escalera principal, ancha, de mármol.

—Mi familia lleva cien años comprando cosas bonitas —dijo, pasando la mano por la barandilla—. Casas, cuadros, gente. Todo lo que se compra lo tenemos.

—¿Y lo que no se compra?

—Eso es lo que estoy intentando averiguar contigo.

Le sostuve la sonrisa y no la corregí. Dejar que alguien crea que te está cazando es la mejor forma de cazarlo tú.

Y, a cada planta que subíamos, yo notaba cambiar el aire: más cámaras, más discretas; menos adornos, más cerraduras. Subíamos hacia algo. Las dos lo sabíamos. Solo que ella creía que subíamos hacia ella.

En el rellano de la cuarta planta, Bianca se paró, se apoyó en la pared y me cortó el paso sin tocarme, solo con el cuerpo.

—¿Puedo preguntarte una cosa, Elena? —Sonrió—. ¿Eres feliz?

—Tengo una casa preciosa y un marido guapo.

—No te he preguntado lo que tienes. Te he preguntado si eres feliz. —Me miró la boca—. No lo eres. Lo veo. Las mujeres felices no miran las salidas de las habitaciones como las miras tú.

—¿Y tú? ¿Eres feliz? —se lo devolví.

—Dios, no. —Se rio—. Pero yo al menos lo sé. Tú todavía finges que sí.

Otra que me leía. Esta familia entera leía a la gente; debía de ser cosa del dinero, que te enseña a mirar a los demás buscando lo que les puedes quitar. Le di lo que quería oír, que es la única forma de que alguien deje de buscar lo que escondes: una verdad pequeña para tapar la grande.

—Estoy aburrida —dije—. Aburrida de un matrimonio que parece de catálogo. ¿Eso te sirve?

—Eso me sirve mucho. —Se le iluminó la cara—. El aburrimiento es lo único interesante que le queda a la gente como nosotras. —Y siguió subiendo, contenta, creyendo que había abierto una puerta. La había abierto. Solo que no la que ella creía.

Así, peldaño a peldaño, escote a escote, me llevó adonde yo quería ir sin saber que me llevaba: a la quinta planta. La de la sangre. La que ninguna cámara me había enseñado.

Arriba el aire era distinto. Olía a medicinas y a flores caras, ese olor con el que los ricos tapan que alguien se está muriendo. Había un guardia en el pasillo —uno solo, pero de los buenos— y una puerta doble al fondo, entornada.

—Mi padre —dijo Bianca, bajando la voz por primera vez en toda la tarde—. ¿Quieres conocer al hombre que da tanto miedo a todo Manhattan? Ven. Pero no lo despiertes con tonterías. Hoy tiene un día malo.

Entramos. Y allí estaba Aurelio Marchetti, el hombre del que hablaba la ciudad entera, reducido a un cuerpo pequeño en una cama enorme, con tubos en los brazos y los ojos cerrados. Un león al que le habían quitado todo menos el nombre.

Pero no fue él quien me dejó quieta. Fue lo que tenía al lado.

Junto a la cama, donde otra familia pondría una foto o un vaso de agua, había una caja.

No una caja fuerte de pared, de las que se esconden.

Una caja a la vista, pequeña, de acero viejo, atornillada a la mesilla, con un lector que no era de tarjeta ni de número: era de huella.

Y la huella, lo supe en el acto, no era de seguridad, ni de Lucca, ni de Bianca.

Estaba puesta al alcance de la única mano que ese hombre todavía podía levantar. La suya.

Ahí estaba el Rojo. A tres metros de mí. En una caja que solo abría el pulgar de un moribundo.

Y no podía hacer nada de nada.

No tenía herramientas, ni tiempo, ni forma de mover esa caja sin el pulgar que la abría.

Tenía el objetivo de toda la operación a tres metros y estaba tan lejos de él como el primer día.

Más lejos: porque ahora sabía exactamente lo que iba a hacer falta para conseguirlo, y lo que iba a hacer falta era horrible.

—¿Te impresiona? —dijo Bianca a mi lado, malinterpretando mi silencio, que era lo que llevaba haciendo toda la tarde sin enterarse—.

A mí también. Toda esa fuerza, todo ese miedo que daba, y mira.

Lo que queda de él ya cabe en esa cama. —Me cogió de la mano.

La suya estaba caliente; la mía, no—. La gente cree que el poder de mi padre está en sus bancos.

No. Siempre estuvo en esa mesilla. Lo que hay en esa caja vale más que todo lo demás junto. Algún día será mío.

—¿Y qué hay dentro? —pregunté, con el tono justo de curiosidad de niña rica, ni más ni menos.

—Lo que mantiene viva a esta familia. Nombres. Secretos. Lo que mi padre sabe de toda la gente peligrosa de este país, y lo que esa gente le debe por habérselo callado. —Bianca miró la caja como se mira a un amante, o a un enemigo—. El que abra esa caja, manda.

—¿Y no la abre nadie?

—No puede nadie. Es su huella, la única que vale.

Por eso sigue vivo un hombre que tendría que estar muerto hace un año: nadie se atreve a dejarlo morir hasta saber cómo abrirla sin él.

—Bajó la voz, y por un segundo no fue seducción, fue otra cosa más fría—.

Aunque una huella, querida, se le puede quitar al dueño y llevar puesta.

Él lo sabe. Por eso duerme con un guardia en la puerta. Hasta de sus hijos.

—Suena a una familia muy unida.

—Las mejores familias son las que se vigilan.

Así que Bianca también lo quería. Claro que lo quería. Toda esta familia estaba esperando, alrededor de una cama, a que un viejo soltara el pulgar.

Salí de aquella casa una hora después con la cabeza llena de un plano que antes no tenía y el estómago lleno de algo peor: la certeza de que el último paso de la misión, el que llevaba semanas viendo lejos, ya tenía forma.

Para coger el Rojo había que esperar a que Aurelio muriera.

O ayudarle. Y después, según mis órdenes, matar a Adrián.

Dos cadáveres entre la lista y yo. Empezaba a entender demasiado bien de qué color era el rojo del título.

Adrián me esperaba en el coche, tres calles más allá, donde lo había dejado. En cuanto me senté, sin decir nada, me cogió la mano —la misma que Bianca había tenido caliente y él encontró helada— y no me preguntó qué tal. Me preguntó otra cosa.

—¿Estás bien?

Y esa pregunta tonta, esa que no se le hace a un compañero de trabajo, fue lo único cálido de una tarde entera de gente leyéndome por dentro. Le mentí a él también, como le mentía a todos. Le dije que sí.

Pero le dejé la mano donde estaba.